El panorama contracultural español asoma en el Curso de Cine

El crítico de cine y ponente del Curso de Cine, Jordi Costa. /Rodrigo Jiménez
El crítico de cine y ponente del Curso de Cine, Jordi Costa. / Rodrigo Jiménez

Jordi Costa celebra un seminario sobre este fenómeno en la penúltima jornada de la 55ª edición

SAMUEL REGUEIRAValladolid

El Curso de Cine celebró ayer su penúltima sesión, en la que volvió a hacer coincidir la exhibición de la tarde en Aula Mergelina -'Lock Out', de Antoni Padrós- con el tema del seminario destinado a los diferentes alumnos inscritos. Fue el crítico y escritor Jordi Costa el encargado de desarrollar una conferencia vertebrada en torno al movimiento de la contracultura en España. Nacida en medio hostil, aprovechó la coyuntura del aislamiento del país dada la dictadura franquista para, en palabras de Costa, «no ser milimétrica con otras contraculturas», como la lisérgica-activista de Estados Unidos, que apenas había comenzado a entrar en nuestro país a través de sus manifestaciones literarias y musicales.

El cine, por su parte, supuso una pequeña recreación a menor escala de lo que supuso la contracultura transversal, con obras como las de Ventura Pons -'Ocaña, retrat intermitent'-, Jorge Feliu -'Alicia en la España de las maravillas'- o Bigas Luna -'Bilbao'-; mientras dialogan con trabajos como los de Javier Aguirre -'Una vez al año ser hippy no hace daño'-, que contemplan desde la industria las dificultades de la contracultura para consolidarse. «Era una época para formular deseos utópicos, reflexionar sobre la tradición del anarquismo o comenzar las reivindicaciones de los colectivos homosexuales y feministas», apuntó minutos antes del comienzo de su clase.

Admitió Costa que dada la dependencia del cine al sistema industrial, fue este un medio difícil para que la contracultura penetrase, si bien soportes como los Super 8 paliaron estos escollos. Con todo, la posterior instauración de la Transición como fórmula de paso de la dictadura a la democracia, y la continua tendencia de esta a tratar de encontrar siempre un punto intermedio entre los extremos, frustró un tanto las expectativas rompedoras de la contracultura; sepultadas cuando la Ley Miró, señaló el crítico, apostó por el academicisimo y la profesionalización como identidad del cine patrio.

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