La gran dama del periodismo cultural

Mari Luz Morales, en su juventud. /El Norte
Mari Luz Morales, en su juventud. / El Norte

Mari Luz Morales fue la primera mujer directora de periódico en España y pionera también en la crítica teatral, cinematográfica y de estudios de la moda

VIDAL ARRANZ

María Luz Morales ha pasado a la historia como la primera mujer que dirigió un periódico en España. Fue sólo durante unos meses, en 'La Vanguardia', al comienzo de la Guerra Civil. Pero ese hito indudable, al que ella nunca quiso dar excesiva importancia, y que le ocasionaría graves consecuencias personales, no puede oscurecer su condición principal como gran dama del periodismo cultural español. Pionera en la crítica teatral –por cuya labor recibió el Premio Nacional– y de la cinematográfica, así como en los comentarios de moda, traductora, adaptadora de grandes clásicos para niños, novelista, defensora del valor de la lectura y empeñada en la promoción cultural de la mujer… Son muchos los galardones que adornan la intensa trayectoria de esta mujer, gallega de nacimiento y catalana de adopción, que conoció a Madame Curie, fue amiga de la poetisa Gabriela Mistral y del filósofo Keyserling, que conoció a André Malraux y a Valery, admiraba a Santa Teresa de Jesús y tuvo ocasión de charlar, durante cuatro horas, con Federico García Lorca, pocos meses antes del estallido de la Guerra Civil y de su ejecución.

Periodista, ante todo, María Luz Morales fue también coautora de una monumental 'Historia de la moda', y escritora de una 'Historia ilustrada del cine' en tres tomos que publicó en 1950. Amiga de María de Maeztu, Morales replicó en Barcelona su Residencia para Señoritas Estudiantes de Madrid, llevando la idea al Palacio de Pedralbes y encargándose durante varios años de la gestión de este espacio cultural, que desapareció, como tantas otras iniciativas, en el año 1936, con el inicio de la contienda fratricida. En aquella residencia se detenía Gabriela Mistral cada vez que viajaba a Barcelona, pues prefería su ambiente a cualquier hotel.

Morales dedicó a Teresa de Jesús varios de los perfiles que desgranaba, con su pulcra pluma, tanto en periódicos como en publicaciones editoriales. Uno de ellos, en su libro del año 1934 'Algunas mujeres', en el que la santa abulense encabeza una relación de ocho semblanzas femeninas que también incluye, entre otras, a Concepción Arenal, o Sor Juana Inés de la Cruz. Pero María Luz Morales sentía por Teresa de Jesús una atracción especial. Quizás porque encarnaba, en cierto modo, su ideal de feminidad: esto es, el de una mujer que es capaz de desarrollar una actividad profesional, o social, sin desligarse de las tareas domésticas cotidianas, ni de la atención a las personas. Y en el caso de la santa, sin menoscabo de su vocación escritora. La periodista gallega no podía menos que sentirse identificada con esta figura, a la que describe así: «En este trajín incesante, mientras funda monasterios, y reforma órdenes, y se ocupa -siempre en persona- de la enfermedad de una novicia, y del contrato de un terreno, de cómo debe aplicarse una untura, o tomarse un jarabe, y de dónde debe abrirse un pozo o colocarse un muro; mientras sostiene correspondencia con sus monjas y con sus directores espirituales, con sus parientes y sus colaboradores, con los nobles y con los nuncios, y con el mismo rey si es necesario; mientras borda, hila, barre, cura y consuela, Teresa de Ávila escribe, escribe, escribe…». Sin duda este tesón de la santa viajera debió servirla de inspiración, pues su propio desempeño profesional es inmenso en cantidad y calidad.

Teresa de Jesús aparecerá también en su libro de perfiles 'Alguien a quien conocí' (1973) del modo más sorprendente e inesperado, cuando da cuenta de su único encuentro con García Lorca. El poeta se presentó en diciembre de 1935, sin previo aviso, en la casa de la periodista para entregarle un ejemplar de su 'Romancero gitano' y darle las gracias por sus críticas teatrales positivas a 'Yerma' y a 'Doña Rosita'. La primera de ellas desató en la España de la época un escándalo, difícil de entender hoy, por su presunta inmoralidad, error en el que no cayó Morales, que dio la cara por el poeta y por su obra. En esa charla de cuatro horas, García Lorca le hizo partícipe de uno de esos proyectos que escribía en su cabeza mucho antes de enfrentarse al papel. «Quiero dar al teatro español una Santa Teresa a un tiempo mística y humana. Desde siempre esa figura me atrae de modo irresistible», le confesó. Su asesinato truncó esa posibilidad.

Ávila y Segovia, aparecen también en su libro 'Alguien a quien conocí' cuando da cuenta de su encuentro con Madame Curie, la dama blanca de la ciencia, ganadora de dos premios Nobel. Fue en abril de 1931 cuando la descubridora del radio visitó España por primera vez para dar unas conferencias en el Centro Superior de Investigaciones Científicas de Madrid. Poco amiga de los hoteles, decidió alojarse en la Residencia de Señoritas de María de Maeztu, que estaba ausente de España en esas fechas y encargó a Morales la labor de atenderla y ejercer de guía turístico con ella y su hija Eva. Aquella responsabilidad supuso un verdadero quebradero de cabeza para la periodista, que no sabía cómo atender a una mujer a la que admiraba profundamente, que, en esas fechas, estaba ya muy débil, reservaba sus energías todo lo que podía, y apenas hablaba salvo cuando era estrictamente necesario o su deber científico lo exigía. En sus devaneos, la periodista incluye Segovia y Ávila entre los lugares en los que piensa llevar de turismo a María Curie, pero no llega a precisar si finalmente visitaron ambas ciudades, una o ninguna.

Emancipación

De la Residencia de Señoritas Estudiantes de María de Maeztu escribe que «hizo más por la cultura y la emancipación de la mujer en España que todos los discursos, campañas y congresos feministas que, también en aquellos días, ya abundaban». María Luz Morales, una mujer de convicciones católicas que nunca abandonó, y de mentalidad abierta y liberal, se identifica con esa visión de la promoción de la mujer desde la cultura más que desde la política partidaria o el activismo. En una entrevista con María Pilar Comín para 'La Vanguardia', de 1972, afirma: «Te diré que a mí el concepto de lo feminista nunca me ha gustado, ni convencido. Creo que hombres y mujeres, como seres humanos, tienen derecho a trabajar en aquello para lo que se sientan dotados. Pero los ismos, ¡ni hablar! Ni feminismo, ni masculinismo. Hombres y mujeres, personas, como Dios nos ha hecho».

Morales nació en La Coruña en 1889, hace ahora 130 años, estudió Pedagogía y Filosofía y Letras, y su afición por los idiomas le hizo dominar el francés, el inglés, el italiano y el portugués, lo que facilitaría luego su trabajo como traductora, que le llevó a verter al castellano obras de George Eliot, André Maurois, los hermanos Grimm o Viki Baum, entre otros. También se ocupó de traducir al castellano varios cuentos de la insigne novelista catalana Catalina Albert, que firmaba como Víctor Catalá.

Aquellos cuentos eran un encargo del periódico 'El Sol', en el que colaboraba desde 1926 –y hasta 1939, cuando cerró– con una sección de temática femenina titulada 'La mujer, el niño y el hogar'. Antes, en 1923, se había hecho cargo de las páginas de cine de 'La Vanguardia', que escribiría con el seudónimo de Felipe Centeno. Su firma se convertiría en una de las más relevantes del periodismo cinematográfico nacional, hasta el punto de que fue fichada por la Paramount para traducir y adaptar diálogos de películas y hacerse cargo de la revista que editaba el departamento literario de la multinacional.

Morales era ya redactora de 'La Vanguardia', la única mujer, cuando en agosto de 1936, ya iniciada la Guerra Civil y con Cataluña en el lado republicano, un comité obrero se hace cargo del periódico y decide nombrarla nueva directora. Tenía 47 años y mucho prestigio acumulado, pero aún así asumirá el cargo más por responsabilidad que por gusto, con la finalidad principal de poner su profesionalidad al servicio de un único propósito: «Que el periódico pudiera aparecer cada mañana».

Ella misma rememoró en varias ocasiones aquel inesperado nombramiento, al que inicialmente se opuso, pero que finalmente terminó aceptando porque varios amigos le advirtieron de que «en los momentos actuales decir que 'no' es peligrosísimo». «Accedo, pero con una condición», recordaba Morales en declaraciones a 'La Vanguardia'. «Conozco perfectamente la técnica del periódico. Tendré cuidado de la marcha de la redacción. Respondo de que el periódico saldrá puntualmente y que no se insubordinará nadie. Pero si acepto es sólo con carácter puramente provisional. En cuanto a la parte política, tiene que llevarla otro. Yo solo haré periodismo».

Por encima de todo

Fue periodista por encima de todo, porque, aunque realizó todo tipo de actividades a lo largo de su vida, incluidas las aventuras literarias, eso es lo que María Luz Morales se consideraba. «El verdadero periodista no abandona su oficio, sigue en la brecha contra cualquier tentación», aseguraba. Y defendía luego una visión humilde del oficio: «Se sabe que a tal hora aquel artículo, crónica, crítica o información se tiene que entregar, pase lo que pase. Se tiene que dar con humildad, aunque haya salido más a nuestro disgusto que a nuestro gusto. No podemos corregir apenas. Nosotros, los periodistas, somos continuidad, humilde continuidad, un día y al otro y al otro…».

Apenas unos meses, hasta febrero de 1937, estuvo en el cargo, pero fue suficiente para que los vencedores de la contienda la consideraran sospechosa, la encerraran durante cuarenta días, y le impidieran ejercer el periodismo durante casi diez años, en los que tuvo que poner su talento al servicio de otras tareas editoriales y literarias, para poder sobrevivir. Entre ellas, la escritura de literatura infantil y también las adaptaciones de obras clásicas para niños. Una tarea esta que comenzó a realizar muy pronto y que la acompañaría en distintos momentos de su vida. Son especialmente recordados sus trabajos para la mítica editorial Araluce, que ella realizó con especial acierto y buen gusto. Escritores como Luis Alberto de Cuenca nunca han ocultado la influencia que aquellos clásicos adaptados (también por otros autores) tuvieron en su formación. O Martín de Riquer, que se refería a aquella experiencia con la expresión: «Nosotros, los amamantados a las ubres de Mari Luz». Herederos todos, de un modo y otro, de la gran dama del periodismo cultural español.