«Parece que suscita miedo no darle todo hecho al lector»

Irene Gracia, con Gustavo Martín Garzo en la presentación de 'Las amantes boreales'. /Gabriel Villamil
Irene Gracia, con Gustavo Martín Garzo en la presentación de 'Las amantes boreales'. / Gabriel Villamil

Irene Gracia presenta 'Las amantes boreales' en la Fundación Segundo y Santiago Montes

SAMUEL REGUEIRAValladolid

La escritora madrileña Irene Gracia ha presentado en la Fundación Segundo y Santiago Montes su última novela, 'Las amantes boreales'. La autora, que estuvo acompañada en el acto por Gustavo Martín Garzo, firma la historia de dos jóvenes huidas de la Escuela Imperial de Danza en la Rusia de la Revolución de Octubre, Roxana y Fedora; dos arquetipos de la juventud y la belleza que abren los ojos a la perversión, en un relato, indica la autora, que explora la «relación del ser humano con la maldad más pura».

«Mis lecturas adolescentes de Dostoyevsky y Tolstoi me condujeron sin pretenderlo a ambientar una novela en Rusia donde se evidenciaran las diferencias sociales», expuso esta en conversaciones previas a esta presentación. «Decía Oscar Wilde que somos más sinceros cuanto más nos alejamos de nuestras circunstancias, de nuestra nube de prejuicios». Inspirada también en la obra 'Eugenio Oneguin' de Pushkin, y ambientada en San Petersburgo, «la ciudad más mundana, culta y snob», la novela bebe a su vez de la pasión por la danza de Gracia, con referencias como la de Vaslav Nijinsky o la de Isadora Duncan, cuyas memorias «reflejan de forma insuperablemente plástica el Domingo Sangriento de la Revolución de Octubre».

Roxana y Fedora representan, insiste la autora, los dos iconos principales de la belleza, la mujer y la feminidad, resultan jóvenes y fácilmente enamorables, una pareja de heroínas en un viaje de iniciación a un microcosmos en el que conocen el mundo real en Palastnovo, donde se topan frente a los lados más oscuros de la vida: la corrupción, la infidelidad, la servidumbre y finalmente la rebelión, pero también la fidelidad, la vida y la amistad: «He intentado demostrar o transmitir que esta amistad es tan misteriosa como el amor y sus fronteras son siempre muy difusas, y a través de Roxana y Fedora he querido reivindicar la nobleza de los humildes en terminos éticos, son los verdaderas depositarias de la bondad, la valentía y la nobleza moral». Todo ello enmarcado con unos secundarios que también despiertan gran ternura en la autora.

Los discursos de ambas también son visiblemente distintos: Roxana narra la vida, los hechos que les rodean y la conciencia social que despierta en el pueblo, basándose más en la experiencia personal y en situaciones que, por momentos, retrotraen al Sade de 'Justine' y 'Juliette'. Por su parte, la onírica Fedora bebe directamente de la narrativa de Henry James para describir un mundo regido por un hombre-sombra que a su vez encarna los ideales fantasmagórico-sexuales de la mujer: «Las fantasías del hombre son más hiperrealistas, las nuestras más abstractas e hipnóticas». Es, en definitivas cuentas, una novela «con un pie en lo real y otro en lo fantasmal», que no vacila en exigir un esfuerzo extra, más allá de lo pasivo, al lector que la tome entre las manos: «Parece que suscita miedo no darle todo hecho, cuando para mí, de esa forma, la literatura no tendría sentido», se lamenta la escritora.

 

 

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