Mayo del 68, la película imposible

El Curso de Cine aborda la difícil relación entre el cine y el movimiento que cumple 50 años

Fotograma de 'Después de mayo' /
Fotograma de 'Después de mayo'
VIDAL ARRANZ

Cuando se cumple medio siglo del estallido de Mayo del 68 lo que queda de aquel fervor revolucionario es justamente lo que no fue. El diagnóstico lo comparten entusiastas y críticos de aquel movimiento, si bien los sentidos divergen. Para David Cortés y Amador Fernández-Savater, autores del interesante catálogo 'Con y contra el cine', publicado hace diez años, con motivo del 40 aniversario, «lo que queda de Mayo es lo que todavía no es, aquello que sigue interrogando, desafiando y planteando exigencias al presente». He aquí la botella medio llena. Y ahora la versión medio vacía, de la mano del filósofo Gabriel Albiac, que participó en las protestas de París y que las rememora en un libro publicado este año con el significativo título de 'Fin de fiesta': «El 68 fue lo que no aconteció. Y la apertura a nuestro largo y desierto fin de siglo. (…) El 68 fue un cierre. No un inicio. Última representación del obrerismo revolucionario nacido en 1848».

En su momento pareció una rotunda derrota. Lo refleja bien Philippe Garrel en la primera parte de su película 'Los amantes regulares' (2004), que evoca los sucesos de aquel mayo y el desencanto del fracaso. Y, de otro modo, Oliver Assayas en 'Después de mayo' (2012) que recrea los años posteriores y refleja cómo los supervivientes se van ahogando en sus propias contradicciones personales, políticas y sociales.

Hoy, en cambio, muchos estarían tentados a darle la razón a Daniel Cohn-Bendit que hizo su personal balance bajo el título 'Olvidad el 68… porque ya ha triunfado'. En cierto sentido, es difícil no darle la razón. El mundo de hoy ya no tiene nada que ver con el que vio nacer aquella revuelta, y, en gran medida, ha cambiado al ritmo de aquella música. Si aquellas protestas evidenciaban «el debilitamiento de la autoridad de los adultos, de los profesores, de la institución como tal», tal y como detectó con su agudeza habitual Raymond Aron, el escenario actual refleja que aquella brecha no solo no se ha cerrado, sino que no ha hecho más que ampliarse.

Otros elementos, como la libertad afectiva, o la reivindicación de la diversidad sexual, forman ya parte del escenario habitual de las sociedades occidentales. Como también ha culminado el nuevo papel social de la mujer que muchas películas de la época anunciaban; citemos solo a modo de ejemplo 'La china' (1967), de Godard. Incluso han llegado hasta nosotros algunos elementos de la mitología de la época (como la admiración por la Revolución Cubana o el Che) que se resisten al escrutinio de la realidad. Y las huellas pueden detectarse incluso en aspectos tan triviales como la banalización del concepto 'fascista' que ya en el 68 empezó a utilizarse para descalificar cualquier cosa que tuviera apariencia autoritaria.

Lo que no triunfó, desde luego, fue la Revolución. Lo que no aconteció fue esa gran transformación con la que todavía hoy tantos sueñan. El gran 'acontecimiento' de Mayo finalmente resultó impotente, se estrelló «contra un muro no previsto: un poder difuso, ilocalizable, que burló todo intento de ser tomado», según Albiac, que hoy no puede dejar de ver las costuras siniestras de aquel sueño: «Nada que construir. Solo romper. Rompedlo todo. Duras lo fija nada más en tres palabras: 'Destruir, dicen ellos… Nada de lo que el siglo nos legó merecía ser conservado. No merecíamos serlo nosotros, que fuimos el postrer legado de ese siglo'». Algo de ese mismo latido destructor permanece hoy vivo entre quienes cuestionan los museos, por patriarcales, descalifican el amor romántico, abogan por revisar los temarios, boicotean a conferenciantes conservadores en las universidades, o reescriben los cuentos infantiles.

Veronique, la protagonista de la godardiana 'La China' está entusiasmada con la Revolución Cultural de Mao, entre otras cosas, porque ha cerrado las universidades, emblema del pasado corruptor. También ella defiende su clausura para «empezar de cero».

Ese mismo afán desmantelador se percibe en 'Revoluciones por minuto' (1967), de Stanley Kramer, que recrea las protestas estudiantiles en un campus norteamericano. Un grupo de alumnos encerrado demanda medidas para democratizar y renovar la universidad, pero enseguida descubrimos que su pretensión no es reformista, sino revolucionaria, y lo que pretenden es desmontarla desde los cimientos.

El fracaso más rotundo del 68 fue el que afectó al propio cine. El libro de Cortés y Fernández-Savater documenta los experimentos grupalistas de la época, esos cinetracts, o los grupos Medvedkin, guiados ambos por el ideal de la obra política colectiva capaz de expresar la verdad del movimiento revolucionario más allá de las individualidades creativas o de las pretensiones artísticas. El cine enfrentado ante el reto de reflejar y participar en la metafísica de la revolución. El fracaso fue doble: a casi ninguno de los cineastas que participó en los experimentos asamblearios le quedaron ganas de intentarlo fuera de aquel contexto de fervor militante. Y las películas que, como la de JGodard 'One plus one / Sympathy for the devil' (1968) intentaron encarnar el espíritu del momento resultaron platos indigestos para los espectadores, incluso los más militantes. La experimentación formal no murió con el 68 pero tampoco había nacido con el movimiento.

Un magnífico documental de Chris Marker, 'El último bolchevique' (1993) evoca la figura del cineasta de la Revolución Rusa Alexander Medvedkin que sirvió de inspiración para algunos de los experimentos de cine colectivo del mayo francés en los que Marker participó, junto a Godard, Agnes Varda, Resnais y otros. Quizás por esa conexión directa es difícil no ver en sus comentarios, y en sus imágenes, una autocrítica no explícita de aquel proyecto de llenar el cine de política revolucionaria. Hay dos momentos en los que esto es visible. El primero, cuando se evoca la figura de Eisenstein y su 'Acorazado Potemkin', y se recuerda que «esta película símbolo fue un fracaso comercial en la Unión Soviética. (…) Si los cinéfilos europeos se deleitaban con las imágenes del Potemkin, los espectadores rusos soñaban con Mary Pickford y Douglas Fairbanks». El segundo, cuando Marker explica el proyecto de cine-tren de Medvedkin, que tanto inspiró a los sesentayochistas, por su afán de rodar la realidad según se produce. Ese anhelo llevó al cineasta ruso a filmar la experiencia de los koljoz soviéticos y él, que era un comunista convencido, no pudo menos que constatar, desconcertado, el absentismo, desorden burocrático, y nula productividad real. «Desde el principio los koljoz producían diez veces menos que un campesino solo», explica uno de los expertos citados por Marker. «Eso lo sabemos ahora, pero él entonces no lo sabía. Se equivocaba de buena fe: pensaba que trabajar juntos era mejor».

En la película 'Soñadores' (2003), de Bertolucci también puede detectarse una velada crítica sobre aquellos fundamentalismos cinematográficos. El cineasta italiano utiliza los sucesos de Mayo como paisaje de una historia de descubrimientos personales y sexuales. La historia comienza con la recreación de la protesta provocada por la destitución de Langlois, el fundador y director de la Cinemateca francesa, hombre que simbolizaba la apertura, la apuesta por un cine como arte individual.

Pero, sobre todo, Bertolucci convierte a sus protagonistas en entusiastas cinéfilos, lo que le permite rendir un homenaje al séptimo arte a partir de referencias tan diversas como la Jean Seberg de 'Al final de la escapada', de Godard; Greta Garbo en 'La Reina Cristina de Suecia'; la Ginger Rogers de 'Sombrero de copa'; 'Freaks', de Tod Browning: 'La venus rubia', con Dietrich, 'El terror del hampa', de Howard Hawks; o 'Mouchette', de Robert Bresson. Y es que, aunque Mayo del 68 reivindicara el realismo de «pedir lo imposible», hay algunos sueños que no pueden ser.

 

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