Arte

El rey de los gatos

'El rey de los gatos' (1935)./
'El rey de los gatos' (1935).

Sus pinturas son casi siempre narrativas, ocurre algo en ellas

LUIS MARIGÓMEZ

La posibilidad de ver un número importante y significativo de obras de Balthus resulta siempre muy estimulante. Este pintor, activo en el tramo central del S. XX ha encontrado un lugar destacado entre los grandes de su tiempo, jugando siempre a la contra. Parece estar en las antípodas de las vanguardias, que subrayan lo más notable del arte de su tiempo, pero quizá el asunto no esté tan claro, si en la pelea entre conservadores/realistas y modernos/abstractos, él se sitúa en un plano intermedio, llevando a cabo una obra figurativa que no puede tildarse de realista, próxima por momentos al surrealismo (Delvaux, de Chirico), sin caer nunca en sus redes, y con referentes que van de Piero della Francesca, el maestro del Quattrocento, a Pierre Matisse, un contemporáneo a quien nadie le discutió nunca estar a la altura de su época. Sus pinturas no provocan el rechazo inmediato de la falta de referencias y el feísmo de buena parte de los vanguardistas, ni la admiración de lo bonito o la perfección naturalista. Hay una extrañeza inicial y una inquietud, ¿qué pasa en el cuadro?, porque sus pinturas son casi siempre narrativas, ocurre algo en ellas, por más que sea poco definible; hay una tensión que atrae y, a veces, incomoda.

Ya en su primera exposición, a principios de los años 30, aparecen sus características más notables, una estructura geométrica muy precisa, en la que las figuras humanas, con sus formas y colores, dan forma y rellenan un espacio determinado. En 'La calle' (1933), entre ventanas, carteles, farolas y toldos, hay en el centro un hombre de blanco, seguramente un pintor de brocha gorda, llevando una tabla al hombro que le tapa la cara; a la derecha una mujer vestida de negro, de espaldas; junto a ella, en tonos ocres, un muchacho al que sí se le ve el rostro, rígido, redondo, avanza hacia el espectador. A la izquierda un muchacho juega a sujetar a una niña, que se resiste, por su espalda… La atmósfera de la pintura tiene una limpieza onírica, y hay ya un componente de cierta violencia sexual entre las dos únicas figuras que se relacionan entre sí.

El erotismo es una de sus características más señaladas, y discutidas. En vez de pintar mujeres ya formadas, Balthus prefiere retratar nínfulas, ensimismadas, adormecidas, o desafiantes, conscientes del poder que emana de sus cuerpos todavía transformándose, que muestran con descuido, o sin pudor. El pintor lo cuenta así en sus memorias: «Se ha dicho que mis niñas desvestidas son eróticas. Nunca las pinté con esa intención, que las habría convertido en anecdóticas, superfluas. Porque yo pretendía justamente lo contrario, rodearlas de un aura de silencio y profundidad, crear un vértigo a su alrededor. Por eso las consideraba ángeles.» De esta declaración quizá las palabras de más peso son vértigo y ángeles. El vértigo, la inseguridad, la falta de sujeción es algo que aparece en un estadio anterior al deseo, pero ligado a él. Los ángeles serían a la manera de Rilke, a quien trató en la intimidad en sus primeros años, seres terribles, «casi mortíferos pájaros del alma».

'Thérèse', 1938.
'Thérèse', 1938.

Una figura que aparece a menudo en sus pinturas son los gatos, acompañando a humanos; en uno de sus primeros autorretratos, en los que nunca está solo, hay un felino, y llama a la pieza, 'El rey de los gatos'. De nuevo siguiendo a Rilke, los considera misteriosos, y atractivos; y se siente uno de ellos, de esos seres a veces esquivos, por momentos cariñosos, siempre impenetrables. Podrían ser otra encarnación de sus perturbadoras muchachas.

Hay también bodegones, incluso está uno tentado de afirmar, por la colocación de los elementos en sus obras, que solo pintó naturalezas muertas. Eso no quiere decir que sean piezas tranquilas. En uno de ellos hay dos vasijas de vidrio, transparentes, una de ellas caída, rota, con un martillo entre la parte principal y el resto de su cuello. Hay restos de cristales rotos sobre la mesa. Un enorme cuchillo está clavado en perpendicular a la mitad de una hogaza de pan. Un tenedor pincha una patata sin pelar en un plato blanco. No es una simple exhibición de viandas; más parece la representación de una amenaza.

Exposición

Balthus en el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza.
Balthus en el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza

En los paisajes se libera de tensiones que no sean estrictamente pictóricas y trabaja en las distintas maneras de aparecer de la luz y de posarse sobre diferentes superficies. Se dice que Balthus es un pintor de pintores, quizá por sus sutilezas técnicas. A la mitad de su carrera, decide cambiar de pigmentos, desaparece el color negro, y surgen unos tonos pasteles de textura terrosa que no habían salido antes de sus pinceles. Es como si quisiera volver a los tiempos anteriores a la pintura al óleo. No se conforma con lo conseguido y nunca cesa de investigar. La última pieza cronológica de la exposición, ejecutada en los años 80, tiene tonos muy saturados y fuertes contrastes entre ellos, de un modo que no había utilizado nunca. Su oficio, su arte, es una búsqueda continua. Por otra parte, parece que siempre ha pintado lo mismo. «Pintar no es representar, sino penetrar. Ir al fondo del secreto.»