Así era el consultorio de Elena Francis, el confesionario de mujeres atormentadas

Un libro analiza las cartas del programa radiofónico, auténtico guardián de la moral franquista

Familia española de los años 50. Arriba, a la izquierda, el transistor. /El Norte
Familia española de los años 50. Arriba, a la izquierda, el transistor. / El Norte
Enrique Berzal
ENRIQUE BERZAL

«Sé que es muy duro de resistir que el marido no se porte debidamente. Pero en la situación en que usted se halla, es mejor que se haga la ciega, sorda y muda». De esta manera, tan sorprendente a nuestros ojos, contestaba la famosa Elena Francis a una mujer desesperada que le escribía pidiendo consejo ante las reiteradas infidelidades de su marido. Era finales de los 50 y el único consuelo que recibía de aquel fenómeno de las ondas consistía en resistir y sacrificarse por sus cuatro hijos, incluso «arreglarse todo lo posible», hacer el hogar agradable, mostrarse «más amorosa que nunca» y realzar «sus encantos como pueda» para «reconquistar a su marido».

Es solo un ejemplo de los muchísimos que aparecen en el libro 'Las cartas de Elena Francis. Una educación sentimental bajo el franquismo', escrito por el catedrático de Comunicación Audiovisual de la Universidad Autónoma de Barcelona Armand Balsebre y la periodista Rosario Fontova, y publicado por la prestigiosa editorial Cátedra. A partir de la consulta de 4.235 cartas de las más de 100.000 del Consultorio radiofónico de Elena Francis que pudieron ser salvadas in extremis de la destrucción, conservadas actualmente en el Arxiu Comarcal del Baix Llobregat, en la localidad barcelonesa de Sant Feliu de Llobregat, Balsebre y Fontova demuestran que aquel exitoso programa de radio, en antena desde 1950 hasta 1984, fue mucho más que una mera plataforma publicitaria para la promoción de una firma comercial de cosmética: fue, en efecto, una suerte de confesionario radiofónico de la España de Franco, un paño de lágrimas para miles de mujeres desesperadas que, a la postre, sirvió para perpetuar «las consignas del régimen aconsejando silencio, obediencia y sumisión ante los agravios y la violencia doméstica» que sufrían, «apuntalando un clima familiar de sometimiento al varón».

Propiedad del Instituto de Belleza Francis, creado en 1949 por José Frade y Francisca Bes Calvet, el Consultorio comenzó a emitirse en Radio Barcelona el 27 de noviembre de 1950 a las siete de la tarde, y muy pronto se convirtió en un fenómeno de masas. Tenía una duración de entre 20 y 25 minutos y comenzaba con unos consejos de belleza; pero el plato fuerte, el momento más esperado, llegaba con la lectura de las cartas que las oyentes enviaban a Elena Francis –personaje inventado cuya voz radiaron ocho profesionales hasta 1984– en busca de consejo, ánimo y recomendación.

La pieza clave del programa era la guionista Ángela Castells Barreno, fundadora de la «matriz narrativa del discurso de Elena Francis como elemento de control de la conducta femenina». Castells configuró el Consultorio como «apostolado político-religioso (…), escuela de formación moral y guía espiritual» dirigida a la recristianización de España y a la conversión de los «extraviados», convirtiendo a Elena Francis, personaje mediático de mayor impacto comunicativo y con mayor audiencia en el franquismo, en una mezcla perfecta de «madre consejera y policía de la moral», inflexible en sus consignas nacionalcatólicas. Y fue ella, Ángela Castells, la que dio las pautas a los guionistas que la sustituyeron a partir de 1954.

Las correspondencia analizada ratifica las ideas-fuerza tan caras a la dictadura, en especial el papel de la mujer como esposa dócil y resignada, dispuesta a sacrificarse en todo momento y a resistir cualquier situación, incluidas las más vejatorias, en pro de sus hijos. Así, los «amorosos» consejos del Consultorio, mecanografiados por numerosos guionistas y basados en normas morales nutridas de consignas propias de aquella Iglesia oficial y jerárquica, tan comprometida con el Régimen, remarcaban aspectos como la superioridad física y cerebral, pero no sensitiva, del hombre, el deber de la mujer de mantenerse bella y atractiva para él, conservar «la llama sagrada del hogar con paciencia, docilidad y comprensión», y el papel fundamental de la religión, especialmente de las oraciones a la Virgen y de las palabras del confesor, como recurso último para aliviar los difíciles trances por los que atravesaban las oyentes.

Escena de baile en en marzo de 1951.
Escena de baile en en marzo de 1951. / El Norte

En sus 34 años de vida en antena, el Consultorio recibió más de un millón de cartas, la mayoría escritas por mujeres de clase baja que, desesperadas por su situación, requerían ayuda, comprensión y consejo para superar su amarga realidad de impotencia y soledad. De ahí que este libro sea también una aproximación certera al modo de vida y al pensamiento –en gran medida inducido– de las mujeres españolas de los años 50 y 60, una radiografía precisa del entorno familiar, del cortejo y del noviazgo, del matrimonio y del ocio, de los problemas aparejados a la emigración del campo a la ciudad y de otras costumbres de las clases más humildes.

La correspondencia sentimental es sin duda la más significativa y reveladora, sobre todo la que hace referencia a diversas situaciones aparejadas al noviazgo y al matrimonio, algunas especialmente trágicas. Todas las etapas del noviazgo, desde el flirteo hasta el primer beso, la presentación en familia y la práctica del sexo, protagonizan cerca del 17% de las cartas analizadas, la inmensa mayoría escritas por mujeres infelices que habían sido educadas para casarse, dejar de trabajar y dedicarse a los niños y al hogar. De ahí que no pocas se quejaran amargamente de no ser correspondidas por su pareja.

Del intenso cruce de misivas se infieren las principales pautas de comportamiento franquistas: las mujeres no debían dar nunca el primer paso en el flirteo para que el posible novio, que habría de ser siempre mayor que ella, responsable y «buen cristiano», no se hiciera «un concepto muy ligero de vosotras». El ritual del noviazgo, que casi siempre se originaba en los bailes de los domingos, exigía de la aprobación de los padres de ella para ser definitivamente formalizado; y como se trataba de una preparación para el matrimonio, la novia tenía el deber de «guardar ausencias» al novio y, en caso de albergar dudas sobre su honorabilidad y antecedentes, pedir informes a personas allegadas, sobre todo al párroco.

Beso y sexo

El beso –que en algunos casos se hacía esperar hasta seis meses- estaba permitido siempre y cuando no se traspasaran las «líneas rojas» del «manoseo» o de otra situación «más peligrosa e irreversible»: «Diviértete decentemente (…) y no te dediques tanto a ese chico», le aconsejaba Elena Francis a una joven desesperada porque su novio, harto de que no le dejara ir «más allá» del beso, amenazaba con romper la relación. Y como era menester llegar virgen al matrimonio, la mujer debía mantener una reputación intachable, no salir a solas con un hombre sin compromiso formal y detener «los avances de varón» en los escarceos sexuales, permitiendo, no obstante, algún beso recatado.

La mala reputación obsesionaba a las mujeres de la época, más aún a las que vivían en el entorno rural, como demuestra la carta de una chica de 19 años que confesaba haber mantenido relaciones sexuales con un novio anterior que la amenazaba con contarlo todo; mientras ella solo pensaba en suicidarse, Elena Francis, inflexible, le recordaba que era la única culpable y que debía confesarse. Y es que el sacramento de la confesión era el consejo más frecuente en situaciones de desesperanza y desolación, incluso para quienes declaraban haber sido violadas por su cuñado, su novio o por su propio padre.

Las cartas de Elena Francis

Autor:
Armand Balsebre; Rosario Fontova .
Estilo:
Prosa.
Editorial:
Cátedra.512 páginas. España. 2018.
Precio:
25 euros.

Al ser el matrimonio la meta ansiada por toda mujer, la soltería era sinónimo de fracaso o de situación anormal, y era preferible una boda sin amor que quedarse soltera. Las respuestas sobre problemas matrimoniales insisten en los deberes irrenunciables de la mujer para con ese sacramento: resignación, sacrificio y paciencia ante maridos que las mortifican. Por eso, cuando alguna confesaba que estaba pensando en separarse a causa de una infidelidad continuada o de malos tratos, Elena Francis no solo le aconsejaba que aguantara resignadamente en beneficio de sus hijos, sino que la animaba a rezar diariamente a la Virgen, arreglarse, mostrarse amorosa y hacerse «la ciega, sorda y muda» para tratar de reconquistar al marido.

En el fondo latía la visión del hombre como chiquillo irresponsable, adicto a las «aventurillas» e incapaz de frenar sus instintos sexuales; mientras que la mujer, condenada en gran medida a la invisibilidad y confinada al espacio privado del hogar, debía ser fiel y sumisa y aguantar con resignación cristiana, a pesar del infierno en que muchas veces se convertía su casa. «Nunca salimos juntos porque yo me paso la vida encerrada en casa (…), vivo sin ilusión y sin alegría. No tengo envidia ni a la riqueza ni al lujo, solo me la da el ver un matrimonio juntos de paseo con sus hijos, eso me causa hasta llorar», confesaba por carta una mujer de 38 años, con tres hijos y 16 años de matrimonio a sus espaldas.

Las respuestas apenas variaban: «Por sus hijos está obligada a perdonar y olvidar»; «mi consejo no es ¡váyase!, sino que continúe en casa, aguantando. Claro que su vida no es agradable, pero piense en sus hijitos, ¿qué harán sin usted?». Y en ello insistía la Francis, aun después de leer cartas que desvelaban situaciones terribles, como violaciones, amenazas, vejaciones y malos tratos del marido hacia su esposa y sus hijos, por muy pequeños que estos fueran. Algunas víctimas mostraban una disposición mental hacia el suicidio y otras ansiaban ver al verdugo muerto, como esa chica de 17 años que en 1956 narraba las palizas de su progenitor: «Muchas veces sin que ella diga nada se pone hecho una furia, y le pega unos puñetazos que la dejan toda llena de cardenales, y no quisiera saber las sillas, vasos, platos llenos de comida, y hasta un día una sartén llena de aceite hirviendo le tiró por la cabeza, por suerte nunca le ha hecho el daño que él quisiera hacerle (…). Pero no crea que es ella solo la que sufre sino todos. (…) Mi mamá se pone de mal humor y todos sus nervios los descarga sobre mí. Así es, señora, que hace mucho tiempo que la cabeza me da unos pinchazos como si tuviera agujas dentro y los nervios se me excitan y tengo que aguantarme y me desespero, lloro y muchas veces le pido a Dios que me quite la vida, y tengo miedo de hacer algún disparate, pero… (…) ¿Tengo que esperar con resignación el día que no dudo mi papá me pegue o me pise la cara como un día ya lo hizo y me desgracie para siempre?».

Inflexible ante situaciones de tanta gravedad, Elena Francis aconsejaba consultar al párroco y rezar a diario, arreglarse bien para el marido, incluso estar «dispuesta a complacerlo en cuanto le pida, muéstrese cariñosa, amable, sencilla y dulce», pues si bien en un principio era posible que él montara en cólera, «poco a poco irá recuperándolo nuevamente». Como apuntan Balsebre y Fontova, este tipo de consejos, lejos de solucionar el problema, perpetuaban las consignas del Régimen en torno a la mujer reforzando su condición de «víctima de un sistema patriarcal amparado por la dictadura».

 

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