Memoria de un mundo sepultado

Niños de Villabrágima de mitad siglo XX subidos a un burro. /Colección Modesto Martín Cebrián
Niños de Villabrágima de mitad siglo XX subidos a un burro. / Colección Modesto Martín Cebrián

'Camino olvidado', de Modesto Martín Cebrián, recrea desde Villabrágima las vivencias y costumbres de la cultura tradicional para preservar su recuerdo

Enrique Berzal
ENRIQUE BERZAL

Es mucho más que un riguroso ejercicio de erudición, incluso más que un modélico trabajo de síntesis e investigación. 'Camino olvidado', fruto reciente de varias décadas de trabajo de Modesto Martín Cebrián, historiador y etnógrafo y ex jefe de estudios y documentación de la consejería de Cultura de la Junta de Castilla y León, es también la memoria de una cultura tradicional arrostrada por la modernidad y quiere ser, ante todo, un antídoto contra su olvido.

Son 591 páginas de amena redacción que recogen los anhelos de quien, desde una honestidad intelectual apegada al paisanaje rural, se obstina en conseguir que «la voz de los ausentes perdure». Porque los ausentes no son otros que los hombres y mujeres, niños y ancianos de un mundo rural que, hasta bien entrado el siglo XX, han sido depositarios de la cultura tradicional. Pero no se trata de reditar el clásico de Antonio de Guevara, ese «menosprecio de Corte y alabanza de aldea», aclara Martín Cebrián: «No he pretendido hacer un canto bucólico a la vida de aldea como una 'Arcadia feliz', ni reivindicar el pasado con orgullo o nostalgia como idílica bandera intento resucitar, justificar o revalorizar ciertos ritos, comportamientos, usos o costumbres, dentro de lo que se ha llamado 'tradición', usando esta como reclamo, en un intento de conservarla o 'comercializarla' para evitar su extinción. Sobre todo en un momento como el actual, en el que parece necesario autoafirmar las 'señas de identidad'; las identidades deberían ser inclusivas e integradoras y no concebidas como 'raíces sagradas' (para algunos inmutables) que nos hacen diferenciarnos pero en ocasiones nos llevan a considerarnos superiores».

En efecto, 'Camino olvidado', aunque centrado en los usos y costumbres, vivencias y tradiciones de Villabrágima, localidad natal del autor, no es un desahogo sentimental ni el recuerdo nostálgico de una cultura tradicional irremediablemente perdida. Recopila, por el contrario, «hechos cotidianos de una comunidad de personas que, en general, no alcanzaron ninguna gloria, ni se distinguieron por hazañas dignas de mención», pero que suscitan preguntas más que pertinentes para nuestro presente: ¿Qué queda de la identidad de esa sociedad rural, de esa cultura tradicional?; cuando desaparezcan las personas que han nacido hasta no más allá de los años 50 del siglo XX, que han vivido su infancia y mocedad en circunstancias como las que detalla la obra, ¿no desaparecerán también los contextos sociales y con ellos la comprensión de ese pasado?; ¿no se precisa hoy el conocimiento y muchos de los valores de esa cultura en una sociedad global como la que nos toca vivir?

Familia terracampina en los años cuarenta.
Familia terracampina en los años cuarenta. / Col M. M. C.

Es fácil contraponer el modo de conducirnos y relacionarnos hoy, presididos por el dominio de las nuevas tecnologías y la velocidad informativa, que no sabemos procesar ni discernir, a los valores que se desprenden de aquella cultura tradicional. Más aún cuando, como recoge el autor, actualmente «la realidad, la imaginación, el recuerdo (…) parecen ser suplantados por ese mundo de lo simulado y artificioso» de las redes sociales.

Empero, cada cual llegará a sus propias conclusiones al concluir las páginas, prologadas por Gustavo Martín Garzo e ilustradas por Víctor Hugo Martín Caballero, de esta autoedición disponible ya en las librerías de la ciudad y que representa más de 30 años de trabajo: «Comencé en los años 80 junto a Joaquín Díaz, recogiendo la cultura tradicional de las gentes de Villabrágima en forma de canciones y romances; entonces me di cuenta de que había mucho más, había un concepto de la vida. Entonces empecé a hablar con la gente», señala el autor. A las vivencias propias y al trabajo de campo recogiendo datos, actuaciones y casos se suma el ingente acopio de fuentes bibliográficas, hemerográficas y documentales –más de 900 documentos consultados-, procedentes de los archivos municipal y parroquial y de otros archivos nacionales.

«Pretendo mostrar cómo ha sido la vida hasta hace tan solo unos años en estas tierras agroganaderas y qué es lo que ha ocurrido para que en tan corto espacio de tiempo el éxodo rural (con consecuencias sociales y territoriales tan grandes) y las viejas formas de entender la vida se hayan modificado de tal manera que hoy se encuentren prácticamente olvidadas. Esa manera de vivir, de relacionarse, de la tradición oral, del sentido de la religiosidad y la dignidad, de construir un hábitat dando forma y nombre a los lugares e intentar adaptarse o buscar la cooperación comunitaria para el aprovechamiento de los recursos naturales como solución para el desarrollo sostenible, prácticamente ha desaparecido», precisa el autor.

Paisaje y paisanaje

Una amena descripción del paisaje de Villabrágima, cruzada por el río Sequillo, recrea el sentido de pertenencia al pueblo con el que se abre el capítulo dedicado al 'Paisanaje', donde Martín Cebrián despliega todo un repertorio de oficios olvidados (cisquero, botero, albardero, machacador, cachavero, matachín…). La importancia de la «vida tradicional», basada fundamentalmente en la transmisión oral a través de una comunicación directa, y completada a su vez con otros recuerdos transmitidos de generación en generación en forma de mitos, leyendas, cuentos, adivinanzas, romances, danzas, juegos o canciones, justifica el apartado dedicado resaltar «el orden del tiempo» de una sociedad tradicional que se desenvolvía en equilibrio entre la tradición y lo nuevo, sin apenas rupturas, hasta que la irrupción de la mentalidad burguesa en el XIX, del desarrollismo en los 50 y 60 y de la sociedad global terminaron por sepultarla.

Los quehaceres cotidianos venían marcados por las estaciones del año y el tiempo litúrgico cristiano, manifestación evidente de la presencia abrumadora de la Iglesia en la vida pública y privada del pueblo, tanto por su poder temporal como por la acción de esos «celosos guardianes de las santas costumbres en la comunidad» que eran los curas párrocos. Adviento, San Antón, Santa Brígida, Las Candelas, Santa Águeda, las Marzas, el Carnaval, la Cuaresma, la Semana Santa… momentos y fiestas que ritmaban la vida cotidiana y contribuían a estrechar los lazos comunitarios y afianzar, en su caso, la influencia social del estamento clerical.

Camino olvidado

Autor:
Modesto Martín Cebrián.
Estilo:
Prosa
Editorial:
Autoedición
591 páginas. España. 2018

El Carnaval tenía una función terapéutica, la Cuaresma era tiempo de ayuno riguroso y de abstinencia, la Santa Misión inquietaba los corazones, en Semana Santa se seguía el Oficio de Tinieblas, los más jóvenes se esmeraban en la Subida del Mayo, prodigaban las rogativas para conjurar los peligros más temidos por los campesinos… y el ciclo vital, a su vez, desplegaba todo un abanico de usos, costumbres, vivencias, leyendas y tradiciones en torno al nacimiento, la infancia, la mocedad, el matrimonio y la muerte. El acopio de información es tan detallado y minucioso, que su sola lectura nos retrotrae a esos momentos fundantes de la sociedad tradicional, no exentos de creencias mágicas o supersticiosas, pero también de costumbres que ahormaban el sentimiento de pertenencia a la comunidad.

El embarazo y la mala prensa que tenía la infertilidad; los ritos del parto, incluida la creencia en el poder salvífico de vaso de agua con pequeños trozos de papel que contenían oraciones de los jesuitas de Villagarcía; la lactancia y los «remedios naturales» contra las enfermedades que acechaban a los recién nacidos; el singular afecto de los padres en tiempos de enorme mortalidad infantil; la presencia de los niños en la vida cotidiana de los mayores; el cambio de vestimenta a partir de los 12-14 años; la educación autoritaria y segregada; los primeros galanteos en las salas de baile y las diversas formas de declararse (rondas, enramadas…); el ritual del matrimonio, con sus trajes oscuros hasta los años 50; y los roles diferenciados del hogar, con una mujer sumisa pero que disponía de sus propios «espacios de dominio», son algunos de los muchos episodios que conformaban ese ciclo vital.

Y la muerte, auténtico tabú en nuestros días, era experimentada con total naturalidad, resignación y dolor cristiano entre una sociedad preparada para el «buen morir» con sus presagios, ritos y tradiciones. Los mismos que, junto a los ya citados, tanto han contribuido a formar nuestra identidad cultural y social y que hoy están prácticamente perdidos. Martín Cebrián aspira a preservar su recuerdo y evitar esa muerte, doblemente cruel, que es el olvido. Porque, como señala él mismo, «cuántas veces el olvido nos hace dejar a un lado nuestra propia historia, ignorar quiénes somos y prescindir de nuestras raíces y tradiciones».

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