Seguirán los paseos a la roca plana

Camilleri deja a sus lectores el mejor de los regalos que puede hacer un autor, el universo de su personaje Salvo Montalbano

Camilleri, junto a la estatua de Montalbano en Porto Empedocle./
Camilleri, junto a la estatua de Montalbano en Porto Empedocle.
José María Cillero
JOSÉ MARÍA CILLERO

Se ha ido Andrea Camilleri, viejo, ciego, cansado, pero lúcido. Incapaz de soportar la fatiga que le producía el último viaje a ninguna parte de un país, el suyo, acostumbrado a coquetear, siempre con estilo, con el abismo. Harto hasta el vómito, literal, de aguantar a tipos como el líder de la Liga Norte, Matteo Salvini, aupado a pendenciero ministro de Interior con rosario del Estado transalpino.

Camilleri se va, pero nos deja su creación más valiosa, Salvo Montalbano, ganador por derecho propio del honor de jugar en una liga reservada a Sherlock Holmes, Hércules Poirot o James Bond, e incluso a su primo español Pepe Carvalho, que como ahora el comisario de Vigàta, pasaron a formar parte de la cultura mundial, sobreviviendo al fallecimiento de sus propios creadores. Montalbano se queda en Sicilia, dando luz a casos estrambóticos para cuya resolución son inútiles las complejas técnicas de la ciencia criminalística de los CSI; misterios que solo se desentrañan con pequeñas dosis de intuición y un profundo conocimiento de las miserias humanas, macerado todo en una solución a base de escepticismo antropológico y humor cáustico.

Montalbano volverá a despertarse cada mañana tratando de resolver el enigma de su pesadilla de la noche anterior, saliendo a nadar al mar por la puerta trasera de su casa a pie de playa de Marinella, lidiando con los elementos de la fauna de su comisaría como el irrepetible Catarella, el concienzudo Fazio o el ligón Mimì; dándose un atracón en la trattoria de Enzo –sin faltar a su paseo posterior hasta la roca plana del puerto para encontrarse con un cangrejo– y zampándose para cenar cuatro raciones de pasta ncasciata cocinada por Adelina. Ajustando, en fin, su humor al color del cielo en un rasgo de su carácter, el de la metereopatía, que le emparenta con Kurt Wallander, otro policía huérfano de autor (Henning Mankell), un inspector lejano por distancia –tres mil kilómetros– y con quien además comparte el miedo a envejecer y la profunda aberración por la burocracia, la injusticia y las tupidas alfombras de los despachos donde se cuece el poder.

Camilleri se ha ido pero deja el mejor regalo al que puede aspirar un lector, un universo de personajes, escenarios, historias y sabores que nos van a acompañar siempre.

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