La condena del pensador

Santi Prego encarna a Franco en 'Mientras dure la guerra'. /El Norte
Santi Prego encarna a Franco en 'Mientras dure la guerra'. / El Norte

'Mientras dure la guerra', de Amenábar, se estrena hoy

Victoria M. Niño
VICTORIA M. NIÑOValladolid

Condenado a estar solo con sus paradojas, sus fantasmas. Condenado a entender la historia a dentelladas de muerte. Condenado a perder amigos, cargos y honores. Así vive Unamuno sus últimos seis meses, los que cuenta Amenábar en 'Mientras dure la guerra'.

Con el fiel centrado, el director de 'Ágora' vuelve al pasado, pero esta vez más comprometido, por cercano y espinoso, por elegir a un escritor del que se apropian todos. La película arranca con los sublevados tomando Salamanca, el 19 de julio de 1936. Unamuno ve la escena desde el Novelty, el café de la tertulia con Atilano Coco, protestante, y Salvador Vila, arabista, divergentes diarios y amigos. Esa célula metafórica de la vida del catedrático es la que podía haber tenido más vuelo.

Pero Amenábar ha preferido alternar la cámara entre el filósofo y los hechos mayúsculos de la Junta Militar, en la carrera por el poder: la tibieza de Cabanellas, el táctico Mola y la ambición de 'Paquito, el cuquito'. Película de actores, Karra Elejalde se transmuta en un Unamuno desgarbado, de zancada larga y mirada cansada. Eduard Fernández borda al astuto Millán Astray y Santi Prego es un matizado Franco. Agónico pero esperanzado, Unamuno tarda en ver un golpe de Estado en lo que deseaba fuera una rectificación de la República. El filme se adentra en las dudas, esas que no se admiten cuando hay que elegir bando, y Unamuno es un triunfo perseguido por los militares. Amenábar, que es casi documentalista en la primera hora, logra el clímax en la escena del famoso «venceréis pero no convenceréis».

El camino hacia esa explosión emotiva, con un Elejalde soberbio, es algo más irregular. Si la intimidad del catedrático está cuidada en extremo, los militares españoles siguen haciendo la guerra 'de domingo', con impolutos fajines, las calles carecen de vida y la música resulta anacrónica por enfática. En cualquier caso, ya era hora de que esta historia encontrara un medio masivo para llegar a los jóvenes. Mérito de Amenábar.