Críticas

Escribir con el freno y el acelerador

Amos Oz, en su casa en 2006. /Kobi Kalmanoviz
Amos Oz, en su casa en 2006. / Kobi Kalmanoviz

Siruela publica esta iluminadora conversación del narrador israelí Amos Oz con su editora Shira Hadad

Victoria M. Niño
VICTORIA M. NIÑO

La guerra se le resistió como tema literario. Participó en dos, pero estaba convencido de que «el idioma no tiene suficientes palabras para el olor» y ese sentido era su primera referencia cuando pensaba en la batalla. Amos Oz habla de esto, de su vida y su salida del kibutz, de sus paseos de madrugada por una Tel Aviv desierta, de lo que es para él la literatura, de una dedicación devocional a la escritura que no conoció «arrebatos de inspiración» y sí «más abortos que partos». La interlocutora es su editora Shira Hadad y Siruela recoge esas largas conversaciones en '¿De qué está hecha una manzana?'. Oz murió el pasado mes de diciembre y es este libro un regalo para sus devotos y cualquier lector curioso sobre la intrahistoria de su obra.

Amos Oz tomó pronto la decisión de dejar a su padre y vivir en un kibutz, para lo que se desprende del apellido familiar –Klausner– y de la gloria intelectual de sus antecesores. E inició su inmersión en la vida comunitaria, en un socialismo que le convirtió en campesino. Poco a poco fue ganando horas para escribir y, finalmente, logró hasta un sitio donde hacerlo. En aquel kibutz le dio clase un joven Aaron Appelfeld, laureado escritor después.

Cuando quiso salir de allí, lo tuvo que hacer sin rédito alguno por su trabajo, nadie sabía cómo gestionar los beneficios de la propiedad intelectual que había generado. En la mitad de su vida, empezó de cero con su familia. Siendo curiosa la transformación de un escritor asalariado en uno autónomo en el Israel de los setenta, el Oz más revelador se muestra cuando habla de la escritura. Por su militancia política en la izquierda, por su confrontación con el sionismo y su pacifismo, por sus artículos periodísticos, sabía que cada vez que le preguntaban qué era la literatura esperaban que la defendiera como látigo justiciero social. Pero el Amos Oz literato consideraba que «la buena literatura está más cerca de la pintura o la música que de la historia, la sociología, el judaísmo, la tradición de la comunidad...». La literatura es para Oz un «regalo doble» al poderse identificar el lector con el protagonista o autoafirmarse, rechazándolo, «el placer del descubrimiento tanto de lo extraño como de lo conocido».

El autor de 'Judas' afirma que «la literatura es prima hermana del chismorreo, de la avidez humana por saber qué ocurre tras las persianas cerradas de los demás, cuales son sus secretos». Es más, «la literatura nos invita a veces no solo a mirar por la ventana de los vecinos, sino también a ver por un instante cómo es el mundo entero cuando lo miramos desde la ventana de los vecinos».

¿De qué está hecha una manzana?

Amos Oz en conversación con Shira Hadad. Siruela. 206páginas. 18,95euros.

Si la pulsión periodística era azuzada por el enfado, la literaria venía dada por «la curiosidad». Su manera de ser escritor no relacionaba la creación con la economía familiar: «jamás acepté un adelanto de un editor porque me aterra que haya un plazo que cumplir». Defendió su ritmo porque «casi todas las cosas que me gustan en esta vida son lentas». Esa demora estaba sujeta a la relación entre dos fuerzas, entre dos pedales. «Escribir es como conducir todo el rato con un pie en el acelerador y otro en el freno. El pie del acelerador está hecho de ingenuidad, de entusiasmo, de placer por la escritura. El del freno está hecho de autoconciencia y autocrítica», le cuenta el eterno candidato al Nobel a su editora, que sabiamente le va retando dialécticamente.

Esa alternancia de entusiasmo y autocrítica le tuvo sesenta años escribiendo a diario, lo cual no lo «ha hecho más fácil» ni ha levantado una prolífica obra porque a menudo la exigencia personal le llevaba a destruir lo escrito, «ha habido más legados ya abortos que hijos». Amos Oz describe ese quehacer como una entrega laboriosa, que parte del mucho 'no hacer nada', del pensar porque «no escribo por arrebatos de inspiración».

El hombre que recorría las calles de la ciudad desierta de 4:15 a 4:45 horas –«horas en las que nadie me necesita»– cada madrugada, lamentó no haberse encontrado con Wislawa Szymborska, la de 'Las cuatro de la madrugada'. En cada una de sus impotencias narrativas, encontraba quién lo haría mejor, Chejov, Tolstoi, Shakespeare o Celine. No habla de más vida literaria que la de su mesa, Oz frena a su editora cuando le pone en liza cualquier cuestión que se acerca a su intimidad. Al único amigo al que alude está en relación con una opinión política: «Simon Peres y yo fuimos amigos durante casi cuarenta años, pero jamás voté por él ni por su partido. Y él lo sabía» . Entrado el siglo XXI, el Premio Príncipe de Asturias noveló sus memorias en 'Una historia de amor y oscuridad'. Ese camino lo completa este libro.