Jaime Rosales presenta en Valladolid 'Petra', su película con más vocación de apertura al público

Jaime Rosales, derecha, con Paco Heras, junto al cartel de la película, en los Broadway. /Henar Sastre
Jaime Rosales, derecha, con Paco Heras, junto al cartel de la película, en los Broadway. / Henar Sastre

«El exceso de experimentación formal conduce a un callejón sin salida y a salas vacías», dice el cineasta

Vidal Arranz
VIDAL ARRANZValladolid

Jaime Rosales se desplazó ayer a Valladolid para presentar en los Cines Broadway su última película, 'Petra', que llega a las salas con el sólido respaldo de la buena acogida de crítica y público recibida en los festivales de Cannes y de San Sebastián. En su sexto trabajo, Rosales ha buscado conscientemente una obra más accesible y abierta, con capacidad para llegar a un público más amplio, porque «el exceso de experimentación formal conduce a un callejón sin salida y a salas vacías», aseguró el cineasta catalán en conversación con El Norte de Castilla.

Con 'Petra', en cambio, Rosales ha intentado «conciliar la doble dimensión del cine como industria y como arte», y, al mismo tiempo, «romper la desmesurada segmentación que existe en la actualidad entre un cine excesivamente adulto, por un lado, y otro cine demasiado infantil, por el otro». Y todo ello «sin renunciar a una escritura fílmica personal fuerte».

En su sexto trabajo Rosales recurre por primera vez a actrices populares, auténticas estrellas de la industria nacional, como Marisa Paredes o Bárbara Lennie, así como al uso dramático de la música, o a una presencia más generosa que en otras ocasiones de los espacios abiertos y la naturaleza. Hay, por lo demás, una historia más clara, unos diálogos con más densidad, incluso una intriga y un suspense. Todo ello, al modo Rosales, por descontado, y sin renunciar a sus tradicionales mecanismos de distanciamiento, como la ruptura de la linealidad del relato, que decide iniciar su historia en el capítulo dos, para volver luego hacia atrás.

Nada de ello es fruto del azar, o de la improvisación, sino que obedece a una concepción previa muy precisa. «Una película responde siempre a un diseño, no es el resultado de una vocación esotérica u oscura», aseguró ayer el autor de la celebrada 'La soledad'. Rosales reconoce dentro de sí mismo una doble lealtad hacia el cine clásico, que fue el que inicialmente le atrapó como espectador, y el cine moderno, que descubrió posteriormente, siendo estudiante en la Escuela de Cuba. 'Petra' quiere moverse entre ambos mundos y, en cierto modo, tiende un puente entre los dos universos estéticos.

Llenar salas

De algún modo, Rosales reconoce que 'Petra' es la salida a un cierto «agotamiento» dentro de su propia trayectoria. «La búsqueda formal extrema produce agotamiento y esto es algo que yo también lo siento, porque yo lo he practicado. Por ejemplo, en 'Sueño y silencio', que es la más radical de mis películas. En estos momentos busco un cine más abierto pero que no por ello renuncie a la profundidad. Creo que es posible. Muchos cineastas como Almodóvar, Tarantino, Woody Allen o Lars Von Trier lo han conseguido».

Todo apunta a que también Rosales lo ha logrado al fin. «Por primera vez en mi trayectoria me estoy encontrando con salas llenas, cuando antes lo habitual era tener 25 espectadores en una sala con capacidad para cien. Tengo toda la gratitud del mundo hacia esos espectadores, pero ahora tienes la sensación de que esto tiene más sentido. Antes seguramente había algo que no lo estaba haciendo del todo bien».

'Petra' gira nuevamente en torno a una familia, algo habitual en el cine de Rosales. «La temática familiar ha sido central en mis películas. La familia es un entorno que te protege de los demás, pero que, al tiempo, está cargado de conflictos internos».

La novedad en este caso es que el centro de la historia, que en las películas anteriores lo ocupaba la figura de la madre, gira ahora en torno al padre. «El padre es muy importante para la construcción del yo y Petra tiene una carencia ligada con la ausencia de esa figura en su vida». Pero, al mismo tiempo, el padre de la historia, el pintor que encarna Joan Botey, es una figura monstruosa, un auténtico sociópata, que ejemplifica una de las peores versiones paternas posibles. Frente a ella, Rosales aboga por un nuevo modelo paterno, adaptado a los nuevos valores de la sociedad. «Hacen falta padres adecuados para su tiempo. El autoritarismo que antes se admitía, y que quizás fue funcional, ahora ya no lo es, ni resulta admisible. Pero el yo que construye el niño sigue necesitando la referencia de un padre y una madre».

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