La deuda de la ciencia con la mitología

Estatua de Mercurio en el Pasaje Gutiérrez de Valladolid. /
Estatua de Mercurio en el Pasaje Gutiérrez de Valladolid.

Daniel Torregrosa recorre 56 nombres científicos originados a partir de los panteones grecorromanos, escandivanos, germanos y hasta hawaianos en 'Del mito al laboratorio'

Victoria M. Niño
VICTORIA M. NIÑO

Como un manantial inmenso en el que beben los hombres de ciencia, así presenta Daniel Torregrosa la mitología que ha servido para nombrar elementos químicos, asteroides, planetas, sondas, plantas o fenómenos naturales. Su ensayo 'Del mito al laboratorio' (Cálamo) desentraña la relación entre el dios Mercurio, el planeta, el metal líquido y los sombrereros; la de Prometeo y el uranio o la de Thor y una musaraña. Hasta 56 personajes mitológicos de Grecia, Roma, Escandinavia, Hawái o la isla de Pascua se suceden en este ensayo que acerca la ciencia a cualquier lector en pequeñas dosis.

Daniel Torregrosa (Murcia, 1969) es un químico que comenzó a divulgar su disciplina a través del blog 'Ese punto azul pálido'. «Precisamente allí empecé a relacionar mitología y ciencia, dos saberes que la gente cree antagónicos. Ya partir de ahí fue un descubrimiento continuo», explica el escritor. «Lo que más me costó fue acotar las fuentes mitológicas ya que hay muchas; por un lado, las académicas; por otro, las originales, autores como Homero, Hesíodo, Ovidio... Lo más difícil es llegar a un acuerdo entre las versiones que cada cual ofrece.En mitología sí hay discrepancia, lo que apenas se da en la ciencia».

La sonda Selene y Selene/Diana, en una escultura clásica.

Torregrosa ha dejado a un lado las historias más luctuosas entre los protagonistas de la mitología griega y romana ­–«es que todos son hermanos o padres e hijos y a la vez tienen hijos entre sí»– para poder centrarse en el filón que dio lugar a su nexo con la ciencia. Níobe, que pena por el asesinato de sus doce hijos, se convierte en una piedra que llora. Antes de ser llamado niobio (Nb) este metal de transición que se usa para aumentar la resistencia del acero descubierto por el inglés Hatchett (1801), fue conocido como columbio, en honor a la ciudad estadounidense de Columbia. Los científicos pasaron 45 años debatiendo sobre la originalidad del nuevo elemento tan parecido en sus propiedades al tántalo. El mineralogista alemán Heinrich Rose (1846) determinó las semejanzas entre columbio y tántalo, pero también sus diferencias. Por lo que propuso que el columbio se llamara niobio, en referencia a la hija de Tántalo.

«Triunfó la mitología», señala Torregrosa. «Hay personajes con una relación directa con lo nombrado, como Marte, Mercurio, Ares, y otros, más difíciles de relacionar. La mayor confusión está entre los dioses griegos de los que luego se apropiaron los romanos». Pero no han seguido ninguna norma, «en general recurren más a la mitología para nombrar sus hallazgos la química inorgánica y la exploración espacial, en el resto de disciplinas es menos común». La tradición de la alquimia ha cincelado el gusto por mezclar lo esotérico con lo científico en los nombres también en la química escandinava. «Es una escuela muy fuerte en química. Ellos se inspiraron en Thor, dios nórdico del trueno, para bautizar al torio (Th), elemento químico radiactivo además de una extraña musaraña de fuertes y entrelazadas vértebras. El cobalto, descubierto por un sueco, debe su nombre a 'kobold', una especie de duende. El vanadio, un metal suave y maleable, debe su nombre a a Vanadis, linaje de la diosa del amor Freyja».

Daniel Torregrosa.
Daniel Torregrosa.

Daniel Torregrosa ha disfrutado especialmente con el descubrimiento de mitologías como la de Rapa Nui, en la isla de Pascua, que añade el nombre de su diosa de la creación del mundo, Makemake, a la astronomía denominando al tercer planeta enano del sistema solar. Los esquimales dejan su huella con Sedna, diosa del mar, que nombra a un objeto excéntrico más allá de Neptuno, a una especie de moluscos y a una llanura en Venus. Y desde Hawái llega Haumea, diosa de la fertilidad, para bautizar a un polémico planeta y a una clase de bivalvos.

El autor tiene sus mitos favoritos, que han llegado hasta su casa. «Selene, Diana para los romanos y el nombre de mi hija, era la diosa de la luna. Vivía intensamente los placeres de la vida. Se enamoró de un mortal, Endimión, y pidió a Zeus que le otorgara la vida eterna». La condición que puso el padre del panteón griego fue que el amante permaneciera en un sueño eterno. Selene bajaba a verle cada noche y de esa relación nacieron 50 hijas. «El selenio fue descubierto en 1817 por dos suecos que comprobaron que sus propiedades eran muy similares a las del telurio, que había recibido el nombre de tellus (tierra en latín). Por contraposición, bautizaron al nuevo como selenio. Lo que no sabían era que también la elección pudo basarse en la fertilidad de la diosa ya que en 1993 se demostró que tomando suplementos de selenio se regula la fertilidad. El problema está en determinar la dosis». Pero también le gusta al autor la historia de Prometeo, que además de identificar originalmente la fisión del uranio, es un satélite de Saturno, un volcán activo en Júpiter y uno de los árboles más antiguos del mundo, un pino de 5.000 años de antigüedad en Nevada, que fue talado por error en 1964. La relación entre la hiperactividad y los trabajadores de las fábricas de sombreros hasta el XIX se explica por la inhalación de mercurio, que se usaba para tratar las pieles de conejos. Aquella dolencia fue convertida en personaje literario por Lewis Carroll. Recuerden al sombrero loco de 'Alicia en el país de la maravillas'. Y entre la deidad Palas Atenea y el elemento paladio media la trágica muerte del amigo de la diosa, que hizo que ella incorporara el nombre de él al suyo. De estas y muchas historias más habla Torregrosa en este ensayo que «huye de los tecnicismos, que se organiza en historias cortas y que no da nada por sabido. A veces hay que empezar por explicar lo que damos por hecho para que nos entiendan». Si «lo que no se nombra no existe», según Steiner, la alegoría mitológica ha permitido la existencia de una larga lista de conceptos científicos.

 

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