De malhechores literarios galos

'La vie parisienne', ilustración de la portada del libro perteneciente a The Advertising Archives. /
'La vie parisienne', ilustración de la portada del libro perteneciente a The Advertising Archives.

Mauro Armiño recoge la evolución del cuento policíaco y folletinesco del país vecino durante el XIX en 'Crímenes a la francesa', publicado por Siruela

Victoria M. Niño
VICTORIA M. NIÑOValladolid

Maupassant asesinó a una anciana haciéndola adicta al aguardiente y Leon Bloy consumó un parricidio para que la viuda pudiera gozar de su amante; Balzac emparedó al amor de una adúltera y Mérimée no tiene empacho en castigar con la muerte la delación de un hijo a manos de su padre. Más tierna es la historia de Cesarine, firmada por Alphonse Allais, que ofrece cocinado su corazón al primo del que estaba enamorada. Son todos 'Crímenes a la francesa', cuentos recogidos en esta antología de Siruela realizada por el burgalés Mauro Armiño, un traductor inmerso en la Francia del XVIII y XIX.

El mundo del hampa, los bajos fondos, los juzgados y las comisarías fue una fuente de inspiración para muchos escritores que hicieron de los folletines para la prensa su modo de vida. «Los autores más famosos se convirtieron en estrellas de una popularidad que les acompañó toda la vida gracias a la perpetuación de sus personajes; Sue, Feval o Ponson du Terrail, folletinistas más conocidos, nadaron en la abundancia», dice Armiño que reconoce una gran cantidad de «segundas espadas» que pudieron vivir de ello. «Pero la faceta más interesante del folletón para la literatura policiaca fue la cantidad de potentes personajes que prestó a novelistas como Balzac, Víctor Hugo o Dumas».

Por ejemplo Balzac, se entrevistó varias veces con Vidocq, un condenado a galeras, con su condición tatuada en la piel, que se ofreció a la Policía de París como soplón de los delitos de sus compañeros y acabó siendo jefe de la Sureté. Vidocq fue pionero en técnicas de investigación y «Balzac estaba al loro. Todos los escritores tienen chivatos que les cuentan cómo funcionan. A partir de ahí, inventan. Maupassant, al final de su vida, también escribió folletines, en torno a 1860. Era un hombre riquísimo y se pasaba el día drogado. Veía una nota en prensa de una señora asesinada por su nieta, cambiaba el lugar y la relación familiar y en quince minutos escribía un cuento de tres folios. Fue el mejor pagado por la prensa».

Vivir del cuento policial

Dos tipos de publicaciones eran los destinatarios: periódicos y revistas. «En el caso de los primeros se colocaba el relato en el faldón de varias páginas seguidas, de tal manera, que podía doblarse como un acordeón. Así por ejemplo he encontrado un cuento de Rosalía de Castro, 'El caballero de las botas azules', que no figuraba en ningún libro. Estaba cosido como había sido publicado en un diario». Pero si el suceso no provocaba suficientemente la imaginación del escritor, «tenían sus trucos para alargarlos y cobrar más. Dumas lo hace bastante: hinchar el relato con diálogos. También Valle Inclán lo hizo en una novela no muy conocida 'El trueno dorado'. Llegaban a doblar la extensión».

'Crímenes a la francesa' abarca la evolución del «subgénero policial» desde su nacimiento hacia 1840 hasta el inicio del XX. El pistoletazo de salida de la novela policial la da Edgar Allan Poe, traducido por Baudelaire, que situó en Francia al investigador Auguste Dupin, protagonista de tres de sus relatos.

«De la novela judicial de los cuarenta, en la que se analizan casos judiciales desde la perspectiva más o menos periodística, se avanza hacia la narración de misterios y la forma de resolverlos. De ahí se pasa a la creación de personajes, esos detectives y comisarios célebres. Más tarde, bajo la influencia del folletín popular se crea el personaje del malvado, los pseudo Fantomas, alguien que comete delitos y se ríe de todo. Finalmente un autor como Maurice Leblanc, ya en el XX, da un giro a la novela policial situándose al otro lado del espejo: su malhechor no alcanza la categoría de perversión, es un caballero del crimen, un ladrón de guante blanco», cuenta Armiño refiriéndose a su protagonista Arsène Lupin.

Traductor del inglés y francés, Mauro Armiño lleva años dedicado casi en exclusiva a los clásicos galos. Ganador por dos veces del Premio Nacional de Traducción, Armiño lamenta la pobreza del diccionario de la Real Academia Española. «No puede ser que si buscas 'confianza' te remita al verbo 'confiar', no se definen los sustantivos. Manejo los diccionarios ingleses y franceses y no ocurre eso». Siruela ha publicado otras antologías suyas como 'El más bello amor', 'Todas las mujeres', de Guy de Maupassant, y 'La guerra de las mujeres', de Dumas.

 

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