Anacronismos, delirios y patrañas

Anacronismos, delirios y patrañas
Ilustración Irene Gracia

No aceptar el dolor de la Historia con todas sus consecuencias es inmaduro (…) y nos lleva siempre a una pérdida de horizontes respecto al pasado y al presente

JESÚS FERREROValladolid

Hay dos formas de anacronismo, tan insistentes como tediosas, encarnadas desde hace tiempo por las dos sendas fundamentales que determinan la historia. La primera caracteriza a la izquierda, y consiste en juzgar el pasado con la moral del presente. Pongamos un ejemplo: se condena a la cultura griega y a la cultura romana por admitir la esclavitud, ignorando que la esclavitud era algo común en la antigüedad, acorde con su moral y su visión del mundo, y acorde con su economía sobre el precio de la vida. Si caías prisionero del enemigo, que tenía que haberte matado, y que sin embargo te perdonaba la vida, obviamente tu vida ya no te pertenecía y pasaba a ser una propiedad del que había decidido no aniquilarte: pura dialéctica hegeliana. Ciertamente, se trata de una moral que nos puede parecer dudosa, pero era la que tenían y con la que se regían, y juzgarlos desde la perspectiva de los actuales derechos humanos es una aberración y un anacronismo injustificable desde la ciencia de la historia. La otra forma de anacronismo estaría más vinculada al pensamiento conservador, y consistiría en juzgar el presente con la moral del pasado. El problema de esa modalidad de anacronismo es que parece ignorar el continuo fluir de las sociedades, proyectando la mirada hacia lo que ya no es y no está, y generando una especie de inmovilidad. Ambos anacronismos tienden a enturbiar por igual la realidad del presente y del pasado, y conducen a falsificaciones a las que, desgraciadamente, ya estamos demasiado acostumbrados. Adolecen además de contradicciones insuperables que ni ayudan a iluminar el presente ni a proyectar verdadera luz sobre el pasado.

Respecto a la primera forma de anacronismo, habría que decir que exigir, como pretenden algunos, que los españoles pidan perdón por haber expulsado a los musulmanes de Granada o haber traicionado pactos, en una época como la del Renacimiento, donde imperaba la realpolitik de Maquiavelo con todas sus impiedades, es negar la crueldad permanente de la historia. Si nos ponemos así, habrá que exigirles a los italianos, probables descendientes de los romanos, que pidiesen perdón por la invasión de Hispania o la aniquilación de Cartago o la destrucción del templo de Jerusalén o los destrozos que hicieron en Britania, enfrentándose a tribus aún más despiadadas que ellos, como refiere Conrad en algún pasaje de 'El corazón de las tinieblas'. Por la misma razón, no podemos juzgar a los españoles del Renacimiento ni a sus monarcas con la moral del presente. La insensatez es tan evidente que casi resulta vergonzoso tener que señalarla.

La exigencia, del todo delirante, de que nuestros antepasados debían comportarse como nosotros, o lo que sería lo mismo: la idea de que debemos pedir perdón porque nuestros antepasados no se regían por las leyes y convenciones que ahora nos rigen es negarse a hablar honesta y respetuosamente con el pasado y con los muertos. Se suele creer que solo los antiguos hablaban con los muertos y sus fantasmas: en Homero vemos a algunos personajes conversar con los desaparecidos, como lo vemos en Dante. Los que creen que el diálogo con los difuntos es un asunto de la antigüedad olvidan que cuando leemos a Platón, a Cervantes o a Galdós estamos hablando con los muertos, adentrándonos en sus almas de una manera más profunda, precisa y definitiva que en la antigüedad, gracias a la fijación de la escritura. Reprocharles a los muertos referidos, que nos siguen iluminando en muchos aspectos, que su moral fuese tributaria de la época que vivieron o que Platón y Aristóteles no juzgasen las diferencias sociales con la misma severidad que nosotros es sencillamente cerrar de verdad las puertas del pasado y pretender convertirlo en una sucursal del presente. Además, pedir perdón por los presuntos desmanes de los muertos es un recurso tributario de la magia y del pensamiento mágico, y supone caer en la creencia, perpetuamente negada por la historia, de que ha habido pueblos más crueles que otros, idea que a su vez camufla la creencia de que hay culturas superiores a las otras o con un sentido de la compasión o la bondad más acusado. Una vez más el racismo y el sistema diferencial deslizándose tras propuestas presuntamente piadosas y que aparentemente lo niegan. No aceptar el dolor de la historia con todas sus consecuencias es una conducta inmadura, por no decir otra cosa, y nos lleva siempre a una pérdida de horizontes respecto al pasado y al presente, además de envolvernos en una grotesca maraña de mentiras históricas y antropológicas.