Las antiguas huelgas de cocineros

Ilustración de HS Watson, 1896./Biblioteca del Congreso de los EE UU
Ilustración de HS Watson, 1896. / Biblioteca del Congreso de los EE UU

Entre 1910 y 1933 se sucedieron en España numerosos paros laborales que llegaron a cerrar los restaurantes durante meses

Ana Vega Pérez de Arlucea
ANA VEGA PÉREZ DE ARLUCEAMadrid

El de la hostelería es un sector tan peculiar dentro del mundo laboral (jornadas maratonianas, apertura en fines de semana y festivos, etc.) que estamos acostumbrados a que sus trabajadores aguanten carros y carretas de la mano de clientes y patronos. Más allá de las últimas polémicas en torno a los becarios o 'stagiers', no solemos concebir la cocina como entorno reivindicativo o de protesta sindical. Máxime cuando ahora parece que la palabra «cocinero» se asocia, errónea pero automáticamente, al perfil de chef reconocido en vez de a los miles de currantes que diariamente se rebanan los dedos dándonos de comer.

Sin embargo, hubo un tiempo en que las huelgas de cocineros llegaron a paralizar España entera constituyendo un auténtico problema de orden público y de abastecimiento. Durante las tres primeras décadas del siglo XX se sucedieron en este sector hasta doce paros generalizados que llegaron a paralizar durante meses el servicio de hoteles, bares y restaurantes.

Enclavados dentro del ambiente general de lucha obrera de la época y relacionados casi siempre con otros conflictos de orden social, los paros de cocineros tuvieron, a pesar de ello, un perfil propio tanto en reivindicaciones como en consecuencias. Desde 1910, cuando los cocineros y camareros catalanes pidieron un descanso quincenal sin rebaja de sueldo, y hasta 1933 las «huelgas de sartenes» llegaron a provocar desórdenes públicos e incluso la puesta en marcha de comedores alternativos para dar de comer a clientes desairados.

Los casos más graves se dieron durante el clima convulso que siguió a la huelga general revolucionaria de 1917. En octubre de 1918 y durante quince días permanecieron cerrados casi todos los establecimientos que ofrecían comidas en Madrid debido al paro general de los camareros y cocineros. Entre sus reivindicaciones estaban las de no pagar la rotura o desgaste del material de trabajo, descansar un día entero o dos medios a la semana o que durante las bajas y permisos la patronal pusiera sustitutos en vez de repartir el trabajo extra entre los compañeros. Con cafés y restaurantes custodiados por las fuerzas de seguridad, las peticiones fueron desestimadas por la patronal, los huelguistas despedidos y el paro acabó con con los trabajadores en la mismas condiciones.

Sería en 1919, después de la famosa huelga de La Canadiense y de la entrada en vigor de la jornada laboral de ocho horas (España fue por cierto el primer país de Europa en el que se regularizó) cuando los cocineros volvieran a salir a la calle.

Entre el 6 de octubre y el 10 de noviembre de ese año estuvieron cerrados a cal y canto casi todos los establecimientos hosteleros de Barcelona debido primero a la huelga de sus trabajadores y después al cierre patronal o lock-out por parte de sus dueños. ¿Qué es lo que se pedía? La aplicación de la jornada de ocho horas a su labor, un día libre a la semana sin merma de salario y con contratación de sustituto, la eliminación del sistema de propinas, más higiene en las cocinas y, sorprendentemente, la prohibición de mujeres en las cocinas profe-sionales.

A pesar de que algunos patronos firmaron estas bases, el conflicto se enrocó y durante más de un mes fue virtualmente imposible tomar nada fuera de casa. Cerraron las fondas, restaurantes, bares, hoteles, modestas casas de comidas y hasta las horchaterías, extendiéndose la huelga también a otras ciudades españolas.

Según un artículo publicado en prensa en aquellos momentos, «la población no encuentra dónde comer, viéndose a muchos en los bancos de los paseos comiendo fiambres adquiridos de antemano en las tiendas de comestibles. El conflicto es de gravedad porque perjudica a la mayoría de las familias obreras, que son las que comen fuera y también a aquellos que comen por abono pagando a principios de mes y que ahora se encuentran sin dinero y sin comida».

El sindicato de cocineros llegó a pedir al gobernador de Cataluña cocinas de campaña para guisar al aire libre y poder así servir a obreros necesitados y viajeros, a la vez que las instituciones montaban comedores im-provisados para alimentar a aquellos sin opción de cocinar en casa. Los objetivos de la huelga se consiguieron a medias después de 34 días de cierre forzoso, dos muertos e infinidad de clientes hambrientos.

 

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