«Internet va a impregnar todo, igual que pasó con la electricidad»

Marta García Aller, autora del libro 'El fin del mundo tal y como lo conocemos'. /Fundación Telefónica
Marta García Aller, autora del libro 'El fin del mundo tal y como lo conocemos'. / Fundación Telefónica

Marta García Aller presenta en Valladolid su libro 'El fin del mundo tal y como lo conocemos', sobre el gran cambio social que trae la tecnología

Antonio G. Encinas
ANTONIO G. ENCINASValladolid

Si es usted de esos que tenían abuelos en el pueblo, recuerde un momento. Seguro que le contaban que iban a la fuente con cántaros para coger agua, o que pusieron la primera farola del alumbrado público cuando ellos eran jóvenes, y que apenas iluminaba lo suficiente como para atisbar en la oscuridad. Usted, en unos años, será ese abuelo que les cuente a sus ojipláticos nietos que no hace tanto ni siquiera existía Internet. Que, cuando al fin existió, había que conectarse a través de un módem ejecutor de psicofonías. Y que luego llegaron los móviles y sus versiones inteligentes.

«La metáfora de la electricidad sirve para entender lo que estamos viviendo», defiende Marta García Aller, autora de ‘El fin del mundo tal y como lo conocemos’. Una periodista económica (Onda Cero, elindependiente.com) que ha recogido todos los datos obtenidos en su trabajo diario, los ha agregado a sus experiencias en algunos de los lugares más avanzados del planeta, y ha compuesto una mirada global a este mundo que tiene algo de aterrador y, dice, algo de esperanzador a la vez. «Fascinante», lo llama, y quizá sea la palabra que mejor lo resume. «El espíritu del libro no es meter miedo, sino provocar ganas, curiosidad. Ganas de generarnos preguntas, porque estamos acostumbrados a ver en los periódicos o telediarios noticias de los últimos hallazgos tecnológicos, pero no tenemos capacidad de asimilar cómo nos va cambiar la vida», dice.

«¿Qué haremos con los 500.000 trabajadores del transporte que hay solo en España cuando llegue el vehículo autónomo?»

Y va a cambiar de un modo tan vertiginoso como no se ha visto nunca. Sobre todo porque las novedades tecnológicas tienen un efecto multiplicador. Sin ánimo de ejercer de gurú, García Aller explica a partir de los datos cómo Suecia ya ha decretado el fin del dinero en efectivo. Y cómo España, sin percibirlo de un modo consciente, camina rumbo al mismo destino, porque las monedas solo se utilizan ya en compras muy pequeñas. Morirán las tiendas al estilo acostumbrado como en su día quedaron reducidos a una presencia residual los ultramarinos ante el empuje de los supermercados, que también fueron una innovación tecnológica. «Hay cosas que podemos atisbar que van a desaparecer, igual que muchos empleos que existían cuando éramos pequeños. Solo un 1% de los trabajos de hace un siglo eran similares a los actuales y dentro de otros cien años sucederá algo parecido, solo que quizá ahora ni siquiera tengan que pasar cien años, sino solo un par de décadas».

Fundación Telefónica

Ante semejante maremoto la sensación de desvalimiento prevalece. Sin embargo, García Aller recomienda una fórmula para afrontarlo: informarse y estar preparado. «Cuanto antes tengamos la noción de que el mundo en que vivimos está cambiando muy rápidamente, mejor. Nos puede asustar, pero también generar muchas ganas de formarnos y entender mejor los cambios para irnos preparando».

Porque no solo será un cambio de 'cacharritos', dejar el coche de gasolina para que conduzca el 'Kitt' del siglo XXI. Será un cambio de paradigmas. De conceptos. Se pasará del verbo tener al verbo usar. No tiene sentido poseer un coche «que pasa el 95% de su tiempo de vida útil aparcado», si se tiene al alcance de un botón una flota de alquiler que se conduce y se aparca solo. Ni almacenar terabites de canciones si están siempre disponibles en 'streaming'.

«Siempre ha dado miedo el futuro. Había miedo al ferrocarril, Internet supone un cambio tan profundo que también provoca miedo»

Pero la gran transformación será social. «¿Qué hacemos con los quinientos mil trabajadores del transporte que hay en España cuando llegue el vehículo autónomo?», se preguntaba en la presentación de su obra en la Casa del Libro de Valladolid. «Las prestaciones sociales tal y como están pensadas se concibieron para un mundo del siglo XX, un mundo con pleno empleo en las ciudades y en el que la edad media de vida rondaba los setenta años. Ahora mismo vivimos de media veinte años más y solo con la ciencia actual ya podemos aspirar pronto a superar los cien años de edad. El pleno empleo está lejos de ser una realidad y hay que crear prestaciones sociales adaptadas al mundo real. La renta universal cada vez está más encima de la mesa y en las agendas de empresas. ¿Qué pasaría si tuviéramos dos mil dólares al mes? ¿Y a qué vamos a dedicar el resto del tiempo que no dedicaremos a trabajar? A cuidar mejor de nuestras familias, a formarnos mejor para adaptarnos a un mundo en constante cambio...».

Hace apenas unos días que se ha celebrado el Mobile World Congress. Mariano Rajoy, en un lapsus, tradujo literalmente Mobile por móviles. Sin embargo, las noticias del congreso hablaban de que este año los móviles no habían sido el eje del programa. Ni mucho menos. Las palabras mágicas, ahora, son otras. Conectividad, 5G, Internet de las Cosas (IoT), inteligencia artificial... «El Mobile es la muestra de que Internet se va colando por todas partes y ahora encuentras allí neveras, bolígrafos y coches conectados a Internet, por eso va impregnando todos los ámbitos de la vida cotidiana».

¿Qué les quedará entonces a los humanos en este mundo tecnológico y conectado, si los robots y los algoritmos se ocupan de trabajos que quizá ni siquiera estén inventados aún? «Una de las grandes capacidades que va a valorarse mucho es lo que los robots no tienen, empatía, cuidado de las personas, creatividad. Porque estamos viendo que la soledad es un problema que no sabe resolver la tecnología. No ofrece la compañía que ofrecemos las personas. Que estemos más conectados no evita que estemos cada vez más solos. Las personas que se dediquen a acompañar a otos van a tener una función muy relevante en el futuro».

El progreso da miedo. Sobre todo cuando es tan rápido que no deja tiempo ni para imaginarse qué vendrá pasado mañana. De ahí que el arte apunte a la distopía. La televisión ('Black Mirror'), las obras literarias, que siguen la estela de Orwell ('1984') y Huxley ('Un mundo feliz'), el cine, la música. Y sin embargo esto tampoco es nuevo en la historia cíclica de la humanidad. «Siempre ha dado miedo el futuro. Había mucho miedo al ferrocarril, al automóvil, no se sabía si el cuerpo humano podría resistir esas velocidades. Internet es un cambio tan profundo que también genera miedos, pero para ese miedo lo mejor es estar informado y prepararnos para que no nos cojan los cambios por sorpresa».

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