«La emoción está mal vista»

Antonio Manilla, en el Museo Patio Herreriano./
Antonio Manilla, en el Museo Patio Herreriano.

Antonio Manilla presentó su poemario ‘El lugar en mí’ en el Aula de Cultura, acompañado por Fermín Herrero

JESÚS BOMBÍNVALLADOLID

. Antonio Manilla (1967)acudió ayer al Aula de Cultura para presentar El lugar en mí, su quinto poemario, con el que fue merecedor del premio Ciudad de Salamanca y del que habló en una sesión del Aula de Cultura de El Norte patrocinada por CaixaBank con la colaboración de la Junta de Castilla y León y el Ayuntamiento de Valladolid.

Fue presentado por el también poeta Fermín Herrero como «alguien que tiene una expresión verdadera, una poesía de precisión léxica absoluta, sencilla a primera vista y en apariencia poco rebuscada pero con muchas referencias de fondo». El vate soriano destacó del leonés un mérito añadido: «Siendo articulista brillante, en su poesía ha renunciado a la brillantez, buscando una poética honda y cristalina», afirmó.

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Cuenta Antonio Manilla, extrabajador de la editorial leonesa Everest, que tras el cierre de la empresa se lanzó a recopilar poemas con la idea de presentarlos a concursos para poder sobrevivir. Así compuso Sin tiempo ni añoranzas, que ganó el premio Paul Beckett.

El lugar en mí que toma su título de unos versos del Premio Nobel de Literatura irlandés Seamus Heaneay nació de una selección de poemas concebidos como una globalidad, con una estructura de composición circular basada en las cuatro estaciones, «con un prólogo de futuro y un epílogo de pasado que sitúa al presente en la mitad».

A través de poemas enraizados en el paisaje de la montaña leonesa, al final de cada parte se ofrece un poema de diferente caracterización tipográfica en el que se confronta cada estación con el amor, buscando su correspondencia. En ellos habla de la incertidumbre de los tiempos venideros frente a la nostalgia del tiempo volatilizado. «La herencia mayor que se desprende de este poemario es que la tierra permanece», señaló.

Aunque los poemas de Antonio Manilla hunden sus raíces en la montaña leonesa, considera que son extrapolables a cualquier lugar del planeta. Marcados por la sencillez y por el convencimiento de que la poesía natural es la más difícil de elaborar, lamenta que «la emoción está mal vista» y la reivindica en sus textos para poner el foco en los problemas de su territorio cuando habla del «carbón sin esperanza» o de los «desvanes de la memoria» que se vacían con la despoblación. «La poesía española dice pesaroso está ahora deslumbrada por otras literaturas».

En un mundo literario donde están proliferando numerosos cantautores y poetas, Fermín Herrero reivindicó la figura del maestro y la capacidad de interesarse por obras ajenas para profundizar en la escritura. «La poesía requiere lentitud y entrenamiento lector», remachó. A la poesía llegó Manilla gracias al influjo de dos poetas del grupo Claraboya José Antonio Llamas y Ángel Fierro, que conoció en Cármenes, el pueblo de sus abuelos. La lectura de revistas y poemarios que le prestaban le llevaron a volcarse en la organización de certámenes literarios y en tomar parte en actividades culturales en las que conoció a escritores en una espiral que fue nutriendo su pasión por las letras. A través de esos foros literarios llegó a la tertulia Oliver en Oviedo, en la que conoció a escritores como José Luis García Martín y Víctor Botas además de a otros poetas con los que intercambiaba versos y pareceres literarios.

Antonio Manilla cuenta, entre otras distinciones, con el Premio Letras Jóvenes de Castilla y León, el Luis Mateo Díez de relatos y el Francisco Valdez de periodismo. Con referencias como Jorge Luis Borges o Antonio Machado ha ido construyendo su universo de lecturas poéticas, al que ha añadido autores como Emily Dickinson, Georg Trakl o Atilio Bertolucci, aunque está convencido de que en poesía «siempre se está escribiendo el mismo poema». En El lugar en mí pone su mirada en el nido vacío, en la ribera, en los chopos y en cómo obra en ellos el pasar de las estaciones en el ciclo eterno de la naturaleza, al final inmutable por más que en ella se repitan los cambios.

Aunque su guía es la austeridad y la ausencia de retórica, sostiene que lograr el poema sencillo tiene una dificultad extrema, «la de que haya retórica sin que se vea», lo que considera el reto de cualquier actividad artística. Claridad y emoción son dos de sus rasgos distintivos. Ayer el público correspondió a sus lecturas poéticas con un aplauso final.

 

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