Luis Mateo Díez
Escritor
«Se me coló la actualidad en la novela, estaba tocado por la degeneración democrática»El Premio Cervantes publica 'El vigía de las esquinas', una «fábula sobre el desorden y cómo el poder se ha alejado de la ejemplaridad»
La cortesía de Luis Mateo Díez le lleva a crear alegorías, donde con humor, hace más llevadera la bruma existencial que transe su narrativa. Sus ... Ciudades de Sombra, sus personajes de nombres peculiares, sus atmósferas esfumadas, tienen en 'El vigía de las esquinas' (Galaxia Gutenberg) tirantes que les atan a la realidad inmediata. Los currículums falseados, la llamada a 'despatriarcar', las amenazas en redes en vez de anónimos o la IAs on contemporaneidades insólitas en la obra del Premio Cervantes leonés, que gusta de la fábula moral como manera de contar más que la vida, «su sentido».
–¿La sociología cambia y las Ciudades de Sombra permanecen?
–Esta novela tiene una variante que hasta ahora no se había dado. La Ciudad de Sombra en la que transcurre –suelen ser innominadas, simbólicas, su fantasmagoría hace que no sepamos de su tiempo o dimensión– tiene esta vez algo que ver con el presente.
–¿Ese presente es un «desastre», un «derrumbamiento»?
–La fábula que se cuenta es sobre el desorden, la mirada del vigía que se prodiga y conduce por la ciudad donde pasan cosas relacionadas con el desastre, el derrumbe, la degradación. Es una visión de la crisis en la que está el poder, hay un desgobierno. Ciro Caviedo es un periodista de radio y gacetilla que también está metido en asuntos y lo he usado para que pueda dejar constancia de los sucesos.
–Un periodista, un policía, ¿faros esquinados sobre la realidad?
–En mi primera novela, 'Las Estaciones provinciales', también había un periodista, Marcos Parra. La mirada en aquella ocasión era testimonial de la España de los cincuenta, estaba comprometida con la realidad de aquellos tiempos. Ahora es un periodista perspicaz con un punto extravagante que puede contar desde su persona.
–¿La desazón que transmite es la de Ciro o la suya?
–Esa mirada a la realidad creo que es compartida por el 100% de los que padecen este vivir, esta degeneración de un mundo donde son protagonistas personajes como Trump y Putin, donde hay un genocidio, en el que se da un contraste brutal entre el progreso tecnológico y la degradación moral. Vivimos en un mundo, el primero, de conquistas democráticas frente a un tercero abandonado y olvidado, el constante pecado original del que nunca nos libramos. El vigía observa esta degradación global. La novela trabaja con materiales caricaturescos, no deja de ser una farsa, en referencia a lo que tiene de valleinclanesco y a esa literatura del absurdo que tanto me interesa. Esta vez se me ha colado la actualidad porque estaba tocado por los sucesos. Esta novela es una respuesta a mi perplejidad e inquietud ante ver cómo se degrada la democracia y el poder. La novela, como fábula, es un escaparate de cómo el poder se ha alejado de la ejemplaridad y ya no podemos, tampoco en esa Ciudad, sentirnos al amparo de gobernantes incapaces de ser un ejemplo de como vivir. La democracia se ha echado a perder.
–Confía en la paciencia de los lectores con esas largas digresiones entre guiones. ¿Les reta?
–Sí, tengo asumido desde hace tiempo que, a la vez que me hago mayor, se acaban mis posibilidades. El reto de la creación me ha ido llevando hacia una lectura y escritura que implica más complejidad y esfuerzo. Para quien me quiera seguir, esto es una aventura en lo complejo. En cuanto a lo lingüístico, mi compromiso es fuerte. Eso podría dar sentido y ayudar a la fábula.
–Su escritura acoge una olla de modismos con los que juega, en la que aparecen restos del lenguaje políticamente oportuno.
–Hay un juego a partir de tantos usos verbales como hemos padecido, esos vocablos del poder para incrustar caricaturas de comportamientos. A la vez esto puede ser un exceso, una extravagancia. Lo que he apurado mucho es el humor, un componente fundamental. La desgracia provoca la risa carnavalesca y esta es un poco salvadora, liberadora. He rastreado los artilugios lingüísticos de nuestra realidad que es transportable a otras dimensiones. Utilizo ese juego verbal como memoria lingüística muy fotográfica. Si en 'Las estaciones provinciales' hice un mapa lingüístico de la provincia con el lenguaje coloquial, aquí es este otro.
–En tiempos pegados a la literalidad del lenguaje, ¿no teme que su dimensión metafórica retraiga al público?
–La vertiente metafórica en el arte narrativo es importante. Si cuentas la vida en ese clima metafórico hay tamices y es ayuda mucho. Una cosa es contar la vida y otra, el sentido de la vida, que es posible desde lo simbólico, la reflexión, una manera de comportarse los personajes, de dialogar, de asumir la descripción. Afronto las novelas como fábulas es decir que tienen una pretensión de buscar ese sentido, esa intención moral. Es un esfuerzo creativo crucial que debieran asumir los lectores de ciertos narradores con ese interés en las maneras variadas de contar, de entretener, de indagar.
–¿La antítesis de la autoficción?
–Probablemente en esta novela demuestro mi perplejidad compartida masivamente. Estamos pacientes, aterrados ante lo que nos cae encima en estas calendas del XXI. Nos salen al paso presencias aterradoras, nada fantasmagóricas. Es un intento de mirar desde el espejo deformado, con cierto expresionismo, cierta herencia surrealista del mundo de Buñuel. Quizá la novela es un amalgama excesiva.
–¿Esta novela es hija de su tiempo o de su camino personal?
–Más lo segundo, ese camino lo he ido construyendo. Después de tantas novelas no puedo disimular que escribo mucho y he ido acumulando. Intento llegar más adelante, avanzar en la indagación en un mundo personal de la Ciudad de Sombra y ese camino me ha dado una cierta sabiduría sobre los elementos de la escritura y creación de un mundo imaginario y tengo cierta lucidez en lo que hago. Mis lectores son los que lo perciben. La difusión de mi obra se esparce lejos de los grandes números pero sí hay una complicidad, lo vi con el Premio Cervantes. Ese lector asume la complejidad y eso me da seguridad. Siempre he escrito mucho. Es el sostén de mi existencia, el uso de mi imaginación, las horas que dedico a vivir en mundo imaginario.
–El bar Sístole, la Plaza Virtual, la Señorita Ideológica, el Tanatorio del Tránsito y por supuesto los nombres propios. ¿No hay apelativo al azar?
–Los topónimos me sugieren un ser vivo y derivo por ahí. Esa necesidad de crear geografías imaginarias la tuve desde siempre. Los nombres proceden de esa atmósfera. Me resulta difícil llamar a un personaje Luis, María o Angelín, no me da convicción. En este libro hay mucha geografía urbana, un mapa por donde transitan los personajes. Aunque me han dicho que es como estuvieran solos en la ciudad. También hay algo metafórico, están refugiados, para zafarse de la realidad grosera que vivimos. El desorden procrea cosas ingratas, la vida de los ciudadanos es desordenada, determinada por las polarizaciones.
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