Ladero Quesada: «La historia se convierte en un almacén de armas arrojadizas cuando se utiliza mal»

El historiador y catedrático emérito de la Complutense Miguel Ángel Ladero Quesada. /El Norte
El historiador y catedrático emérito de la Complutense Miguel Ángel Ladero Quesada. / El Norte

El medievalista vallisoletano ha sido reconocido con el Premio de las órdenes de España

Victoria M. Niño
VICTORIA M. NIÑOValladolid

Sucede a J. H. Elliott en la nómina de los galardonados con el Premio de las Órdenes de España. Miguel Ángel Ladero Quesada (Valladolid, 1943) ha sido el elegido entre veinte candidatos propuestos por universidades e instituciones de 25 países.

–Medievalista que no medieval, aclara. ¿Por qué tiene la Edad Media esa carga de oscuridad?

–La mala fama de la Edad Media se debe a la propaganda adversa que se hizo de ella en el Renacimiento y la Ilustración, pero también se la ve como época con muchos aspectos positivos y fundadores de nuestra propia realidad, especialmente desde el siglo XIX, y más cuanto más se sabe de ella y se estudia el contenido histórico de aquellos siglos. Lo que sucede es que los tópicos, al margen del estudio de la Historia, cristalizan y perduran, tanto los negativos como los positivos.

–¿Que le llevó a elegir ese período?

–Mi elección por el medievalismo guardó relación con mis estudios en la Universidad de Valladolid, desde 1959, y con los profesores con los que aprendí Historia. A partir de ahí, comprobé que la Edad Media era un mirador magnífico para entender no sólo aquel milenio sino la historia europea en conjunto, especialmente en sus aspectos profundos y de larga duración, así que ser medievalista ha sido y es mi modesta manera de ser historiador.

–«No escribiré una sola línea en pro ni en contra sobre los supuestos caracteres permanentes de lo español», decía en 1978. ¿Lo suscribe hoy? ¿se puede hablar de un carácter nacional destilado a través de la historia?

–Permítame que complete la cita: «porque lo que me parece interesante aquí es comprender a la España histórica, a su realidad en el siglo XV». Lo escribí en la primera síntesis a la España de los Reyes Católicos. Sigo pensando que un país se forma a lo largo de su Historia y que permanece en la conciencia de la sociedad que recibe este legado, lo administra y proyecta su futuro sobre la patria que ha heredado, con su territorio, su bagaje cultural y su organización política. Lógicamente, esto da lugar a unos caracteres diferenciales respecto a otras sociedades, y también en el seno de nuestra misma sociedad, pero no se trata de un conjunto de rasgos que nacen de una vez para siempre y permanecen indelebles. Además, a mi parecer, la identidad –palabra hoy muy en uso– se elabora necesariamente en su relación con la alteridad, se mezcla con ella y no es un producto excluyente y cerrado en sí mismo sino una realidad dinámica y compleja, un patrimonio común de convivencia que se administra «en permanente dialéctica entre continuidad y cambio».

–Experto en fiscalidad en el Reino de Castilla, hay quien se remonta al medievo para explicar una histórica diferencia con el reino de Aragón que pervive hoy. ¿Suscribe esa relación?

–Es evidente que hubo diferentes organizaciones políticas y, entre ellas, fiscales, en la Castilla de los siglos XIII al XV y en los diversos componentes de la Corona de Aragón. Y que muchas permanecieron durante la primera época de la unión de reinos, hasta comienzos del XVIII. Pero aquellas situaciones del pasado no perviven: el ordenamiento político y jurídico constitucional se basó, desde 1812, en el principio de soberanía nacional española e igualdad entre los ciudadanos, de la que debe formar parte la igualdad fiscal.

–¿La historia es ese saber al que acuden los políticos cuando quieren justificar sus acciones?

–Me resulta difícil imaginar a 'los políticos' como un colectivo homogéneo y, por lo tanto, emitir opiniones globales. Lo cierto es que la historia deja de ser un saber para convertirse en un almacén de armas arrojadizas cuando se utiliza mal. Todos debemos respetar el saber histórico, que se va consiguiendo con tanto esfuerzo, no forzar ni inventar interpretaciones, no tergiversar, no condimentar nuestras opiniones sobre los diversos aspectos de la realidad presente con el retorno a un pasado más o menos imaginario. Conocer y opinar sobre la historia 'sine ira et studio'.

–¿Alguna receta contra la manipulación de la historia?

–Lo ya dicho: trabajar por explicar el pasado con la metodología profesional adecuada porque, para los historiadores, lo que importa es conocer el pasado social y cultural, entendiendo las estructuras, tendencias y sucesos en que actuaron las personas. Esto nos mueve a no juzgarlas ni con menosprecio ni con vanagloria, pero no impide valorar su obra y reconocer a quienes actuaron en su tiempo positivamente, con esfuerzo y a veces con heroísmo en una sociedad que luego ha seguido su camino hasta hoy y que necesita tener conciencia histórica de su pasado para ser ella misma.

–También está el peligro del anacronismo a lo López Obrador.

–Por supuesto; forma parte de la manipulación.

–Entre sus últimos libros está 'Europa medieval y el mundo islámico' ¿cómo fue la relación entre esas dos culturas/religiones? ¿alguna lección que traer al sigloXXI?

–Investigué durante muchos años la Granada nazarí islámica y la Andalucía cristiana del valle del Guadalquivir, que era parte de la Corona de Castilla, cada una por sí, y también las relaciones que mantuvieron entre los siglos XIII y XV. Eran sociedades antagónicas aunque hubo momentos de coexistencia e intercambios económicos, técnicos y culturales. Me planteé esas cuestiones en el ámbito general de las relaciones entre los mundos europeo e islámico en la Edad Media. Más que lecciones, aunque las haya, tal vez habrá que convenir en que hoy las cosas pueden ir mejor si todas las partes aplican instrumentos que en la Edad Media no existían, como son un orden político y jurídico internacional global, la definición y aplicación de los derechos humanos, unas relaciones económicas más intensas, y la facilidad mayor para la comunicación, el conocimiento mutuo y la convivencia en paz. No siempre se aplican esos instrumentos pero no por ello me parece que sería absurdo buscar modelos en una imaginada 'convivencia' medieval.

–¿La base de cualquier aproximación histórica descansa en la política, la economía o la sociedad?

–En todas a la vez, incluyendo lo cultural y lo religioso, porque la realidad histórica se construye en un flujo continuo de relaciones e influencias entre las funciones que ejercen todos esos elementos.

–¿En qué trabaja ahora?

–Concluyo el volumen segundo sobre 'España a finales de la Edad Media', preparo la nueva edición de algunos libros y sigo con investigaciones sobre documentación del Archivo de Simancas, de la Academia y de algunas bibliotecas más.