Jesús Urrea: «Necesitamos gente joven, pero muchos se asustan; entrar aquí infunde respeto»

Jesús Urrea, en la Real Academia de Bellas Artes, ante un retrato de José Muro, obra de Luciano Sánchez Santarén, hacia 1920-30. /Gabriel Villamil
Jesús Urrea, en la Real Academia de Bellas Artes, ante un retrato de José Muro, obra de Luciano Sánchez Santarén, hacia 1920-30. / Gabriel Villamil

Preside la Real Academia de Bellas Artes de la Purísima Concepción, institución que hoy celebra a su patrona y cumplirá 240 años en 2019 con el reto de incentivar la vida cultural de Valladolid

JESÚS BOMBÍNValladolid

Dirige una de las instituciones más longevas de la ciudad y de su género en España, creada en 1779 al abrigo de los aires de la Ilustración por un grupo de amigos aficionados a las matemáticas y la enseñanza del dibujo. En la Real Academia de Bellas Artes de la Purísima Concepción se respira tradición y un espíritu de continuidad que ha mantenido desde su fundación y tras ser tomada en 1783 por Carlos III bajo su protección. «Aquí se guarda la mejor colección de artistas vallisoletanos desde el siglo XIX hasta 1936», presume Jesús Urrea, catedrático emérito de Historia del Arte de la Universidad de Valladolid y también al frente de una institución que hoy conmemora a su patrona.

En 2019 la Academia cumplirá 240 años de andadura como «corporación cultural de interés público y duración indefinida», según se reconoce en los principios fundadores de una institución concebida para la salvaguarda del patrimonio histórico artístico de Valladolid y su provincia y como organismo asesor de instituciones y entidades profesionales. A lo largo de su historia ha estado formada por más de 370 académicos numerarios, en una lista cuya última incorporación ha sido la de la escultora Belén González en junio del año pasado.

A lo largo de este 2018 han fallecido dos académicos, el compositor y maestro de capilla de la Catedral de Valladolid Pedro Aizpurúa y el profesor del Conservatorio Benigno Prego. En la actualidad figuran inscritos 25 académicos, especialistas en disciplinas de historia, filosofía, pintura, escultura, arquitectura, ciencias, arqueología o fotografía, si bien en los estatutos se contemplan hasta 32 socios, «un número que nunca se ha completado en la Academia», comenta Urrea. «Necesitamos gente joven, pero muchos se asustan;entrar aquí infunde respeto. Hay que venir a trabajar, no es un tema de honores, como antes, que ser académico suponía un poco la culminación de una vida, pero ahora todas las academias trabajan y ese es el tema, que muchas personas rechazan entrar porque dicen que son mayores, que no quieren líos, que se han jubilado, etc.».

Familiarizado con el mundo de los museos –ha sido adjunto a la dirección del Prado y dirigido el Nacional de Escultura y el de la Universidad– a Jesús Urrea le frustra la falta de espacio en la sede de la Academia en la calle Rastro, lo que impide mostrar al público la colección de pinturas y esculturas de autores vallisoletanos o vinculados a la ciudad. En el edificio compartido con la Casa Museo de Cervantes hay dispuestas varias salas donde en ocasiones se cuelgan obras, pero el grueso de la colección permanece almacenado en cajas o apilado en la última planta. «No tenemos medios para abrir al público y dar a conocer lo que se guarda aquí», lamenta.

A la Academia siguen llegando piezas de arte por varias vías. Además de las donaciones y legados de familias de artistas, cada académico aporta una obra al incorporarse a la institución. Así se nutre una colección integrada por óleos, acuarelas, esculturas, litografías, dibujos y fotografías en continua expansión sin que ninguna institución se haya implicado hasta el momento en la búsqueda de fórmulas para que los ciudadanos disfruten de estas obras.

Entre tanto, la entidad sigue afrontando retos como el de la defensa del patrimonio de la ciudad y la provincia. «Procuramos estar atentos a las amenazas, reformas y ventas que se puedan producir;ahora estamos pendientes de asuntos relacionados con la obra del aparcamiento en la Plaza Mayor, con el futuro del convento de San Quirce y el de Santa Catalina. No queremos denunicar, sino colaborar, aconsejar», esgrime Jesús Urrea.

Otro de los cometidos de la Academia de la Purísima tiene que ver con el ámbito pedagógico y los ciclos de conferencias que organiza cada último lunes de mes sobre arte, historia o arqueología, o la publicación de diez tomos de la colección 'Conocer Valladolid', así como seminarios de arquitectura e historia del arte dedicados a universitarios y alumnos de doctorado. Su ilusión, remarca, es que la Academia «sea un cenáculo importante de la ciudad».

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