Fernando Beltrán: «Soy hijo del 'nunca llegarás a nada'»

El poeta y nombrador Fernando Beltrán. /Juan Martínez
El poeta y nombrador Fernando Beltrán. / Juan Martínez

La Universidad de Valladolid publica ‘La vida en ello’, antología de la prosa del poeta y fundador de la empresa El nombre de las cosas Fernando Beltrán

Victoria M. Niño
VICTORIA M. NIÑO

Empeño, determinación, tozudez, convencimiento, son muchos los nombres que definen la actitud de un chaval que a los 17 años abandona la casa familiar tras vender los libros de primero de Derecho en la Cuesta de Moyano para dedicarse a la poesía. Fernando Beltrán (Oviedo, 1956) vislumbra dos cimas en su rebeldía: la primera en el adiós universitario y la segunda, cuando, con 31 años, concibió la hoy exitosa empresa El nombre de las cosas. La creencia en la «utilidad de la poesía» fue la bomba de oxígeno que le permitió hacer cumbre en ambos ascensos. A ella se refiere el título ‘La vida en ello’, un volumen editado por Leopoldo Sánchez Torre que recoge la prosa del poeta, publicado por la Universidad de Valladolid.

Este vesificador «romántico» que despunta tan pronto logró el accésit al Premio Adonáis en 1982 con ‘Aquelarre en Madrid’. Para entonces, –26 años–, ya había recorrido un amplio espectro del mercado laboral, el que va de vendedor de libros y bailador de claqué a aparcacoches sin carnet de conducir. Puso versos a la Movida y el niño perdido que siguió a sus padres a Madrid con melancolía asturiana en el corazón encontró su hueco estético.

Poesía desde la experiencia

Pertenecía a la generación que da un salto alejándose de sus maestros predecesores, los practicantes del «culturalismo cuyos referentes eran geografías y tiempos lejanos. Nuestra rebelión fue en la manera de escribir, en no buscar la imagen, el sentimiento, la metáfora en lo lejano sino comenzar el poema desde la vida cotidiana, lo que se llamó la ‘poesía de la experiencia’, en lo que también fui un poco disidente pues para mí es la ‘poesía desde la experiencia’. Aspiro a que el poema me lleve a otro sitio, no solo a contar lo que me ha ocurrido, no quedarme donde estoy». Yaquello requirió una nueva estética en el uso de formas y palabras, «ni mejores ni peores, sino de la calle, de la realidad circundante. Entró el hecho social, y otros muchos temas».

De esa nueva militancia poética nacen dos manifiestos firmados por Beltrán y de gran difusión. Con ellos comienza ‘La vida en ello’. «Soy un desastre, no guardo sistemáticamente mis escritos, así que la edición que propuso el profesor Javier García Rodríguez (primero en la UVA y en la actualidad de la Universidad de Oviedo) y que ha realizado su colega Leopoldo Sánchez ha implicado un trabajo duro. También a mi me ha llevado a releerme y corregirme. Al final leerse a uno mismo es corregirse, quizá crecer sea eso, corregirse. Y me obligó a revivir recuerdos gozosos, pero también a sentir el vértigo de los daños, de los errores. Yo sí me arrepiento de cosas que hoy haría de otra manera», dice celebrando la edición en una ciudad que para él siempre fue de paso entre sus dos referencias vitales, Oviedo y Madrid.

«Llegué a la poesía a los quince años gritando y sigo gritando», sostiene quien pondría la mano en el fuego por cualquiera de sus poemas no así por sus ideas. «De un poema se sale distinto a como entras. Un poema te agita, te lleva a algún sitio, te deshace, a veces no lo entiendes, es el paso para entender. Sin embargo las ideas cambian, la vida te coloca en distintos sitios y vas abriendo ventanas a otros criterios y, aún así, te das cuenta de que te equivocas y no pasa nada si estás dispuesto a cambiar y mejorar, con la sola obligación de ser lo más ético posible contigo mismo. En los poemas me reconozco y me convenzo de la utilidad de la poesía. Lo que me es útil a mí ¿por qué no lo ha de ser para los demás? Si a fin de cuentas, todos tenemos miedos, fríos, ilusiones, ganas de sentir muy parecidas».

La travesía del desierto

Hay ciertos rasgos biográficos que Beltrán ha subrayado en presentaciones, prólogos, ensayos y conferencias. Su padre jugador de ajedrez advirtiéndole de su inminente fallo, su afán poético desde que escribió con el vaho de la respiración en un cristal cuando comenzaba a dibujar letras, el poder hipnotizante de la lluvia, pero sobre todo le pesa el ser «hijo del ‘nunca llegarás a nada’, que por otra parte me decían con tanto amor. Ese lastre pesa en la vida y desde ahí he crecido». Ese crecer le ha llevado a ganarse la vida con las palabras, en su condición de poeta –«con la poesía se vive pero no se come»– y en su oficio de ‘nombrador’. Trabajó en publicidad y vio el «dineral que se gastaba en márketing, en anuncios, en representación, y, sin embargo, a lo más importante, el nombre del producto no se le dedicaba un duro. De modo que me empeñé en trabajar en eso. Al comienzo me dijeron que estaba loco, que en España nadie pagaría por ello. Pasé diez años de travesía del desierto y luego funcionó». El bautismo que le abrió las puertas de otros muchos clientes fue ‘Amena’, la primera marca española tecnológica cuyo nombre escapaba al inglés. La historia de Faunia, de Opencor, de Rastreator o Solaz es bien conocida. «Esto también cumple con la utilidad de la poesía. La poesía es mi verdad, los nombres, la verdad de los otros. Creo en los nombres para ganarme la vida pero es que cometemos errores empresariales y personales por no nombrar bien las cosas. Hasta una enfermedad existe y puede curarse cuando tiene un nombre. Los poetas somos nombradores. Significa que no te conformas con la acepción del diccionario por ejemplo para cajón o mesa. El poeta crea un nuevo significado. Si hablamos de él como cartógrafo de emociones, es capaz de abrir nuevos ríos o cambiar su curso». Quien rebautizó su ciudad natal como ‘Lloviedo’ también tuvo un nombre para la ciudad del Pisuerga en una reunión de bodegas. Valladolid fue en su servilleta Viñadolid.

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