Mónica G. Álvarez: «Los supervivientes del Holocausto nos alientan a no olvidarlo»

Mónica G. Álvarez. /Henar Sastre
Mónica G. Álvarez. / Henar Sastre

La autora vallisoletana presenta un libro testimonios de parejas que se enamoraron en los campos de concentración nazis

Jesús Bombín
JESÚS BOMBÍN

De los barracones del infierno del Holocausto brotaron historias de amor entre hombres y mujeres condenados a soportar palizas, vejaciones, hambre y frío, sin más horizonte vital que la cámara de gas. Mónica G. Álvarez (Valladolid, 1979) ha recogido en ‘Amor y horror nazi. Historias reales en los campos de concentración’ (Luciérnaga) testimonios de supervivientes que fueron capaces de enamorarse en medio de aquella infamia. «El motor que mueve el mundo no es la política, el dinero o el poder ni las cosas materiales; es el amor, en el siglo XX, en este y en los anteriores; esa es la esencia de lo que transmito en este libro a partir de las historias que he conocido y de conversaciones mantenidas con gente que se sobrepuso a aquellas penalidades por aferrarse a la idea de que algún día se reencontrarían con la persona amada».

–¿Cómo ha llegado a reunir testimonios de parejas surgidas en la barbarie del genocidio?

–Después de publicar ‘Guardianas nazis. El lado femenino del mal’ quedé completamente rota porque fue un libro de mucha crudeza. Durante una conversación con una amiga me sugirió rebajar la intensidad de mis libros, cambiar de temática, fijarme en aspectos como el amor. Me quedé pensativa y guardé la idea en un cajón, hasta que hace unos años me pregunté si era posible enamorarse en un campo de concentración. Así que me lancé a hablar con asociaciones e instituciones de Alemania, Estados Unidos, Polonia, Israel y otros lugares en busca de historias surgidas en ese contexto de horror y penalidades.

–¿Por qué historia comenzó a tirar del hilo?

–Entre todos los correos que escribí, recibí uno de una asociación judía de Seattle que me llevó al resto. Así tuve conocimiento de la historia de Paula y Klaus Stern, un matrimonio que se conoce antes de llegar al campo de concentración de Auschwitz, en una granja judía que les proporcionaba un visado para salir a la Palestina británica. Se enamoran, mantienen un idilio y se casan, pero antes de que puedan abandonar Alemania la Gestapo se los lleva deportados a Auschwitz, donde les separan y durante 28 meses esta pareja no sabe nada el uno del otro. Paula me contaba que si no hubiese estado casada no habría logrado sobrevivir. Pensar que su marido la podía estar esperando le ayudó a sobrellevar la tragedia. Y a partir de ahí, el resto de personas con las que contacté fueron respondiendo a mis preguntas. Y sobre algunos de los personajes que aparecen en el libro he hablado con sus descendientes.

–Ha recogido testimonios de siete parejas en diferentes circunstancias vitales.

–Son catorce testimonios, siete parejas, cada una con una particularidad diferente. Como el caso del oficial de las SS Franz Wunsch, que se enamora de la judía Helena Citrónova. Él nunca abusó de ella, como sucedió en otras historias en las que los nazis se aprovechaban de las prisioneras. En este caso intentó conquistarla dándola de comer, protegiéndola y salvando su vida y la de su hermana.

–¿Qué historia le sorprendió más?

–Por cómo se desarrolló y por lo que tiene de desafío al nazismo, la de amor entre dos mujeres. Elisabeth Wust era nazi, casada con un oficial de las SS, con cuatro hijos, y se enamoró perdidamente de Felice Schragenheim, una mujer judía, algo doblemente impensable en aquella época. Otra historia llamativa es la de Jerzy Bielecki y Cyla Cybulska, que se enamoraron a través del agujero de un tablón del granero de la granja donde trabajaban. No se podían ver hombres y mujeres, y él arriesgó su vida para salvar la de su amada disfrazándose de oficial de las SS para sacarla del campo de concentración.

–¿Cómo era posible llegar a enamorarse en un ambiente de torturas, trabajos durísimos, humillaciones y con la amenaza constante de ser asesinados?

–Era lo que sentían. Y les ayudaba a resistir, del mismo modo que había gente que rezaba y tenía fe en Dios, a estos personajes les animaba la fe del amor, del reencuentro con su ser amado, el amor era el motor que les llevaba a sobrevivir.

–En ‘Guardianas nazis’ indagó en el mundo de las mujeres que participaron en los campos de exterminio. ¿Por qué ese interés por la temática nazi?

–Es una época del siglo pasado sobre la que, aunque se ha escrito y visto tanto, hay muchas historias que contar. Se han ocultado demasiados testimonios en estos años y alguien tiene que sacarlos a la luz. Es una forma también de no olvidar la Historia, de no ignorar el genocidio y tantas muertes, de homenajear a los supervivientes y víctimas del Holocausto y de completar ese gran puzzle que fue la II GuerraMundial. Ese periodo histórico me interesa por la masacre que cometieron los nazis con una ideología tan extrema que llevó a buena parte de la población alemana a reivindicar su pureza aria cuando hasta aquel momento convivían de manera normal. Que una ideología extermine a una población por motivos de raza, religión o cultura me parece terrible; no hay que dejar de recordar ese tipo de situaciones. Nunca me ha gustado la separación de los pueblos y las sociedades.

–¿Qué disposición tuvieron los entrevistados a hablar de esa época dramática de su vida?

–Lo más complejo al elaborar el libro ha sido la investigación, encontrar a los personajes, saber si están vivos, dónde viven, si querían hablar conmigo. Algunas historias no las he incorporado porque los personajes eran reacios a hablar, lo que es respetable, porque recordar el dolor es muy duro. Lo más difícil ha sido meterme de lleno en la historia y contar algo que está muy vivo todavía. A pesar de ello, no he encontrado rencor en ninguno de los protagonistas. Ni en los supervivientes ni en los hijos de los fallecidos he visto odio, animadversión ni deseo de venganza. Todos ellos me recalcaban que no había que olvidar la catástrofe de lo que fue el Holocausto, y ser altavoz de sus testimonios para que jamás se olviden.

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