Críticas

Heridas que no dejan de supurar

Mariano Fuente Blanco. /Antonio Tanarro
Mariano Fuente Blanco. / Antonio Tanarro

Fuente narra el desgarro, el terror y la hipocresía empleando un tono mesurado y la lengua propia de la época

IGNACIO SANZ

De la misma manera que la Guerra Civil Española no se acaba nunca, tampoco se acaba el Decreto de Expulsión de los Judíos. Y eso que, en este caso, han pasado más de quinientos años, pero hay heridas que no dejan de supurar. De ahí que nos miremos en ese horror y divaguemos.

Un personaje llamado Abraham Ben Isaque de Cárdaba, nacido en 1453 en una Segovia en la que coexisten tres religiones, en vez de seguir los pasos de su padre como platero, cuando le llega la hora de orientar su vida profesional, decide tomar el camino de la escribanía. Además del castellano y del hebreo, aprende latín y se convierte en copista de Abraham Sennior, uno de los rabinos más influyentes y ricos de la España de su tiempo. Ya tenemos al narrador de esta espléndida novela que se va contruyendo en pequeños capítulos y que nos describe una sociedad en la que van creciendo las tensiones e intolerancias a la par que avanza el espíritu de la Inquisición. Los Reyes Católicos, especialmente la reina Isabel, tienen gran protagonismo, aunque el protagonista esencial sea el copista Abraham que, con verdadera sabiduría, a pequeños trancos, nos va narrando esta historia tristísima en la que se recrea uno de los momentos más aciagos de la historia de España por más que coincida con el venturoso descubrimiento de América.

Últimos días de Adonay en la ciudad menguante

Mariano Fuente Blanco. Derviche ediciones. Segovia 2019. 231 págs.

Habría que destacar el tono mesurado y envolvente de la voz narradora que empuja dulcemente al lector como si en cada capítulo nos mostrara un pequeño enigma y al mismo tiempo nos dejara latente un misterio que nos fuera a desvelar en el siguiente. Por más que asistamos a desgarros profundos, apenas aparecen los resentimientos. Otro elemento sustancial de la novela es el lenguaje. Mariano Fuente ha conseguido prestar el oído no tanto a una lengua, que también, como a la música callada de esa lengua, de tal manera que sin ponerse erudito, va destilando una atmósfera, un clima que, por sí solo, a través de las palabras, resulta revelador de una época. Es decir que el lector tiene la sospecha de que el autor se ha documentado profusamente, pero el fruto de esa documentación le llega de manera fluida y sutil, sin que aparezca la sombra de la didáctica o la erudición estomagante. Con ello la que sale ganando es la narración, una narración en tono menor, en voz baja, sin altisonancias, por más que lo que describa resulte angustioso y desgarrador. Tanto que, al final, el estupor se instala en el espíritu del protagonista, un ser desposeído de su herencia espiritual, alejado de su familia y al que le es usurpado su auténtico nombre, cuando se le asigna el nuevo, el cristiano.

Esta novela luminosa guarda alguna concomitancia con 'Yuda' de José Antonio Abella. Al fin las dos nos sitúan en el mismo escenario, es decir en la vieja Judería de Segovia en los días aciagos de la expulsión. Mientras Yuda rememora los días luminosos de su infancia desde la isla de Corfú sin renunciar a su condición de judío, aquí Abraham nos relata sus propios desgarros porque decide no aventurarse en diásporas atroces y entonces ha de disimular, es decir, acudir a los oficios cristianos como si de repente hubiera abrazado la nueva fe. Queda muy bien reflejado el terror y la hipocresía que salpica la nueva sociedad donde se instalan la intolerancia y con ella los despropósitos. Ciertos episodios, inevitablemente, recuerdan el presente. Por eso 'Últimos días de Adonay en la ciudad menguante' es una novela de verdadera actualidad.