Tres vallisoletanos clave en la conquista de México

Cuauhtémoc, último emperador azteca, es apresado por Hernán Cortés el 13 de agosto de 1521, según el cuadro de Carlos María Esquivel (1830-1867)./
Cuauhtémoc, último emperador azteca, es apresado por Hernán Cortés el 13 de agosto de 1521, según el cuadro de Carlos María Esquivel (1830-1867).

Y un cuarto que estuvo a punto de echarla a perder

VIDAL ARRANZ

La conquista de México -gesta de cuyo inicio se celebra este año el Quinto Centenario- fue una gran obra colectiva, liderada por Hernán Cortes, en la que participaron aventureros, soldados y clérigos procedentes de todas las zonas de España. Pero, entre ellos, destacaron tres vallisoletanos que, por motivos distintos, jugaron un papel crucial: Bernal Díaz del Castillo, Bartolomé de Olmedo y Cristóbal de Olea. A ellos habría que añadir un cuarto, Julián de Alderete, que a punto estuvo de echarlo todo a perder. A través de sus figuras recrearemos aquí una hazaña difícil de concebir: cómo 550 soldados españoles, acompañados por 200 indios, llegan a un territorio dominado por el imperio mexica, que cuenta con cientos de miles de combatientes, y lo derrotan.

La figura principal es, indudablemente, el propio Hernán Cortes, nacido en Medellín, de padres con ascendentes charros, y con vínculos estrechos con Salamanca a través de su tía Inés Gómez de Paz. A la casa de sus tíos se desplazará con 14 años y allí aprenderá Gramática y otros saberes, aunque no está nada claro que fuera alumno de la Universidad salmantina. Posteriormente se desplazará a Valladolid con su tío Francisco Núñez de Valera, cuando éste entra al servicio del Consejo de Castilla. En la capital castellana, que entonces es centro de la Corte, perfeccionará su formación jurídica, que será mucho más crucial en la gesta mexicana de lo que inicialmente pudiera parecer. Tras varias peripecias personales aterriza en Cuba, donde gana prestigio y riquezas. Inicialmente mantiene una excelente relación con el gobernador Diego Velázquez de Cuéllar que, finalmente, se tuerce de forma irremediable: Velázquez intentará una y otra vez vengarse de él, desautorizarlo y hasta matarlo, pero sin éxito.

El primer vallisoletano de la conquista de México es el más conocido de los tres: el medinense Bernal Díaz del Castillo. No sólo fue un soldado destacado, que participó en todos los acontecimientos, y en otros anteriores, sino que ha pasado a la historia como el principal cronista de aquellos hechos, luego tan rodeados de una agria polémica por efecto de la «leyenda negra antiespañola». Su 'Historia verdadera de la conquista de Nueva España', sin embargo, no se escribe contra esas falsificaciones, que se convertirán en problema mucho después sino contra las del cronista soriano Francisco López de Gómara, escritas por encargo del hijo de Cortés para ensalzar la figura de su padre.

«La 'Historia verdadera' es una enmienda a la obra de Gómara, que nunca salió de España. Da una visión popular de la gesta, al tiempo que añade elementos literarios y fantasiosos. Y rebaja todas las exageraciones, tanto las glorificadoras de Cortés como las cifras de muertos de Bartolomé de las Casas. Sobre todo, le preocupa mucho repartir la gloria de la gesta entre los primeros conquistadores, los que salen de Cuba con Cortés», explica Iván Vélez, autor de 'La conquista de México. Una nueva España', que acaba de publicarse.

Díaz del Castillo describe con viveza los innumerables combates, trampas y emboscadas que jalonaron la peripecia mexicana. Y también el horror y el rechazo que producían en los españoles los sacrificios humanos de los indígenas. Bernal describe su impotencia al ver, desde la distancia, cómo compañeros suyos de armas eran apresados eran sometidos a tales prácticas: «los aserraban por los pechos y les sacaban los corazones bullendo».

Toda la actividad española en América estaba supeditada a la finalidad evangelizadora, que era la que, desde las bulas del Papa Alejandro VI, otorgaba legitimidad a la conquista. De ahí que los clérigos fueran figuras cruciales. En el caso de México destaca la figura del mercedario vallisoletano Bartolomé de Olmedo, que acompañó a Cortés durante toda la conquista. «Es una pieza diplomática clave y un atenuante de la vehemencia con la que Cortés pretendía evangelizar a los indígenas», explica Iván Vélez.

Y es que al de Medellín le produce un intenso rechazo la visión de los ídolos y los dioses indígenas, habitualmente manchados por el olor putrefacto de los restos de sangre de los sacrificios humanos cometidos ante ellos. «Para Cortés era insoportable la visión de los ídolos. Siempre quiere derribarlos de inmediato. En cambio, Bartolomé de Olmedo entiende que no se pueden sustituir de golpe las coordenadas religiosas de esa gente», explica el autor de 'La conquista de México'. Además, comprende que los ídolos tienen para los indígenas una finalidad práctica y que suprimirla genera inestabilidad. «Olmedo está prefigurando el sincretismo. Es consciente de que hay varias dimensiones en la fe. Una de ellas es la de obrar bien para ir al cielo, pero luego a lo mejor también hace falta sacar a la Virgen para que llueva. Por no hablar de la dificultad de comprensión de dogmas como el de la Trinidad, que no se aprende en una tarde. Entiende que no se puede hacer tabla rasa». Una prudencia que, sin duda, fue crucial para asentar las sucesivas alianzas con los pueblos indígenas víctimas de los mexicas, que permitieron la conquista.

Especialmente decisiva fue la alianza con los tlaxcaltecas, que aportaron alimentos, recursos y decenas de miles de hombres. Enfrentados al depredador imperio de Moctezuma, que esquilmaba sus riquezas, y que les exigía sacrificios humanos periódicos, prefirieron aliarse con los españoles, bautizándose y pagando tributos al rey Carlos para convertirse en sus súbditos. Y no sólo cuando los españoles parecían invencibles y deslumbraban con sus armaduras, sus caballos y la pólvora de sus cañones, sino también cuando estuvieron a punto de ser derrotados, en la Noche Triste. Aún entonces los de Tlaxcala prefirieron seguir de su lado, antes que volver al redil mexica.

La realidad de los sacrificios humanos en el imperio mexica fue discutida durante mucho tiempo por la historiografía indigenista, pero hace tres años apareció el tzompantli mayor de la capital mexica, Tenochtitlán, el recinto donde se acumulaban las calaveras de los sacrificios humanos, a menudo ensartadas. «De modo que las evidencias arqueológicas avalan los textos de los cronistas españoles. Es más, los restos aparecidos coinciden perfectamente con las descripciones de Francisco de Aguilar. No falsearon la realidad para justificar la conquista», explica Vélez.

El nombre del tercer vallisoletano que merece recordarse es el de Cristóbal de Olea. Un joven soldado que ha pasado a la historia porque salvó la vida de Hernán Cortés no una, sino hasta en tres ocasiones. la última de ellas, pagó con la suya propia el precio de su hazaña, pero evitó que el conquistador cayera en manos mexicas, lo que seguramente hubiera supuesto su sacrificio inmediato y la descomposición de la posición española.

Las hazañas de Olea están vinculadas con el desafío mayor de la aventura mexicana que fue la conquista de Tenochtitlán, la impresionante capital del imperio mexica, que fascinó a los españoles y les recordó, en cierto modo, a Venecia, por su estructura de lagos, canalizaciones acuáticas y puentes. Los españoles lo intentaron una y otra vez, por tierra y agua, con barcos y con caballos, destruyendo edificios, asaltando puentes… pero la superioridad numérica de los mexicas, y su conocimiento del laberinto de Tenochtitlán, a punto estuvieron de hacer fracasar la campaña española. En la gran derrota de la Noche Triste (el 1 de julio de 1520) durante uno de los asaltos, Cortés cae al agua y a punto está de ser apresado. Pero ahí aparecen Olea y Antonio de Quiñones para evitarlo. Unos meses después, en la batalla de Xochimilco, la montura del de Medellín se desploma y es apresado. Pero nuevamente Olea, con ayuda de un tlaxcalteca, libera al capitán, aunque recibe tres puñaladas. Finalmente, ese mismo año de 1521, en la batalla de Tlatelolco, los hombres de Cortés caen en una trampa y el conquistador es apresado otra vez. Pero la intervención de Cristóbal de Olea, Hernando de Lerma y un indígena permite liberar a Cortés. En la refriega, el valeroso soldado vallisoletano recibe una lanzada en la garganta que le arrebata la vida sin remedio. Tenía 26 años.

Un cuarto vallisoletano, el tesorero del rey Julián de Alderete, natural de Tordesillas, pudo, sin embargo, colocar un dramático final a la aventura mexicana de Cortés. El de Medellín se había enfrentado ya al segoviano Pánfilo Narváez, que se desplazó hasta Veracruz por orden de Diego Velázquez para apresarlo y destituirlo. Pero tuvo que afrontar otra nueva conspiración, esta vez promovida por el zamorano Antonio de Villafaña, y que contaba con la colaboración de Alderete, probable autor del ardid clave de la conjura, pretendía nada menos que asesinar a Cortés y a sus capitanes. La conjura fue descubierta y el principal instigador ejecutado. No así los demás, que fueron perdonados. «Cortés entiende que no puede sacrificar a todos los que están en la lista de rebeldes porque si lo hace se queda sin recursos», explica Vélez. De nuevo la diplomacia se impone a la venganza.

Todas esas conspiraciones, alentadas por Diego Velázquez, continuaron luego en la Corte de Valladolid. Pero Cortés pudo vencerlas porque había tejido una legitimación jurídica a sus actos que finalmente fue reconocida. «Si Cortés no hubiera ganado en los despachos habría sido declarado rebelde. Pero ganó», explica el autor de 'La conquista de México'. Y lo hizo presentándose él y sus compañeros como una réplica del municipalismo castellano y leonés. «Cortés invoca el ejemplo del primer ayuntamiento de España, el palentino Brañosera. De hecho, presenta Veracruz, donde constituyó un cabildo, como una suerte de Brañosera del Nuevo Mundo. Ese vínculo con las estructuras políticas españolas es crucial para legitimarle».

«López Obrador tiene una visión distorsionada de la conquista»

Iván Vélez es arquitecto de profesión, presidente de la Fundación para la Defensa de la Nación Española (DENAES) e investigador asociado de la Fundación Gustavo Bueno. Sus principales motivos de estudio y publicaciones se han centrado hasta ahora en los mitos históricos antiespañoles, que abordó en 'Sobre la leyenda negra', y en esa misma línea, en la figura de Hernán Cortés, al que ha dedicado dos libros: 'El mito de Cortés' y 'La conquista de México. Una nueva España', que acaba de publicarse.

-La visión que tiene Andrés Manuel López Obrador de lo que sucedió está distorsionada por la leyenda negra. No encaja con la verdad de lo ocurrido. Hubo errores, desde luego, como la matanza del Templo Mayor de Tenochtitlán, muy probablemente ocasionada por el miedo de los soldados españoles, que imaginaron una emboscada que seguramente no existió en la realidad, pero la mayoría de las muertes se produjeron en combates en los que unos indígenas, los tlaxcaltecas y los totonacas, de la mano de Cortés y los españoles, lucharon contra otros, los mexicas, que los oprimían y contra los que albergaban gran resentimiento.

-Por otra parte, el imperio mexica que Hernán Cortés se encuentra no ocupaba ni remotamente la extensión del actual México, no digamos ya lo que llegó a ser la Nueva España.

- -¿Hasta qué punto esa alianza puede considerarse voluntaria?

-Cortés se aprovecha de las tensiones del imperio mexica, que expoliaba a sus súbditos y les exigía tributos materiales y humanos, para sus sacrificios rituales. Cuando Cortés llega lo que hace es invitar a los indígenas a que dejen de pagar esos tributos, y que lo hagan en su lugar al rey español, si bien en condiciones más ventajosas. La prueba de que el cambio les conviene está en que las alianzas se mantienen incluso después de la terrible derrota española de la Noche Triste, que hubiera sido una buena ocasión para romper la asociación y aliarse con Cuauhtémoc, el sucesor de Moctezuma. Sin embargo, los tlaxcaltecas amparan a Cortes, ayudan a sus hombres a recuperarse y siguen a su lado.

-La matanza del Templo Mayor no fue la única de la guerra.

-La matanza más clara fue la de Cholula, localidad en la que les había citado Moctezuma, que no quería verlos en Tenochtitlan. Pero en este caso hay motivos para pensar que efectivamente los mexicas habían preparado una encerrona a los españoles para masacrarlos. Los de Cortés ven zanjas, barricadas, soldados desplazados en los márgenes, acopio de piedras en los tejados -la piedra lanzada con honda era una de las armas más usadas y muy mortífera- y todo ello les hace sospechar. De modo que Cortés toma la decisión de tomar la iniciativa y adelantarse al enemigo. Es lo que hoy llamaríamos un ataque preventivo. ¿Se produce un baño de sangre? Sí. Y es verdad que causa una gran conmoción y también le permite avanzar en la conquista.

-¿Qué es lo más destacable de la figura de Cortés?

-Su habilidad diplomática es lo que más le caracteriza. Es un hombre de una valentía y arrojo personal indiscutibles. Pero es la urdimbre previa de alianzas la que permite poner en acción al militar. Si no hubiera visto las fisuras y tensiones del imperio mexica la conquista no hubiera sido posible. No tenía medios para atacar a todos. La conquista es un juego de equilibrios, de saber contentar en la lejanía, o no enemistarse del todo con Moctezuma, mientras simultáneamente va sumando apoyos contra él. El factor diplomático es para mí superior al militar. Tiene una visión muy ordenada y sistematiza lo que ve. Por otra parte, es un hombre muy hábil. Gana en el campo de batalla, pero sobre todo gana en los despachos y sobre el papel

-¿Los conquistadores eran seres sedientos de oro?

-No niego que el oro fuera una motivación, quizás incluso la principal. Pero, desde luego, no la única. También estaban el afán de evangelizar, que era sincero, y el ansia de lograr gloria y honra, de lograr una trascendencia en la historia. Es muy llamativo el caso de Rodrigo de Rangel que cuenta Bernal Díaz del Castillo: ya había hecho fortuna, tenía lo suficiente, y sin embargo continúa la aventura en busca de gloria. Y cuando las dudas le hacen plantearse volver atrás, es el propio Bernal el que le espolea, y convence, apelando justamente a ese honor.

-¿Hubo exterminio de los indígenas?

-Evidentemente, no. Toda la conquista se basa justamente en el establecimiento de alianzas. Y muchas de ellas se sellan con matrimonios entre españoles e indígenas, que generan hijos que luego son reconocidos en España por sus padres. El extendido mestizaje en la América de hoy es la prueba que desmiente tal acusación. Por otra parte, si hoy se puede hablar de pueblos originarios es porque no se exterminaron. España incorporó a aquellas sociedades a un proyecto histórico avanzado y civilizado.

-¿Cómo interpreta la recuperación del interés por las culturas precolombinas en los países americanos?

-Las culturas precolombinas tienen todo el interés antropológico, cultural y mitológico, pero la política se mueve en otros términos. La exacerbación de la diferencia por razones étnicas es el divide y vencerás clásico, y nunca es inocente. Atomizar México en colectivos definidos por señas de identidad es un grave error. Por otra parte, hablar de pueblos indígenas como si fueran una unidad es, como hemos visto, una falsedad histórica. No existe la abstracción 'indígenas' como un todo unificado. No había un pueblo indígena, sino muchos, que se llevaban muy mal entre sí, aunque tuvieran algunos dioses en común.

-¿Qué papel jugó doña Marina, la indígena que fue amante de Cortés?

-Su historia personal es ejemplificadora, porque procede de una familia noble indígena que, sin embargo, la vende como esclava. Son los españoles los que la restituyen el honor a través del sacramento del bautismo y de su aceptación en la corte que se forma en torno a Hernán Cortés. Allí juega un papel fundamental a la hora de aconsejar y traducir.

-Tengamos en cuenta que en un primer momento tenemos hombres que hablan español y otros, los indígenas, que hablan náhuatl, de modo que no se entienden. Cuando aparece Jerónimo de Aguilar entra en escena alguien que habla maya y español. Y luego está doña Marina que habla maya y náhuatl. De modo que era posible entenderse mediante una doble traducción que facilita el entendimiento. Eso es fundamental y es un factor importante de la conquista. Por otra parte, en cuanto ella aprende español, su figura crece y eclipsa a Jerónimo de Aguilar. Los nativos la otorgan un gran respeto porque se dan cuenta de que es una figura importante en la corte española.