Los trucos que la verdad esconde

Operarios ultiman la instalación de Leandro Erlich 'Le Monte-meubles, l'ultime demenagement' en Nantes en 2012./frank perry
Operarios ultiman la instalación de Leandro Erlich 'Le Monte-meubles, l'ultime demenagement' en Nantes en 2012. / frank perry

Leandro Erlich convierte al espectador en una víctima que se deja distorsionar

RAFAEL VEGA

Los compases de la humanidad han cabeceado a lo largo de su historia entre la obstinación empírica que supone el hecho de otorgar al mundo palpable y visible rango de absoluta certeza y el deseo de hallar el secreto sublime que esconde toda apariencia, incluida la nuestra.

El método científico se empeñó en el peso y la medida de cuanto hay en el mundo hasta que hubo finalmente de admitir que el cosmos infinitesimal es un abismo por el que se precipita toda nuestra seguridad. Incluso aquella fruto de añagazas propias de la memoria, como toda ley que garantiza una repetición.

Nos sentimos seguros porque nuestro pensamiento es capaz de predecir el futuro por medio de este pequeño truco mnemotécnico hasta tal punto que hemos logrado desarrollar artes y oficios capaces de poner a prueba nuestra innata capacidad. El ilusionismo logró, precisamente al amparo de la obsesión empírica, desarrollar una portentosa colección de trucos que siglos antes hubieran soportado no solo el sambenito maligno que cubre toda brujería, sino la sentencia condenatoria para cualquiera de sus insensatos oficiantes.

Sin embargo la seguridad, y la inocente arrogancia científica que supuró en poco tiempo de su piel, permitió que el mundo mirara la maravilla con otros ojos, amables, serenos, divertidos; ojos dispuestos a admirar las evoluciones de un autómata mecánico capaz de realizar operaciones de cálculo, o unos fuegos imposibles de color sobre las aguas, o saltimbanquis voladores en un espectáculo nocturno musical. Gracias a la ciencia y su acostumbrada presencia entre nosotros, la mente puede pasearse por las barracas de feria, asistir a la separación de un cuerpo humano y al milagro insuperable de volver a componerlo sin consecuencias aparentes, mientras los testigos consumen entre atónitos y satisfechos un algodón de azúcar. Pudiera parecer que la vida nos es tan predecible y aburrida que solo nos divierte ver los efectos de su distorsión. Yasí seguimos, como empolvados burgueses compartiendo fascinación en una cena dieciochesca imaginada por Vatel; como enfebrecidos asistentes al último espectáculo wagneriano.

Sabemos que todo es mentira. Y por eso sonreímos. Si los niños que cuelgan aparentemente de una de las fachadas de Lorenzo Erlich, gracias a la disposición de los espejos, estuvieran realmente en peligro, la sonrisa desaparecería de nuestro rostro; si los visitantes de su piscina fraudulenta estuvieran realmente en el fondo, bajo el agua, incapaces de subir a la superficie para respirar, la sensación de irrealidad se tornaría dramática.

Y acaso hay que preguntarse qué sentido tiene a estas alturas de nuestro periplo cultural buscar esos efectos entre los espectadores cuando la fascinación es imposible.

Las obra del argentino Leandro Erlich bien pudiera ocultar detrás de su aparente intención lúdica un empeño mucho más complejo. Sus imposibles disposiciones, sus desquiciadas instalaciones, permiten observar una ficción que lejos de ser irrelevante, inspira no pocas cuestiones relativas a la identidad y disposición de nuestra propia existencia. Erlich convierte al espectador, no solo en una víctima voluntaria que se deja distorsionar por los espejos cóncavos y convexos del laberinto, sino en un extraterreste observador del mundo desde puntos de vista imposibles capaz, si el ánimo le alcanza, de hallar alguna revelación en su interior.

La luz, la escala, la gravedad nos acompañan hasta desaparecer, como el agua a los peces. Teñirlos, como hace Erlich, para advertir su existencia es un modo de tornar inhóspita la vida.

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Nantes, Arte