Del calentamiento global al frío nuclear, las tesis de un climatólogo Nobel de la Paz

Alan Robock, en el Colegio Mayor Santa Cruz, de Valladolid. /Henar Sastre
Alan Robock, en el Colegio Mayor Santa Cruz, de Valladolid. / Henar Sastre

Alan Robock, miembro del Panel del Cambio Climático, ofrece tres conferencias en Valladolid

Victoria M. Niño
VICTORIA M. NIÑOValladolid

Sus investigaciones figuran en dos Premios Nobel de la Paz, el del Panel Intergubernamental del Cambio Climático (IPCC, 2007) y el del Tratado contra el Uso de Armas Nucleares (2017). El climatólogo Alan Robock ha sido invitado por el departamento de Física de la Universidad de Valladolid en cuya Facultad de Ciencias impartirá dos conferencias y una tercera en el Museo de la Ciencia. Gran comunicador, igual acerca los cálculos del humo que anularía el sol y helaría la tierra que la razón de los colores elegidos por el pintor Munch en el fondo de 'El grito'. Erupciones volcánicas y su efectos en la atmósfera, el impacto en el clima y en la sociedad de una guerra nuclear y una nueva manera de intervenir en la estratosfera a través de la geoingeniería son las tres líneas de investigación a las que ha dedicado su vida este doctorado del MIT y sobre las que hablará mañana y pasado.

«Las tres conferencias responden a la pregunta de qué ocurre cuando las partículas derivadas de la contaminación van a la estratosfera. Pueden proceder de causas naturales, como los volcanes, o por la intervención humana. Esas partículas, suspendidas en los gases reflejan la luz del sol y evita que sus rayos lleguen a la tierra, enfriándola. A estudiar eso he dedicado mi vida», dice el catedrático emérito de la Rutgers University de Nueva Jersey.

Otra forma de que esas partículas lleguen a la estratosfera es una hipotética guerra nuclear. «Ese humo industrial es negro y puede llegar a oscurecer al sol, lo que causaría un invierno nuclear. Estados Unidos y Rusia podrían provocarlo», advierte este militante contra las armas nucleares. Su equipo ha medido el tiempo en suspensión de las partículas de los volcanes –forman nubes que permanecen entre uno y dos años– y las derivadas de la industralización y la explosión nuclear –hasta cinco años–. Los líderes de la Guerra Fría fueron los primeros en alimentar su arsenal nuclear «pero ahora son siete países más los que disponen de estas armas. Hemos calculado lo que pasaría si a algún responsable de Pakistán o a India, en permanente conflicto por Cachemira, se le fuera la mano. Por ejemplo, hace 12 años si el objetivo hubiera sido una ciudad media de los citados países, se hubieran producido cinco millones de toneladas de humo negro. Ese cálculo trasladado a hoy en día se convierte en 16 toneladas. Hace 12 años hubiera bajado unos dos grados la temperatura, hoy, cuatro», explica refiriéndose a las consecuencias climáticas. «Hay que añadir los efectos humanitarios, ya que ese cálculo de temperatura es una media con los océanos. El suelo cultivable se enfriaría aún más lo que tendría consecuencias sobre la agricultura, la distribución de alimentos, el movimiento de población. Eso sin contar que solo en muerte humanas, en esos dos países una bomba podría matar a más gente que las bajas de la II Guerra Mundial».

Este escenario apocalíptico provoca en un científico como Robock la necesidad de buscar soluciones. «No se puede pedir a China o China o Corea del Norte que desistan de tener esas armas cuando nosotros también disponemos de ellas. Es como decir en un bar que nadie beba», dice.

De esta situación nace su iniciativa de la 'geoingeniería', que fue incluida como sección específica en el IPCC, entre las doce existentes y en las que trabajan unos doscientos científicos de todo el mundo. Allí también derivan sus resultados el Grupo de Óptica Atmosférica de la Universidad de Valladolid, cuyo catedrático Ángel de Frutos organiza el máster de Física en el que se enmarcan estas clases magistrales de Rolock.

La geoingeniería es una propuesta, aún en fase teórica, de intervención en el clima, una manipulación deliberada a escala planetaria para intentar contrarrestar el humo negro que la Tierra ha enviado a la estratosfera. «Implicaría lanzar algún tipo de vehículo no necesariamente pilotado por humanos a la estratosfera para emitir otros gases. Aún valoramos sus riesgos y sus beneficios y carecemos de la tecnología necesaria a la escala requerida, pero en diez años podría haberla». Para Robock está claro que el freno al calentamiento global pasa por «dejar el petróleo y el carbón en la tierra y funcionar con las energías del cielo, eólica y solar» e intentar paliativos científicos como el que propone. «Solo tenemos un planeta y los humanos estamos abusando de él. Tenemos que defenderlo del cambio climático y de la amenaza nuclear, armas que matan a todos y no nos proporcionan seguridad. Nuestro reto es revertir esos procesos para dejar a nuestros nietos una tierra habitable».

Las citas son mañana jueves, en el Aula Magna del Aulario de la Facultad de Ciencias, 12:00h. 'Climate Impacts of the 1783-1784 Laki Eruption in Iceland' y por la tarde, a las 19:00h., en el Museo de la Ciencia. Allí abordará el 'Impacto climático y humanitario de una guerra nuclear'. El viernes, a las 12:00 h, de nuevo en el Aula Magna, hablará sobre 'Stratospheric Sulfur Geoengineering Beneficts and Risks'.