Felicidad y otros cuentos

Felicidad Blanc junto a su hijo Leopoldo María Paneroen el hospital de Basurto (Vizcaya)./Miguel Ángel González
Felicidad Blanc junto a su hijo Leopoldo María Paneroen el hospital de Basurto (Vizcaya). / Miguel Ángel González

Espuela de Plata reúne los relatos de la esposa de Leopoldo Panero en 'La ventana sobre el jardín'

JOSÉ LUIS GARCÍA MARTÍN

En 1976, el estreno de la película 'El desencanto' convirtió en personajes populares a los hijos –dos de ellos ya reconocidos poetas– y a la viuda de Leopoldo Panero. Todavía tardaría en llegar a la televisión la moda de los 'reality show'. No estábamos acostumbrados a que las miserias familiares se airearan en público. Tampoco a que las mujeres de los «grandes hombres» tomaran la palabra para protestar de su marginación. Es lo que hizo Felicidad Blanc, quien además prolongó el escándalo del documental cinematográfico con una entrevista que llevaba el siguiente titular: «Leopoldo era un hombre cruel». Los amigos del poeta se llevaron las manos a la cabeza y en Astorga poco faltó para que la declararan oficialmente persona non grata.

Eulalia Galvarriato, casada con Dámaso Alonso, puede servir de ejemplo del papel que se esperaba de las mujeres y contra el que se revela Felicidad Blanc. En una entrevista de 1988, declaró a Concha Alborg: «Yo he dedicado mucha parte de mi tiempo a mi marido. No es que me haya sacrificado, en absoluto, pero tanto su madre como yo estábamos atentas a él completamente. Yo he corregido todas las pruebas de los libros de mi marido, yo he pasado todo a máquina». A pesar de ello –y de considerar que «la mejor realización de la mujer es casarse y cuidar de sus hijos»–, Eulalia Galvarriato es autora de una no desdeñable obra literaria, iniciada con la novela 'Cinco sombras', finalista del premio Nadal en 1947.

Un año después de 'El desencanto', y aprovechando el éxito de la película, publicó Felicidad Blanc 'Espejo de sombras', una autobiografía escrita con la colaboración de Natividad Massanés. El proceso de elaboración de ese libro no está claro; parece que alterna la escritura directa de la autora con la reconstrucción periodística a partir de declaraciones suyas.

La publicación de 'La ventana sobre el jardín', que reúne todos los cuentos de Felicidad Blanc, nos permite por fin valorarla como escritora, al margen de las mitificaciones y mixtificaciones que rodearon al personaje. Lo primero que sorprende es la brevedad de su obra: apenas cien páginas, bastante menos de la mitad del volumen (el resto lo ocupa un estudio sobre su vida y obra a cargo de Sergio Fernández Martínez).

La brevísima labor literaria de Felicidad Blanc abarca dos etapas. La primera de 1949 a 1955, la integran seis relatos publicados en las más importantes revistas de la época, especialmente 'Cuadernos hispanoamericanos'. Gracias a esos relatos –desolados, desasosegantes, entre Katherine Mansfield y la primera Carmen Martín Gaite–, Felicidad Blanc fue incluida por Francisco García Pavón en su 'Antología de cuentistas españoles contemporáneos (1939-1958)'. Después vino el silencio y una segunda etapa, a partir de 1978, poco significativa y en buena parte reiterativa: varias prosas están dedicadas a fantasear sobre sus supuestos amores con Luis Cernuda.

Tres vidas hubo en la vida de Felicidad Blanc, muy bien analizadas por Sergio Fernández Martínez. La primera es la de su infancia y juventud, una vida burguesa y feliz, que culmina con la llegada de la República. Fundadora de un equipo de hockey femenino representa a la nueva mujer que había adquirido el derecho al voto y se sentía capaz de rivalizar con el hombre en cualquier campo.

Todo cambió con la victoria de Franco y el matrimonio, en 1941, con quien pronto se convertiría en uno de los poetas oficiales del Régimen, el converso republicano Leopoldo Panero. El nuevo ideal de mujer lo marca Pilar Primo de Rivera, quien en 1942 declaró: «Las mujeres nunca descubren nada; les falta, desde luego, el talento creador, reservado por Dios a las inteligencias varoniles; nosotras no podemos hacer nada más que interpretar mejor o peor lo que los hombres nos dan hecho».

La tercera vida, la de la liberación y la afirmación de su personalidad, no tiene lugar con la muerte de Panero, en 1962, sino con la de Franco en 1975, cuando por fin decide dejar de ser una amable sombra oculta tras el marido y los hijos.

A pesar del aparente éxito, de la visibilidad mediática, no tuvo demasiada suerte Felicidad Blanc en esta última etapa de su vida. El retrato que de ella nos hace Sergio Fernández Martínez –ejemplarmente documentado– despierta todas nuestras simpatías, pero no parece cierta la tesis central de que fue una escritora frustrada por un matrimonio desafortunado y una época que cortaba alas a la carrera literaria de las mujeres. Leopoldo Panero –según se nos cuenta en 'Espejo de sombras'– aplaude sus primeros cuentos y organiza una reunión para que los amigos escritores los escuchen. Al final, Luis Rosales exclama: «Esto hay que publicarlo. Están muy bien, de verdad te lo digo. Están muy bien». Y en la revista que él dirigía se publicó de inmediato 'El domingo'. Eran tiempos, años cuarenta y cincuenta, en que las narradoras femeninas estaban de moda: Carmen Laforet, Ana María Matute, Carmen Marín Gaite.

Si Felicidad Blanc abandonó su carrera literaria, si no fue capaz de recuperarla después, se debe a razones que no tienen nada que ver con la opresión femenina. Hubo quien llegó a pensar que siempre necesitó de ayuda externa (como en su autobiografía) y que esos primeros relatos, lo mejor de su obra, contaron con la colaboración de Leopoldo Panero). Sergio Fernández Martínez lo desmiente de no muy convincente manera. Alude –página 242– a las «cuartillas con letra de mujer» que habría redactado Felicidad Blanc, según Ana María Moix. Pero Moix se refiere a 'Galería de fantasmas', de 1978, no a los textos anteriores, y además en la nota final sobre los criterios de edición se nos dice sorprendentemente que 'Galería de fantasmas' es la «transcripción de un relato oral» en la que Moix introduce, «seguramente por descuido», una frase que le pertenece a ella y no a la narradora.

¿Media docena de cuentos bastan para otorgarle un lugar a Felicidad Blanc en la historia de la literatura española? Quizá su lugar, más que como escritora, sea como personaje en busca de autor.