Y el día de gloria ha llegado

'La toma de la Bastilla', pintura del artista francés Jean-Pierre Houël./ Biblioteca Nacional de Francia
'La toma de la Bastilla', pintura del artista francés Jean-Pierre Houël. / Biblioteca Nacional de Francia

El historiador Simon Schama disecciona la Revolución Francesa y arroja luz sobre sus episodios más mitificados en su monumental obra 'Ciudadanos'

Álvaro Soto
ÁLVARO SOTOMadrid

El 14 de julio de 1789, una multitud de novecientos parisinos asedió y luego tomó la cárcel de la Bastilla, buscando pólvora con la que cargar los mosquetes y los cañones que acababan de arrebatar a las tropas reales de Luis XVI. Aquel asalto se convirtió, a ojos del pueblo y de los cronistas más entregados a la causa, en el momento clave de la Revolución Francesa y en el mito fundacional de un tiempo nuevo, pero la cosa no debió de ser para tanto.

Ni la Bastilla era una fortaleza inexpugnable, ni todas sus celdas eran agujeros infames (de hecho, casi se la consideraba una cárcel de lujo respecto a otras), ni sus guardias plantaron gran batalla (un grupo de tullidos lideraba la defensa), ni sus presos eran ejemplos de buena conducta (se liberó sólo a siete: dos dementes, cuatro falsificadores y un aristócrata delincuente).

La Bastilla es uno de esos episodios de la Revolución Francesa sobre los que el historiador británico Simon Schama (Londres, 1945) arroja luz en su monumental obra 'Ciudadanos', publicada por primera vez en 1989, en el segundo centenario de la revolución, y que treinta años después, la editorial Debate vuelve a lanzar en España.

Miembro de la Orden del Imperio Británico, profesor de Historia del Arte de la Universidad de Columbia y director de documentales para la BBC y la PBS, Simon Schama es autor de obras como 'Los ojos de Rembrandt', 'El poder del arte' y la imprescindible 'Historia de los judíos'.

Y su 'Ciudadanos' es, en realidad, muchos libros dentro de uno. En primer lugar, es el intento de acabar con mentiras que durante los dos últimos siglos han sido asumidas acríticamente por buena parte de la historiografía y por el grueso de los lectores. A saber: la Revolución Francesa no fue una explosión súbita de cólera (se llevaba gestando durante décadas), tampoco fue un levantamiento burgués (de hecho, fueron los burgueses las principales víctimas de la violencia revolucionaria), el objetivo de los campesinos levantiscos no era la libertad política o económica (al contrario, reclamaban mayor proteccionismo económico), Luis XVI no fue un rey déspota e inepto (trató de reformar un Estado que entre guerras y bancarrotas se convirtió en irreformable), los 'sans-culottes' no eran los pobres entre los pobres y la etapa del Terror no fue un mal necesario para asegurar la llegada del paraíso en la Tierra. Todo lo contrario: fue sólo eso, terror.

Cambio de mentalidad

Más allá de las causas coyunturales del momento (malas cosechas, hambre, pésimas decisiones de la monarquía sobre su política exterior), el origen profundo de la Revolución Francesa, expone Schama, debe buscarse en el cambio de mentalidad de la sociedad francesa durante la segunda mitad del siglo XVIII.

De la mano de filósofos como Rousseau, la población vivía un proceso de «formación cultural» que incluía la aceptación de la sensibilidad como una cualidad (llorar en público dejó de estar mal visto y se convirtió casi en una obligación de los «hombres honestos») y que transformó instituciones como el teatro en espacios sin barreras donde los nobles e incluso los reyes (María Antonieta frecuentaba las tablas) se mezclaban con el pueblo llano.

'Ciudadanos' puede leerse también como la crónica desesperada de la monarquía francesa por sobrevivir. Educado para reinar de forma absoluta, Luis XVI parece ir siempre un paso por detrás de lo que le exigen sus súbditos. Cuando reclaman una monarquía constitucional, él se resiste. Cuando está dispuesto a aceptarla, las calles ya piden su cabeza. Cuando trata de huir, es detenido 'in extremis'. La guillotina, que cortó la cabeza del rey, de su mujer, María Antonieta, y de centenares de personas durante la etapa del Terror, incluido Robespierre, uno de los hombres que más uso dio al invento del doctor Guillotin, es una gran metáfora, según Schama, para explicar que la Revolución Francesa fue, sobre todo, violencia. «Era la fuente de energía colectiva de la Revolución. Era lo que confería carácter revolucionario a la Revolución», afirma. Desde 1789, y no sólo durante el Terror, aclara el historiador, «existía la suposición de que había una relación directa entre la sangre y la libertad, entre la sangre y el pan». El día de gloria, había llegado, sí, pero cargado de una violencia extrema.

Las lecciones de 'La Marsellesa'

Los políticos Lafayette, Mirabeau o Malesherbes, el escritor Latude, el pintor Jacques-Louis David o la asesina de Marat, Charlotte Corday, protagonizan apasionantes historias dentro de la historia. Y uno de los momentos más emotivos de la obra es la narración del nacimiento de 'La Marsellesa'. «Nada ha sido escrito nunca -y nada lo será- que exprese mejor que 'La Marsellesa' la camaradería de los ciudadanos en armas», escribe Schama. Así, '¡El día de gloria ha llegado!', como canta el himno.

Aunque pareciera que dos siglos y tres décadas después ya poco queda por aprender de la Revolución Francesa, las lecciones que en el siglo XXI se pueden extraer de ella siguen siendo casi infinitas. Por ejemplo, en 1789 ya se sabía que los más radicales querían ser además los más sentimentaloides, que el acoso callejero (los escraches, se diría hoy) acababan volviéndose contra quienes los impulsan, que los moderados dudaban si incluir a los exaltados (los jacobinos, entonces) en sus ejecutivos y que una cosa era la oratoria parlamentaria y otra, gobernar la realidad. Entonces nació el lema 'Libertad, igualdad, fraternidad', que Francia haría oficial en 1848.