Poesía

Ni oriental ni escindido: desobediente

María Ángeles Pérez López. /Ricardo Otazo
María Ángeles Pérez López. / Ricardo Otazo

'Diecisiete alfiles' es la última entrega poética de María Ángeles Pérez López

Carlos Aganzo
CARLOS AGANZO

Cuando millones y millones de usuarios de todo el mundo reclamaron que se ampliaran a 280 los caracteres del tuit, a los japoneses les pareció una extraña propuesta. De hecho prefirieron quedarse en los 140 originales, junto a los chinos y los coreanos. Algo que tiene mucho que ver con ello una cultura milenaria marcada por la contención. Un modo de entender el mundo que se traduce maravillosamente en los tres versos y las 17 sílabas del haiku, a repartir: cinco, siete y cinco. Basta y sobra.

Hace muchos años, sin embargo, que el haiku, en el que el maestro Basho destacó como ninguno en el período Edo, dejó de ser patrimonio exclusivo de los japoneses. La estrofa, por el contrario, «ha sido tan practicada a ambos lados del Atlántico, que podríamos considerarla un poquito cosa nuestra», como nos dice Erika Martínez en el prólogo de 'Diecisiete alfiles', la última entrega poética (casi al tiempo de sus 'Interferencias') de María Ángeles Pérez López. Por eso los haikus forman parte, de un modo natural, de la más pura expresión literaria de esta profesora y poeta, que no deja de crecer.

En efecto, los haikus que recoge María Ángeles Pérez López en 'Diecisiete alfiles' no son canónicos. Ni siquiera japoneses u orientales. Comparten con aquellos su métrica silábica y su capacidad de asombro, pero en realidad son haikus puramente hispánicos, acaso de esos que don Antonio Machado ya descubrió emparentados con la soleá. No se detienen exclusivamente en la emoción del aquí y el ahora, sino que van más allá. Penetran en el fondo de la vida y nos la muestran con exquisito minimalismo. Con ese efecto del fósforo que reivindica en un mismo acto el ser y el apagarse.

A través de 32 series, que la poeta combina como un sudoku, los territorios en los que se mueven estos haikus son amplios y variados. El propio libro se inaugura, como un «útero que abre hacia el lenguaje», a modo de camino espiritual, a cuyo paso se descubren aconteceres, contemplaciones y reflexiones, pero también posiciones frente al mundo.

Especialmente hermosos son los haikus de Epicuro. Tal vez porque en todo el libro se percibe un cierto sentido epicúreo de la existencia. Y en su delectación del tiempo, en su concepción de la contemplación y del conocimiento como instrumentos para la felicidad, María Ángeles Pérez López nos habla de jardines y de papiros, pero también de dones capaces de acallar el hambre y la sed. Nos invita a «libar la vida», con ansia fieramente humana. También bellísimos son sus haikus castellanos que, como los blues de Gamoneda, entran a través de la forma poética en el corazón de esa gran llanura mística que es Castilla. Haikus teresianos cuando la poeta busca la luz humilde de las alpargatas, los pedregales y los guijarros en el camino de desbrozar el alma. O decididamente sanjuanistas cuando esa luz se cierra, cuando «en la noche del cuerpo / rezuma el alma».

Haikus para el alma del poeta. Pero haikus también para el otro. Para los otros cuando el aquí y el ahora es el trabajo de Sísifo frente a un escuálido jornal de 17 monedas; cuando se escucha la voz de las mujeres, tan resonante siempre en la poesía de Pérez López; cuando el paso de los refugiados se convierte en «constelaciones de personas y de escombros»… Nada, a pesar de todo, que al final le impida brindar por la vida. Como Li Po, con vino, haciendo trío nocturno con la luna y con su propia sombra. O con sake, como el propio Basho, «bajo las flores de un mundo efímero». También por esa vieja rebeldía de Antígona, que no se rinde ante las estrechez de la ley. La misma que nos desvela María Ángeles García López cuando habla de los haikus de los haikus: «Tilde insolente. / Ni oriental ni escindido / desobediente».

No sé si de cinco en cinco o de siete en siete, según la capacidad de mantener el asombro de cada quien, pero lo cierto es que conviene leer estos haikus con mesura. Contienen demasiado mundo dentro de tan pocas palabras.