La Biblia a través de ojos profanos

Los cuatro jinetes del Apocalipsis./El Norte
Los cuatro jinetes del Apocalipsis. / El Norte

Grandes autores de la literatura han buscado recrear icónicos pasajes del libro sagrado

Samuel Regueira
SAMUEL REGUEIRAValladolid

La Biblia es, probablemente, la mayor influencia sobre el papel de la historia de la humanidad. Pero al margen de su importancia como vehículo para expandir una serie de creencias posteriormente infiltradas en costumbres, fiestas y tradiciones de toda laya, las Sagradas Escrituras empaparon también buena parte de las conciencias de las grandes plumas literarias. Buena prueba de ello es que buena parte de los nombres que ocupan el canon occidental, ya sea desde la devoción, desde el humor o incluso desde el análisis crítico y estético, han escogido diferentes pasajes de los más citados en los sermones y de los más conocidos por el gran público, y los han reinventado y recreado bajo sus particulares códigos e idiosincrasias narrativas.

«En el principio creó Dios los cielos y la tierra», comienza el auténtico libro del Génesis; y tras varias jornadas de seguir dando forma y sentido a los días y las noches, el cielo, los mares y la tierra; el sol y la luna, las plantas y los animales, llegan los primeros seres humanos. Es a partir de aquí cuando podemos coger la afilada pluma de Mark Twain y vivir, a través de sus palabras, los 'Diarios de Adán y Eva', en los que el autor de 'Las aventuras de Huckleberry Finn' o 'Un yanqui en la corte del rey Arturo'; entre otros clásicos imperecederos, saca punta a las relaciones y roles de género ya presentes en los dos protagonistas; tal vez, y ahí puede radicar parte de la mejor mala uva de Twain, 'impuestos' por el propio Dios o, en su nombre, el representante más propio de Él en nuestra tierra: la Iglesia.

El asesinato de Abel a manos de su hermano Caín ha suscitado intereses en autores tan dispares como Lord Byron, José Saramago o Manuel Vicent (profundizar en simbologías más o menos evidente como la que ostenta Unamuno en 'El otro' sería alargarnos en exceso). Pasando de puntillas sobre momentos icónicos como el diluvio o la torre de Babel, cabe aterrizar en Abraham y el intento de sacrificio de su hermano Isaac, que el escritor Gustavo Martín Garzo recrea bajo sus obsesiones e inquietudes personales en 'No hay amor en la muerte', que se puede complementar con una de las muchas lecturas que Marek Halter construye sobre las heroínas de la Biblia, en este caso, 'Sara'. Tras aquel rifirrafe sobre la primogenitura y el plato de lentejas entre Esaú y Jacob, nos topamos con la historia de José en Egipto colosalmente recogida en la tetralogía excepcional de 'José y sus hermanos' que Thomas Mann firmara a lo largo de la primera mitad del siglo XX. El mismo autor saltó hasta el Éxodo para narrar la historia de Moisés en 'Las tablas de la Ley' (de nuevo, Halter podrá dar el contrapunto en 'Séfora').

Al cierre del Pentateuco se abre la fase de libros históricos de la Biblia. Ni Josué ni sus murallas de Jericó derribadas por trompetas han recibido aún un tratamiento como el de sus antecesores (lo más fue que el patriarca apareciera en el infierno de 'La Divina Comedia' de Dante como guerrero de la fe). De todos los jueces nadie con una historia más estimulante que la de Sansón y Dalila, que John Milton (un hombre ya versado en lides místico-religiosas, como demuestra su indiscutible obra maestra 'El paraíso perdido') aprovechó para su 'Sansón Agonista'. Pero ningún personaje resulta tan rico en detalles literarios como el rey David, protagonista absoluto en la obra homónima de Allan Massie; pero que también aparece en las inéditas en español 'Giant Killer' de Elmer Davis y 'Absalom and Achitophel' del canónico John Dryden, en 'David, biografía de un rey' de Juan Bosch y en 'Dios sabe' de Joseph Heller, entre otras obras de Gladys Schmitt, Madeleine L'Engle o Geraldine Brooks.

No muy lejos de la estirpe de su padre David anda el también emblemático Salomón, protagonista de arquetípica sabiduría cuya figura ha seducido a Christian Jacq (en la novela histórica 'El templo del rey Salomón') y a Rudyard Kipling (en el relato corto 'La mariposa que dio el pisotón'), otro autor también cautivado por el posterior Cantar de los Cantares. 'La Reina de Saba' no podía faltar en la colección de heroínas de Marek Halter. 'Reyes' y 'Crónicas' se nutren así además de otras figuras como Ciro el Grande (cuya vida está novelada por Harold Lamb) o por Valerio Ferreira en 'Rebelión en Babilonia'), Atalía (última tragedia de Racine) o Jezabel (novelada por Eleanor De Jong, quien también ficcionó la historia de Dalila). Y pronto empiezan las palabras y escrituras de los profetas, con Elías a la cabeza, cuya historia aprovecha Paulo Coelho para su particular narrativa de lecciones vitales en 'La quinta montaña' y, muy tangencialmente, Torcuato Luca de Tena como un personaje episódico en 'Los hijos de la lluvia (a. C.)'.

Reverso literario

Pero no nos adelantemos. Esdras y Nehemías encuentran su reverso literario, de nuevo, en Halter, que vehicula en 'Lila' una novela desde la óptica de la hermana del primero. La épica de la guerrera Judit conquistó al Fénix de los Ingenios, que le dedicó su septuagésimo octavo soneto. También Racine adaptó en una tragedia el libro de Ester, por encargo de la mujer del Rey Sol.

Nada se puede encontrar, sorpresivamente, vinculado al santo Job (salvo aquella analogía homónima de Joseph Roth o el 'Abdías' de Adalbert Stifter, que funcionan como el ejemplo unamuniano arriba comentado). El interludio más poético del Libro Sagrado (Salmos, Proverbios) ha influido a un inabarcable número de autores a lo largo de la historia (por citar solo algún ejemplo, el Eclesiastés en las 'Coplas por la muerte de su padre' de Jorge Manrique o la traducción comentada del 'Cantar de los cantares' de Fray Luis de León).

Regresando a los profetas, poca atención les dedica la alta literatura salvo para novelas conspirativas o apocalípticas en las que sus palabras devienen claves para la época contemporánea que explican catástrofes, complots mundiales de grupúsculos ocultos, la llegada de presencias sobrenaturales o el final las instituciones religiosas. El libro de Daniel y su versículo 'Muchos correrán de aquí para allá, y la ciencia se aumentará' sustenta el 'Novum organum' de Francis Bacon (además del evidente paralelismo simbólico que, de nuevo, inspira al homónimo texto de Doctorow). Otro de los más destacados es Jeremías, tanto por la imprescindible parábola semítica de Stefan Zweig como por la disculpa argumental de la que se sirve Valerio Manfredi en 'El faraón del desierto'.

Pero ni siquiera Jonás, que con su predicamento en Nínive y su deglución por parte de un gran pez, ha suscitado esa reinvención más allá de los cuentos para niños o de la habitual trasposición simbólica ('El vientre de la ballena' de Javier Cercas o 'El modelo Jonás' de Ian Watson). Habría que esperar al Nuevo Testamento para que se disparen las novelas y versiones sobre probablemente el personaje más emblemático de la Historia: Jesucristo.

Y si la colección de evangelios apócrifos es numerosísima, no lo es menos la aproximación de diferentes autores contemporáneos que también se han atrevido a abordar la figura de Jesús de Nazareth a través de distintas novelas en las que el mesías es el eje de la narración. 'El Evangelio según Jesucristo', de Saramago; o 'El Evangelios según el Hijo' de Norman Mailer, son dos obras de las más emblemáticas. También 'Rey Jesús', del siempre estricto y disfrutable Robert Graves; la interrumpida trilogía de Anne Rice sobre Cristo compuesta, hasta la fecha, por 'El niño judío' y 'Camino a Caná') o los desmitificadores 'El hombre que se convirtió en Dios', de Gerald Messadié, y 'La última tentación de Cristo', de Nikos Kazantzakis (uno de los mejores en el plano de la narrativa simbólica con la excelente 'Cristo de nuevo crucificado'). Otros han optado por contar su historia a través de los ojos de los secundarios, como Gustavo Martín Garzo con José el carpintero en 'El lenguaje de las fuentes, la magnífica 'Barrabás' de Pär Lagerkvist o, de nuevo, Marek Halter en 'María de Nazareth' y Messadié con la también libérrima 'El complot de María Magdalena'. Incluso se han llegado introducir personajes ficticios e involucrarlos en la vida y obra de Cristo, como la archiconocida 'Ben Hur', más por el largometraje de Charlton Heston que por la novela de Lewis Wallace y, en nuestras fronteras, la serie 'Caballo de Troya' de J. J. Benítez o la descabelladamente apócrifa y divertida 'El asombroso viaje de Pomponio Flato', de Eduardo Mendoza, entre muchas otras.

Con todo, las apariciones y reversiones de Jesús se sitúan bastante adelante en el tiempo, tal vez debido a que la Inquisición y otros tribunales eclesiásticos dictaran heréticas las palabras en papel sobre vida, obras y dichos de Jesús de Nazaret al margen de las Sagradas Escrituras. La recta final recogería las primeras divulgaciones de los nuevos apóstoles, en especial las cartas de Pablo, y el Apocalipsis. De las primeras tal vez la más reputada sea 'Quo vadis?', que como 'Ben Hur' se ha visto superada por la fama de la película con Peter Ustinov que por la más que digna novela del polaco Henryk Sienkiewicz.

Otras que cabe consignar son 'San Pedro apóstol', de William Thomas Walsh, la inédita 'A wretched man' de R. W. Holmen y 'El resplandor de Damasco', de Pedro Miguel Lamet. El libro final, enriquecido también por los comentarios recopilados por el Beato de Liébana en paralela tarea a la de Fray Luis de León con el Cantar de los Cantares, apenas ha quedado como disculpa argumental, dados sus potentes símbolos (desde los cuatro jinetes del apocalipsis que bautizaran una obra de nuestro Blasco Ibáñez hasta el icónico número de la bestia, el 666) para obras de suspense y entretenimiento ambientadas en días contemporáneos como 'El padre Elías', la cuarta en la saga 'Hijos de los últimos días' de Michael D. O'Brien, y 'Apocalipsis', de Mario Giordano.