Llamazares culmina su periplo por las catedrales españolas

El escritor leonés Julio Llamazares. /Efe
El escritor leonés Julio Llamazares. / Efe

'Las rosas del sur' es la segunda entrega del ambicioso viaje en el que ha visitado 75 seos durante 17 años

Victoria M. Niño
VICTORIA M. NIÑOValladolid

Contra todo pronóstico no está exhausto de hablar de catedrales. Julio Llamazares presenta esta semana la conclusión de un viaje contado en 1.200 páginas por las 75 seos de España. Primero fueron las del norte, 'Las rosas de piedra' (2008), y esta semana presenta 'Las rosas del sur'. Las iniciales le resguardaron del frío, las segundas del calor. En todas entró como un viajero que va a echar el día en el templo, con atención curiosa al culto, con guía y cuaderno, con parada para comer, sin tiempo tasado. Yen esas catedrales, otrora centros de vida religiosa, social, musical, ha encontrado el reflejo de la España de hoy. Convertidas en museos, donde los turistas pasan de media unos 15 minutos, el escritor leonés lamenta que se les prive de su vida natural: «Desde que se cobra entrada en muchos de ellos, se les ha privado de vida propia, los vecinos de la ciudad no entran». El «trasunto de la ciudad de Dios en la ciudad terrenal» se ha quedado para los turistas, «es el signo de los tiempos».

La liturgia de Llamazares como escritor de literatura de viajes comienza en cada salida comprando el periódico en el quiosco de Maxi, aunque ya no lo hará más, cerró. Y después, dando cuenta de la forma en cómo llega al destino deseado. La primera catedral de este segundo tomo es la joven Almudena de Madrid. «El primer mandamiento del viajero es viajar por viajar; el segundo, no decir a qué vas cuando llegas a los sitios, y el tercero, estar abierto a lo que te ofrezca el azar», reza el autor de 'La lluvia amarilla' que recorrió el Duero o Tras-os-Montes antes de este monumental periplo en el que ha invertido 17 años.

Viaje por España

«Escribir no un trabajo, para mí es una pasión y un disfrute. Tampoco viajar es una obligación, las catedrales han sido la excusa para recorrer y contar a partir de ellas el país en el que he nacido», afirma este defensor de « la literatura de viajes, un género que en España no tiene la consideración que debiera tener y que está al mismo nivel que la novela, el ensayo o la poesía. Para mí es literatura que refleja los pensamientos y emociones que produce viajar, hablar con la gente y ver en el horizonte de la ciudad a la que llego ese gran libro de piedra que es la catedral y sumergirme en la fascinación que me producen siempre esos edificios grandiosos».

Leonés de Vegamián, marca la frontera entre las catedrales del norte y las del sur, el cuándo y el cómo se construyeron. «La mitad norte se levantaron en la Edad Media, durante la reconquista. Son románicas, góticas y algunas se cimentan en el renacimiento. Sin embargo, las del sur mayoritariamente se construyeron tras el dominio árabe y se levantaron sobre mezquitas. Incluso, alguna como la de Córdoba se conserva y en su centro está la catedral neogótica, ecléctica. Además de la diferencia arquitectónica, está la del carácter de la gente que las construyó y mantiene una forma de ver la vida distinta. Las catedrales de muestran la diversidad de este país».

Desde el punto de vista narrativo, lo mismo le da a Llamazares los siglos de la catedral de Burgos que las décadas de la de Getafe. «Todas tienen su interés, son espejos de su sociedad. Unas por bellas y grandiosas, otras más humildes porque a veces te dan más juego literario». Y el viajero suma aconteceres en todas ellas. «La gente que enseña las catedrales sabe que el tiempo medio del turista es entre 10 y 15 minutos y los fieles, lo que dure el oficio religioso. En cuanto se ve a alguien que deambula y pasa más tiempo de lo normal, empiezan a mirarte con suspicacia. Si encima te vas y vuelves a entrar, saltan las alarmas. Primero sospechan que eres un historiador, después un funcionario de la administración y si persistes, un ladrón que estás viendo lo que te llevarás cuando vuelvas de noche a robar. En Teruel, durante una misa, me vino un hombre de paisano y me enseñó una placa. Me preguntó si era periodista, al contestar que no, me dejó seguir».

Sin embargo, en Córdoba, tuvo que apelar a su condición de periodista accidental cuando le querían cobrar dos veces la entrada, por la mañana y por la tarde. «En la de Huelva, que es una pequeña iglesia habilitada como catedral, faltaba una hora para el cierre a mediodía y me echaron porque el canónigo quería oficiar una misa solo».

La felicidad en Urgell

Después de tantas ábsides, girolas y altares, cabe preguntarle por el sitio en el que se sintió cómodo, a aquel que volvá. «Casi siempre prefiero el interior. Las catedrales son campanas de cristales en medio del tráfico y ajetreo de las ciudades y el mundo. No me movía un objetivo religioso, tampoco presumo de lo contrario. Me movía la búsqueda de la emoción y la belleza, la fascinación por esos templos que sentí desde pequeño. Y eso también se encuentra en sitios como la Seo de Urgell. Allí me quedé solo durante una hora en un banco, frente a una virgen románica que solo sonreía para mí. No tuve una experiencia mística pero sí me sentí en paz y armonía con el mundo, una sensación que pocas veces tengo, un atisbo de felicidad».

Llamazares sigue admirando las catedrales como «sueños en piedra de la humanidad. En su mayoría son los edificios mas bellos que ha construido el hombre en Occidente». Pero en esta inmersión diocesana, a veces «necesitaba cambiar de registro» y ha alternado otras escrituras«para dejar los rosetones», las de sus novelas 'Las lágrimas de San Lorenzo' y 'Distintas formas de mirar el agua'.

En el horizonte cercano, tiene ya seis folios de la siguiente y alguna idea de viaje literario que dejará madurar. «Este proyecto ha sido demasiado ambicioso. Han sido 17 años, 14 viajes por las distintas zonas, más de 20.000 kilómetros –en coche la mayoría, también en barco y avión– y 1.200 páginas».

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