Picasso, seducido por el horno y el barro

Dos visitantes observan piezas de la muestra. / Ramón Gómez

Una exposición refleja en la sala de Las Francesas la pasión del artista malagueño por la cerámica

JIMENA VEROSValladolid

Fascinación era la sensación irresistible que Picasso sentía ante el proceso de metamorfosis que sufren los colores durante la cocción de la cerámica. La muestra 'Picasso. Tierra y fuego', que reúne una treintena de obras pertenecientes a la Fundación Fran Daurel, plasma la pasión que el genio malagueño sentía por el horno y el barro.

Hasta el 15 de septiembre, la Sala Municipal de Exposiciones de Las Francesas acoge una pequeña parte de la colección de 3.000 piezas que el artista realizó en su madurez creativa. «Su dominio de la cerámica le confirma como un 'artista total' en su deseo vanguardista de romper la jerarquía de los diversos géneros artísticos», resumió la comisaria Helena Alonso. Su manejo en el empleo de colores y la alquimia del fuego caracterizan su presentación en 1948 en París, marcando un antes y un después en la cerámica contemporánea. Tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, Picasso evoca los orígenes de la actividad humana, artística y ritual con una rica simbología arquetípica. «Figuras atenienses, en tonos rojos y negros, muestran su gusto por la tradición mediterránea», explicó Helena Alonso, quien estuvo acompañada en la inauguración por Ana Redondo, concejala de Cultura y Turismo.

Impregnado por la tradición alfarera de Málaga, su ciudad natal, a los 12 años realizó su primera decoración de un plato, donde dejó ver su interés por otras culturas al pintar un indígena polinesio. El inicio de su aprendizaje tuvo lugar a principios del siglo XX, de la mano de Paco Durrio en París. A partir de entonces, absorbió la influencia de Paul Gauguin en el uso de la cerámica con fines creativos. Su periodo de apogeo artístico con el barro coincidió con su etapa azul y el interés por la expresión simbólica y psicológica.

A sus 66 años, se traslada a Vallauris, al sur de Francia, lugar donde su amiga Suzanne Ramié tenía su taller Madoura y en el que comenzó a experimentar con la cerámica. Allí fue a visitarlo en 1949 Pierre Daix, a quien expresó que se sentía como en su hogar en un taller donde expandió su imaginación con líneas, trazos y volúmenes. Hasta 'su casa' viajaron artistas como Marc Chagall, Matisse, Paul Éuard o Joan Miró con el objetivo de seguir sus avances en la alfarería creativa.

En 1948 sus obras comenzaron a darse a conocer mediante la exposición anual de Vallauris. A partir de ese momento, se consagró como uno de los artistas locales con más talento y participaba cada año mostrando sus trabajos. Debido a su alta implicación en el certamen, diseñó el cartel anunciador y se convirtió en el centro de atención de artistas, literatos, de la élite internacional, la aristocracia y las vedetes de cine. Aquella exposición fue muy comentada por la prensa de la época y un gran reclamo para artistas de todo el mundo, quienes se interesaron por sus obras e incluso se sintieron 'legitimados' para sumergirse ellos mismos en el arte del barro.

Su sentimiento más profundo de amistad lo conoció con Manuel Pallarés, a quien dedicó su fuente decorada con la cabeza de una cabra sobre un fondo azul. Una amistad a lo largo de toda una vida, que comenzó con un Picasso perdido y recién llegado a Barcelona, hizo que el que fuera su compañero de clase se convirtiera en una de las pocas personas que tuvo acceso al artista en sus últimos años. «Juntos descubrieron las maravillas de la naturaleza y el campo, montaban en burro y dedicaban parte de su tiempo a dibujar al aire libre, rodeados de fauna. En la bandeja que dedicó a Pallarés –expuso Helena Alonso– se reflejan los momentos vitales que ambos compartieron y donde fueron felices».

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