Víctimas del Franquismo, pero también victimarios
Un libro colectivo aborda con rigor el complejo entramado de la violencia terrorista y policial en los años finales de la dictadura, en su marco internacional
«Franco murió matando». La frase, convertida casi en un eslogan cuando se habla del ocaso físico del dictador, responde, sin duda, a la consternación creada por los cinco últimos fusilamientos del Régimen, aquel 29 de septiembre de 1975, acometidos tras Consejos de Guerra sin legitimidad ni garantías. Siendo esto cierto, también lo es que el complejo entramado de la violencia terrorista y policial de los años 70 requiere, para ser comprendida, un análisis más profundo y desprejuiciado.
A ello obedece la obra colectiva 'Terrorismo y represión. La violencia en el ocaso de la dictadura franquista', coordinada por Gaizka Fernández Solvedilla, María Jiménez Ramos y Josefina Martínez Álvarez, y editada por Tecnos. Con prólogo del periodista Fernando Ónega, el libro reúne a diez especialistas que, desde la Historia, el Derecho y la Comunicación, ilustran con rigor la interrelación entre las dos principales formas que adquirió la violencia política en aquellos años: el terrorismo de ETA, FRAP, GRAPO y otras siglas, y la represión franquista. Y lo hace, además, empleando numerosas fuentes inéditas y enmarcándolo en la tercera oleada terrorista internacional. Esto significa que, lejos de ser el español un caso inédito, el terrorismo también golpeó a países como Alemania Occidental, Italia, Reino Unido o Francia, que respondieron con medidas legislativas excepcionales e incluso, en algunos casos, con la pena de muerte.
Diez especialistas y fuentes inéditas
El libro 'Terrorismo y represión. La violencia en el ocaso de la dictadura franquista' recoge aportaciones de diez especialistas en el periodo, incluido el periodista Fernando Ónega, que se recrea en su prólogo cómo se vivió en España la muerte del dictador. Emplean fuentes inéditas como sumarios judiciales, boletines del Servicio Central de Documentación, documentos de las organizaciones clandestinas, fuentes de hemeroteca e informes diplomáticos. Analizan con ello la violencia de ETA, la crisis y represión del Régimen, la estrategia del FRAP, el Movimiento Ibérico de Liberación, el «santuario» de ETA en Francia, la reacción de otros países occidentales ante la tercera oleada terrorista y el impacto de la violencia en el cine.
Muchas visiones literarias y no pocas historiográficas han tendido a romantizar a los activistas de ETA, GRAPO y FRAP por el hecho, totalmente comprensible, de haber sido duramente represaliados y, en su caso, ejecutados en juicios injustos. Un ejemplo claro es el de los etarras Juan Paredes (Txiki) y Ángel Otategi, quienes, como explica Fernández Soldevilla, muy pronto pasaron de ser considerados gudaris mártires a luchadores antifranquistas, «ocultando las páginas más oscuras de su historial» y siendo venerados por el nacionalismo vasco radical hasta nuestros días. Y ello cuando el proyecto político de ETA no era construir la democracia, sino alumbrar un proyecto político de corte etno-nacionalista, «tan antidemocrático como el de la dictadura franquista». Entre las aportaciones del libro, que también analiza la violencia del FRAP, el caso del Movimiento Ibérico de Liberación en el que militaba Puig Antich y el reflejo cinematográfico de la violencia en el tardofranquismo, sobresalen el rescate historiográfico de las víctimas de los activistas fusilados y la visión de estos últimos como «victimarios-víctimas». Y es que, como señalan Roncesvalles Labiano y María Jiménez, debido a la represión franquista, «los victimarios se convirtieron en víctimas y las víctimas de los victimarios-víctimas quedaron rezagadas a una tierra de nadie en la que no tenían nombre ni mucho menos pasado, ni descendientes que lidiaran con el trauma de su pérdida».
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