Literatura

Rainer y Lou, nupcias íntimas

Rainer y Lou, nupcias íntimas

Una relación singular en un momento absolutamente singular de la historia y de la literatura europea

Carlos Aganzo
CARLOS AGANZO

Formó trío intelectual y sentimental con Friedrich Nietzsche y Paul Rée. Se casó, aunque fuera a regañadientes, con Carl Friedrich Andreas. Y consiguió que Freud la incluyera en la reducidísima nómina de las mujeres del Círculo de Viena. Con ninguno de ellos, sin embargo, tuvo una relación más profunda, más íntima, más complementaria que con el poeta Rainer Maria Rilke.

Es difícil encontrar un retrato tan completo de la mujer liberal y liberada de la Europa de principios del siglo XX como el de Lou Andreas-Salomé. Su inteligencia, su belleza y magnetismo sedujeron a los hombres y a las mujeres de su tiempo, y acabaron convirtiéndola en icono de aquel momento tan especial, con referencias como la ópera de Giuseppe Sinopoli o la película de Liliana Cavani. 'La más amada', se tituló la tesis de María Elena Sarmiento centrada en su vida y su obra y publicada en México en el año 2004. Así fue.

Cuando se vieron por primera vez en Múnich, en 1897, Salomé tenía 36 años y Rilke 21. Ella ya había viajado por Europa, había estudiado en Zúrich –en la única universidad germánica de su tiempo abierta sin restricciones a las mujeres–, había planificado crear su propia comuna (Winterplan) en Italia, al lado de Nietzsche y de Rée, y se había casado con Andreas. Él, por su parte, seguía siendo un artista adolescente –tal vez nunca lo dejó de ser- que había pasado por el 'abecedario de horrores' de la escuela militar de Sankt Pölten, por las universidades de Praga y de Múnich, y que tenía ya en su haber la publicación de tres libros: 'Vida y canciones', 'Ofrenda a los lares' y 'Coronado de sueños'.

Lou y Rainer fueron amantes durante dos años largos. Ella le enseñó ruso, le introdujo en la obra de Tólstoi y Pushkin, y le acompañó de viaje por la tierra –todavía- de los zares. Él compartió con ella los primeros textos de 'El libro de horas', y le abrió de par en par las puertas de su alma y de su poesía. Ni su boda, en 1901, con la escultora Clara Westhoff, ni el permanente peregrinaje por Europa en que se convirtió su vida consiguieron que se rompiera la relación. Al contrario.

«Si tienes que ir a Leipzig, ¿no podríamos, no deberíamos, no querríamos vernos antes, en caso de que tú quisieras, a mitad de camino, a la orilla del Rhin?», le dice Lou en una de sus cartas. Con encuentros intermitentes, las misivas que se enviaron a lo largo de más de treinta años son el testigo más fiel de este vínculo. En ellas se da cuenta no sólo del amor y la amistad que les unieron, sino también del grado de complicidad que alcanzaron. Rilke, que buscaba en todo momento la comprensión de su amiga, compartió con ella los aspectos más intrincados de su personalidad. Su angustia existencial y su sorprendente capacidad para encontrarse a sí mismo a través de la identificación con objetos o elementos de la naturaleza. También su narcisismo y su otredad.

Un modo de confianza que los dos llamaron 'amor', reconociendo, como escribe Salomé, que eran «esposos antes que amigos»; amigos «en nupcias contraídas íntimamente», y hermanos «de cuando el matrimonio de hermanos no era pecado». «Si durante años fui tu mujer –dice Salomé- es porque tú fuiste para mí la primera realidad, cuerpo y ser en una unidad indivisible, una prueba irrebatible de la vida misma. (…) No éramos dos mitades que buscaban complementarse, éramos un todo que de pronto sorprendido se reconoció como tal». A lo que él le responde: «El mundo perdió para mí su carácter nebuloso, ese fluido hacerse y deshacerse que era el tono y la pobreza de mis primeros versos (…) Y todo esto ocurrió porque te encontré a ti cuando corría por vez primera el peligro de entregarme a lo abstracto». Más adelante Rilke le enviará la primicia de ese «extraño poema» 'Wendung' (torcedura), en el que tiene la impresión de asistir a un «viraje decisivo» de su obra, y en el que dice, entre otras cosas: «Ya está, se ha puesto un límite a la mirada, / y el Universo mirado / quiere alcanzar su plenitud en el amor».

¿Influyó Lou Andreas-Salomé en la manera de enfrentarse al mundo y a la poesía de Rainer Maria Rilke? Sin lugar a dudas. Y al contrario, ¿tuvo importancia esta intensa relación vital y epistolar en la literatura de la escritora rusa? Cabe pensar que también. Aunque acaso vez su mejor obra pudiera ser la propia belleza de su vida, no podemos olvidar que Salomé nos dejó una veintena larga de libros. Libros en los que se aprecia una capacidad excepcional para entrar en el alma de las personas y de las palabras, por intrincados que puedan parecer los accesos. Una relación singular en un momento absolutamente singular de la historia y de la literatura europea.