El Norte de Castilla
Rodolfo Otero y Benito Carracedo, en el estudio de aquel.
Rodolfo Otero y Benito Carracedo, en el estudio de aquel. / Gabriel Villamil

El flamenco, según Rodolfo Otero

  • Benito Carracedo traza la semblanza del bailaor vallisoletano que formó parte del Ballet Español de Antonio

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Siempre anduvo sobrado de fuerzas. Primero las empeñó en el boxeo, llegó a ser campeón de peso pluma de Castilla, y luego, tras ver a Carmen Amaya en el Teatro Zorrilla, se vació en el flamenco. Rodolfo Otero, bailarín del Ballet Español de Antonio, fundador luego del Ballet de Altamira y maestro de nuevas generaciones en el estudio de su ciudad, no es ninguna leyenda. Sigue siendo un paisano de Valladolid, un flamenco de la vieja escuela que ha ido desmigando su memoria a requerimiento de Benito Carracedo. El periodista ha concentrado sus conversaciones en ‘Rodolfo Ortega: Amor por la danza’ (Fuente de la Fama). El martes bailarín y autor lo presentarán en la Casa Revilla, a las 12:00h. dentro de las Jornadas Flamencas que le dedican un homenaje el jueves junto a Blanca del Rey.

Para cuando las curvas de Carmen Amaya obnubilaron a Rodolfo, ya había dado muestras de ser un chaval con el genio de dos. Desde la foto del colegio Miguel de Cervantes, que dirigía su padre, maestro republicano, su mirada es desafiante. «Sentarte a hablar con él es entrar en un combate de boxeo. Cada pregunta se la toma como un reto, una duda. Tiene la virtud de la desconfianza y de ser de Valladolid», dice Carracedo que se metió en esta tarea tras observarle como vecino durante 30 años.

Aprendiz en Sederías de Oriente y de flamenco en la calle Asunción con un guitarrista ciego, Otero lo dejó por el Ballet Español de Antonio, el bailarín por excelencia, –«el que borró a todos», apunta Carracedo–. Y el joven Rodolfo recorrió el mundo, aprendió a través de la heterodoxia del viaje los idiomas que hablaba su padre gracias al aplicado estudio, le pretendieron y persiguieron mujeres ricas, se midió dentro y fuera del escenario. Su sombra ‘amenazó’ a su maestro, a su decir, y tras ocho años le echó de su compañía. Otero, que ya tenía la maleta preparada, le demandó por despido improcedente y ganó el juicio. Para entonces había conocido a los grandes de su arte y de otras, veía la diferencia entre España y otros países. En Santander le detuvieron por escuchar en la Plaza Porticada al pianista Nikita Magalof. Dirigió su propia compañía hasta que a mediados de los ochenta abrió su estudio en Valladolid, en el Paseo Isabel la Católica.

Moverse desde el intestino

Apasionado en todos sus afanes, testamentario predicador del flamenco –«es una descomposición compuesta de movimientos que salen de los intestinos...Es equilibrar los sentimientos, dominarles y hacerles armonía»–, poco dado a las medias tintas en sus juicios, Otero ha sufrido por el ninguneo de la danza en España y particularmente en Valladolid. Lamenta que figuras como Mariemma y Vicente Escudero, de las que «presumen las autoridades», tengan dos calles pequeñas y feas en su ciudad.

«Una de las cosas buenas del libro es que la tensión que le provoca la relación con Valladolid se ha relajado. Le apena ver una ciudad que no aprecia la cultura, que no muestra simpatía por las cosas y las persona que hacen algo de verdad», dice Carracedo. «Si el flamenco es una forma de vida, Rodolfo es un ejemplo de en qué cosiste eso», subraya el autor que ha hecho crecer la semilla que plantó Pedro Sanz, director de las jornadas flamencas. Benito confiesa que gracias a Rodolfo ha aprendido «qué es el baile, siempre me gustó y no sabía por qué. Es por escapar de lo que no te gusta, por eso que llaman la búsqueda de la libertad, por ir a la abstracción».