Los tres mandamientos del cronista Wolfe

El cronista Tom Wolfe./EFE
El cronista Tom Wolfe. / EFE

Detalles, diálogo y punto de vista son los aspectos que distinguen el estilo periodístico que se definió con un manido adjetivo («nuevo») para ejercer de marca de mercado

DOMÉNICO CHIAPPEMadrid

El cronista Tom Wolfe apuntaba a la médula de Estados Unidos, a lo oculto que, sin embargo, parecía invisible. Por ejemplo, en los setenta, cuando el público deliraba con los astronautas como ídolos pop, Wolfe publicó 'The right stuff' (Lo que hay que tener) un libro donde desmontaba el mito, incluyendo la mirada de las esposas de los pilotos de prueba. Aquellos aviadores militares que habían sido 'elegidos para la gloria' pero la despreciaron, pues los cohetes no les permitían maniobrar. La cultura de los pilotos y sus familias, la intimidad de sus hogares y sus ritos extraños y desconocidos fuera de su círculo y la rivalidad con los astronautas fueron revelados. Si algo define al «nuevo periodismo», un invento que debe muchos de sus postulados y fama a Wolfe, es la inesperada elección de la perspectiva narrativa. Señalar una parte del universo desde un ángulo pedestre, como el de las esposas de los pilotos, que sorprendía. Revelaba aquello que era imposible observar desde una panorámica. Meterse, de alguna forma, en la piel de personajes aparentemente secundarios, para encontrar los detalles.

Otra cualidad de la escritura periodística de Wolfe era el desenfado. La total liberación del corsé del lenguaje oficial y noticioso. Desde muy pronto, trabajó los diálogos y las expresiones tal como podía escucharlas, cargadas además del contexto. Esa emulación del léxico de los personajes, tan característica de los ficcionadores, la trasladó a su prosa periodística. El reportero requería, pues, afinar el oído, tener mucho entendimiento, y por tanto inmersión, para captar la jerga y el contenido profundo de un vocablo. Bajo este precepto, en 1968 publicó 'The electric Kool-Aid acid test' (Gaseosa de ácido eléctrico), una investigación sobre Ken Kesey, un predicador de LSD y otras drogas psicotrópicas, que viajaba por carretera con un grupo de seguidores. El título hace referencia a uno de sus experimentos: mezclar ácido con Kool-Aid (una bebida dulce que se disuelve en agua) para un viaje colectivo de sus seguidores.

Ése sería el segundo diferenciador del «nuevo periodismo» de Wolfe: la forja de la musicalidad en el reportaje, a la vez que retaba al lector con cierta dificultad de comprensión. Le solicitaba que se sumergiera en el tema; en este caso, en las mentes alucinadas de los seguidores de Kesey. Como parte de su sello personal, Wolfe llenaba de signos de exclamación sus textos. Nunca unos personajes han hablado con tanta exaltación en la literatura norteamericana como los que producía Wolfe a partir de las personas que encontraba en su camino hacia la crónica.

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En los setenta, Wolfe publicó un dogma, titulado 'El nuevo periodismo', desglosado en tres partes: «El juego del reportaje», «Igual que una novela» y «Tomando el poder». En este extenso artículo ensayístico que prologaba una selección de autores, respondía a la cuestión: qué es el nuevo periodismo. Irónico incluso consigo mismo, comienza: «Sé que jamás soñaron en que nada de lo que iban a escribir para diarios o revistas fuese a causar tales estragos en el mundo literario... a provocar un pánico, a destronar a la novela como número uno de los géneros literarios, a dotar a la literatura norteamericana de su primera orientación nueva en medio siglo... sin embargo esto es lo que ocurrió». Y luego emplea la primera persona, de la que habitualmente renegaba, para relatar cómo los periodistas querían ser novelistas hasta que el reportaje destronó a la ficción. Ese empleo de la primera persona no es, sin embargo, uno de los signos del «nuevo periodismo», aunque hoy parezca que es su principal característica. Los grandes libros de no-ficción firmados por Wolfe y por otros grandes de este estilo se construyeron desde la tercera persona. El cronista no era parte de la trama.

En la sección «Como una novela», desgrana el truco de la buena crónica: tono y clima de un relato breve, escenas cotidianas que se entrelazan, diálogo (que podían «parecer inventados»), «una dimensión estética» del reportaje. La labor del reportero consistía, para Wolfe, en «recoger detalles novelísticos». Y, en cuanto al propio Wolfe, buscar un narrador que rompiera con la tradición de la voz «tranquila, cultivada». ¿Es esa forma de escribir artículos para un periódico lo que se llama «nuevo periodismo», bajo cuya etiqueta cupo desde la ficción de 'A sangre fría' de Capote, hasta las 'despersonalizaciones' que practicó Mailer en algunas de sus crónicas, como la de la muerte de Robert Kennedy?

De forma más breve, su opinión sobre el «último texto verdaderamente sensacional que publicó New Yorker» (1963), escrito por Lillian Ross sobre Ernest Hemingway, condensa la solución a ese enigma. Detalles, diálogo y punto de vista, tres aspectos que distinguen el estilo periodístico que se definió con un manido adjetivo («nuevo») para ejercer de marca de mercado. Wolfe nació como periodista en 1928, cuando consiguió su primer empleo en un diario de Chicago. Y murió este martes, en el medianil de mayo, más recordado como autor de una novela ('La hoguera de las vanidades') que como cronista, aunque dedicó la mayor parte de su vida a ejercer y analizar el periodismo.

 

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