¿Avanzamos hacia la sociedad del 'No Sexo'?

Encarni Hinojosa

Proliferan los estudios que advierten de la drástica disminución de los contactos sexuales con pareja y su sustitución por la búsqueda solitaria del placer

VIDAL ARRANZ Valladolid
Domingo, 1 julio 2018, 10:16

Cuando hace cuatro años el novelista vallisoletano Eduardo Pérez Mulet escribió 'No sexo', una distopía futurista que imagina una sociedad humana que ha abolido el deseo sexual, difícilmente podía imaginar qué rápidamente los investigadores convertirían su intuición en una predicción. Hace poco más de un año, el norteamericano Hank Greely vaticinaba en su libro 'El fin del sexo y el futuro de la reproducción humana' que en un periodo de tiempo de entre 20 y 40 años nuestra especie recurrirá a la fecundación in vitro, y al diseño genético, a la hora de procrear, y que el contacto sexual será desechado como fórmula para la concepción. Sería toda una irónica paradoja que cerraría un circulo. A mediados del siglo pasado, el sexo se independizó de la procreación y ahora, en unas pocas décadas, si creemos a Greely, la procreación se desligará del sexo.

Por el camino, más paradojas, tanto una como otro quedarán muy tocados. Y es que al tiempo que los índices de natalidad descienden en todo Occidente, y especialmente en Europa, por debajo de las necesidades de la supervivencia demográfica, también la actividad sexual ha entrado en fase de declive. Al menos la que consiste en el contacto interpersonal, que no deja de disminuir en favor de las modalidades solitarias de placer.

Los estudios que acreditan el declive del deseo sexual son ya abrumadores y marcan una tendencia general. El equivalente norteamericano del Instituto Nacional de Estadística español, el General Social Survey, constató en un reciente estudio, sobre una base de 33.000 personas, revela que el número de contacto sexuales no deja de disminuir. Como también lo constata el estudio de Jean Twenge, Ryne Sherman y Brooke Wells, que cifra la caída en un 15% en apenas una década. David Spiegelhalter, experto en estadísticas de Cambridge, ha detectado descensos en los contactos sexuales de hasta el 40% en los últimos 20 años en países como Reino Unido, Suecia o Japón, donde el fenómeno parece especialmente acusado, pues muchas parejas, incluso casadas, renuncian a las relaciones físicas tras su primer hijo.

«El sexo siempre ha sido difícil. Si la cultura lo complica más, cada vez menos querrán intentarlo», asegura el filósofo Miguel Angel Quintana

¿Qué está ocurriendo? Las hipótesis son muchas y variadas. Algunas se centran en aspectos superficiales como el auge de las redes sociales o del porno en Internet, pero no son pocos los que apuntan a causas más profundas. El propio Eduardo Pérez Mulet apunta en su novela 'No sexo' que la decisión de prescindir de la sexualidad buscaría liberar al hombre de los conflictos inherentes al contacto sexual. En su distopía, los hombres habrían llegado a la conclusión de que merece la pena sacrificar el placer sexual, o los disfrutes del erotismo, el enamoramiento y la seducción, a cambio de la paz de un mundo no turbado por el sexo. Y cada vez más personas parece haber optado por algo parecido a esa solución, sustituyendo el contacto sexual por el placer solitario.

El filósofo Miguel Ángel Quintana cree que la relación sexual, en la medida en la que implica un contacto y un roce con el otro –no sólo con su cuerpo, sino también con sus emociones y sus expectativas– es siempre algo conflictivo. Es verdad que hay un primer impulso instintivo, biológico, que tiene un gran poder de persuasión y estímulo, pero pasados los años de la juventud y del fulgor sexual, corresponde a la cultura alimentar, de otro modo, el fuego del anhelo del otro. «El sexo es problemático y la cultura tradicionalmente ha intentado ayudar a resolver ese conflicto, pero si ese apoyo desaparece, sólo queda el sexo como problema y cada vez menos se atreverán a lanzarse a la aventura».

Filósofos como Byung-Chul Han atribuyen el declive del erotismo al creciente narcisismo en Occidente

Sobre todo, hoy, cabría añadir, cuando existen tantas opciones para obtener un placer sexual por medios alternativos, liberado de la conflictividad del contacto con el otro. Y medios también para procrear sin contacto sexual. Sin llegar aún a los vaticinios de Greely, cada vez más mujeres europeas recurren hoy a la auto inseminación. Como reflejaba el documental ya hay bancos de semen en Dinamarca, y en otros países, que permiten seleccionar las características del donante y que sirven su 'producto' por Internet, protegido en frío, en un kit que incluye lo necesario e instrucciones de uso.

Quintana cree que en el futuro habrá todavía menos razones para arriesgarse al contacto sexual. Además del porno por Internet, ya hoy existen nuevas generaciones de robots sexuales que no sólo convierten a las muñecas hinchables en un instrumento obsoleto, sino que van camino de sustituir a la prostitución tradicional. Y han surgido ya los primeros trajes de estimulación sexual, con sensores y realidad virtual, que prometen una satisfacción sensorial superior al sexo real.

El peligro de que la cultura deje de ser un apoyo para el contacto entre hombres y mujeres y se convierta en un problema ya ha empezado a detectarse. Un reciente manifiesto de mujeres feministas e intelectuales francesas alertaba del peligro de que la legítima persecución social de la agresión sexual se convirtiera en un freno para la seducción. «La violación es un crimen. Pero el coqueteo insistente o torpe no es un crimen, ni la galantería es una agresión machista», comienza el manifiesto, que surge como respuesta a los excesos del movimiento 'Metoo' en Estados Unidos, y que termina defendiendo el «derecho a importunar» como un elemento imprescindible de la libertad sexual.

El filósofo Quintana ve coherente esta reacción porque «las más perjudicadas por esto que está pasando con el sexo son las mujeres. Las chicas se quejan de que los varones son muy parados, pero, ¿cómo no van a serlo si sienten que, como cometan una torpeza, pueden ser acusados de acosadores?».

Con todo, hay más causas. El filósofo coreano Byung-Chul Han vincula esta creciente inapetencia hacia el contacto sexual con lo que otros autores han denominado como «epidemia del narcisismo» que infecta las sociedades occidentales. En su ensayo 'La agonía de Eros' asegura que el amor hoy se ha «atrofiado» convertido en «un objeto de consumo y de cálculo hedonista». El filósofo coreano parece referirse a la progresiva abolición de la tensión de la diferencia sexual cuando afirma: «el deseo del otro es suplantado por el confort de lo igual. Se busca la placentera, y en definitiva cómoda, inmanencia de lo igual. Al amor de hoy le falta toda trascendencia y transgresión».

El vallisoletano Eduardo Pérez Mulet imaginó hace cuatro años un mundo sin sexualidad en 'No sexo'

Y aún cabría añadir que el acompañante inevitable del imparable narcisismo social es la depresión, también en aumento. «La depresión está avanzando a marchas forzadas y es el antídoto del amor, la lujuria y la pasión», afirma Pérez Mulet, que además de novelista es psicólogo de profesión. «Relacionarse con los otros exige el desarrollo de habilidades sociales, mientras que las redes sociales y las tecnologías virtuales estimulan el aislamiento y la pereza». El novelista, que apuesta en 'No sexo' por el triunfo del amor y su poder transformador, no oculta, en ningún momento, sin embargo, que es una victoria que exige sacrificio. «El amor exige compromiso y trabajo, y a veces no estamos por la labor. El problema de verdad surge cuando desaparece el embeleso, cuando la química biológica que acompaña y refuerza el proceso de enamoramiento, pierde fuerza y entramos en la fase en la que ya todo depende más del esfuerzo personal».

Y frente a ese esfuerzo, para el que cada vez estamos menos preparados, surgen mil y una ofertas alternativas que prometen placer sin sacrificio, sin inconvenientes, sin contraindicaciones. ¿Será el actual declive del amor sexual sólo una crisis pasajera o, más bien, el anticipo del futuro tecnológico pronosticado por Greely? Lo que parece claro es que, o recuperamos desde la cultura una mitología del amor que alimente la necesaria pasión por el otro, o podemos asistir a los últimos estertores de Eros.

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