Admirada burricie

Los intelectuales tal vez no estén de moda y sean una especie que provoca antipatía

Admirada burricie
ROBERTO RODRÍGUEZ

Al parecer, según un prestigioso medio de comunicación, los intelectuales no es que no estén de moda, es que calificarte como tal puede considerarse un insulto gordísimo rayano en la difamación. A las pruebas se remite el prestigioso medio de comunicación: sólo hay que atender a los resultados electorales que hubo hace un par de años al otro lado del océano, que colocaron al grandullón de pelo amarillo al frente de los designios de la gran nación, y al auge por estos pagos de quienes, así los conceptúan algunos, rezan para que vuelva a reír la primavera que por cielo, mar y tierra esperan, para ratificar la tirria hacia quienes su cabeza no la tienen únicamente para peinársela. El prestigioso medio de comunicación, no hay que echar mucha imaginación para inferirlo, debe de tener la convicción que pirrarse por opciones políticas contrarias a las arriba mencionadas es señal de gente muy culta y muy perspicaz. Jopelines cómo andamos.

Al intelectual debe exigírsele acción, no animada por la exaltada celeridad, sino por la rotundidad de la idea brillante que ansía la verdad

Un servidor, la verdad, se quedó estupefacto al enterarse de ello, porque si bien cuando era joven que a uno le llamasen intelectual era lo mismito que proclamarle campeón de los pedantes y de los muermos, no sabía yo que lo de intelectual fuera desdoro. ¿Creía, entonces, que era deslumbrante elogio? No, tampoco es eso. Yo hubiera jurado que, hoy, era como si, pongamos por caso, a uno le tomasen por numismático especializado en papel moneda de Kazajistán u ornitólogo con inclinación a las aves albinas. En otras palabras, y ya que estamos con bichos alados, una rara avis a la que no merecía ni abuchear ni aplaudir. Es más, si uno piensa en intelectuales –quizá lo que refiero a continuación es indicio de que ya peino canas–, le vienen a las mientes los nombres de Ortega y Gasset, Unamuno, Ángel Ganivet o Gregorio Marañón. ¿Actuales? Bueno, alguno también aludiría; no obstante, si no es con calzador, casi. Y es que hogaño el ecosistema propio del intelectual –ese que forman libros de profundidad abisal, doctas tribunas y cafés sin hora de echar el cierre– carece de su antigua consideración, y así a sus reflexiones poco eco les puede aguardar. Pero a lo que iba, intelectuales que estén vivos y coleando equiparables a los arriba mencionados, haberlos los habrá, aunque silenciados no por censura alguna sino por nuestros hábitos en los que la imprescindible meditación para considerar lo escuchado o lo leído ni está ni se la espera.

Hoy no existen más reflexiones ajenas que las proferidas por los todólogos –versión de saldo del conspicuo intelectual– que abundan en la que fuese, en su día, pequeña pantalla –ahora no tan pequeña, porque en los hogares se gasta una de tamaño similar al Guernica–, y estas reflexiones bien son mantras programáticos de un determinado partido político, bien eslóganes dictados según el manual de lo políticamente correcto. Nada más que eso. Es decir, intelectuales, en cuanto a pensadores libres, que no librepensadores, poquísimos.

Un intelectual necesita mucho tiempo para sopesar todo lo que profiere por su boca, todo lo que escriba, y el ritmo de vida que llevamos encaja muy mal con una actividad pausada. Al intelectual debe exigírsele acción, pero no una acción animada por la exaltada celeridad, sino por la rotundidad que se refleja en la idea brillante que no ansía el unánime aplauso sino la verdad que nos hace comprender y alumbrar el tantas veces escarpado y tenebroso camino vital.

Los intelectuales tal vez no estén de moda y sean una especie que provoca antipatía. Pero no de ahora. Desde que todos los gobernantes arrinconaron el estudio de las humanidades, nutriente necesaria para el alto pensamiento, al cuarto oscuro. Mucho antes de que esos que algunos ven como demoniacos populismos –no los otros; ya saben, esos que tienen patente de corso para decir una cosa y hacer otra porque su autoridad moral es incontrovertible- llegaran a nuestras virtuales y teledirigidas vidas.