El reportero en el infierno

Construcción de la M56, conocida como 'La carretera de los huesos', en Siberia'. Los huesos de los presos del gulag se utilizaron como material en la construcción de la carretera. /
Construcción de la M56, conocida como 'La carretera de los huesos', en Siberia'. Los huesos de los presos del gulag se utilizaron como material en la construcción de la carretera.

Jacek Hugo-Bader vuelve al gulag para comprobar cómo su sombra marca el presente

PABLO MARTÍNEZ ZARRACINA

El reportero polaco Jacek Hugo-Bader comenzó en septiembre de 2010 un viaje de más de dos mil kilómetros por el extremo oriental de Rusia. El camino marcado en su mapa era una autopista, la M56, entre Madagán y Yakutsk. Conocida como 'La Ruta', esa vía es una cicatriz en la Historia: sirve como tumba de asfalto para miles de asesinados por el terror estalinista. Literalmente. Los huesos de los presos del gulag se utilizaron como material poroso en la construcción de la carretera. Un muerto por cada metro de autopista. No hubo problemas de abastecimiento. Madagán es la capital de la región de Kolimá y ese nombre funciona a nivel simbólico como el equivalente soviético de Auschwitz. Incluso se habla del 'Auschwitz blanco', haciendo referencia a las aterradoras temperaturas que se alcanzan en la zona durante un invierno que, según repiten los rusos, dura allí solo los primeros doce meses del año.

Kolimá agrupó 160 campos de trabajo por los que pasaron más de dos millones de prisioneros entre 1932 y 1956. Aleksandr Solzhenitsyn y Varlam Shalamov fueron dos de aquellos prisioneros y escribieron sobre su experiencia libros que han quedado como testigos del horror totalitario. Con Solzhenitsyn y Shalamov oficiando como guías, Jacek Hugo-Bader comienza a seguir la autopista M56, también llamada la 'Carretera de los Huesos': un lugar considerado «la peor pesadilla del siglo XX, la isla más terrible y maldita o la más remota del Archipiélago Gulag, su polo más gélido, el Gólgota ruso, el crematorio blanco, el infierno ártico, un campo de concentración helado sin hornos». Resumiendo un poco: «Una máquina de picar carne y machacar huesos a escala industrial».

Sin embargo, la intención de Hugo-Bader no consiste exactamente en regresar al escenario del gulag, sino más bien en comprobar cómo esa sombra marca el presente de un lugar extremo. El resultado es un libro asombroso, una crónica que comienza haciendo pensar en una mezcla de Kapuscinski y Aleksievich, pero que pronto queda dominada por la voz absolutamente personal del autor. Experto en la historia de la Unión Soviética y consagrado como reportero del 'Gazeta Wy-borcza', el principal periódico polaco, Hugo-Bader es algo así como un periodista clásico en estado salvaje. En el libro, su consumo de vodka, su humor sarcástico y su capacidad para meterse en líos son más que notables. También lo son su capacidad descriptiva, su radar para los detalles significativos y el modo en que es capaz de acercarse a la gente para escuchar sus historias y reproducirlas, dándoles el protagonismo.

El catálogo humano que aparece en 'Diario de Kolimá' es increíble. Parece lógico pensar que vivir en un confín congelado del mundo que anteayer mismo era un campo de exterminio y en el que hoy sigue habiendo osos que gustan alternar la carne de reno con la carne humana no favorece los temperamentos anodinos. Pero al novelista más bizarro no se le habría ocurrido esta galería de buscadores de oro, anacoretas, mafiosos, comunistas, chatarreros, funcionarios corruptos y ancianos 'zeks', los presos de los campos, que cargan su pasado con resignación. Jacek Hugo-Bader detalla sus historias, intercalándolas con el diario personal de su viaje. El resultado es un libro estremecedor, divertidísimo y extraordinario.