Aloña Alonso: «Mi meta es llegar a una perfección que no existe»

Aloña Alonso en una escena de una obra de danza. /El Norte
Aloña Alonso en una escena de una obra de danza. / El Norte

La vallisoletana, primera bailarina del Ballet Nacional de España, aprecia el creciente aprecio del público por la danza, «la hermana pobre de las artes escénicas»

Jesús Bombín
JESÚS BOMBÍNValladolid

d. Cuando con cuatro años Aloña Alonso (La Seca, Valladolid, 1979) insistió a su madre en que le apuntase a clases de danza para aprender a bailar, se adentraba por una senda que marcaría definitivamente su derrotero vital, conduciéndole hasta la que hoy es su profesión tras haber pasado por las tres categorías del ballet: cuerpo de baile, solista y, desde 2012, primera bailarina del Ballet Nacional de España. Ha bailado en la compañía de José Antonio, Fernando Bujones y Antonio Márquez, Aída Gómez y Antonio Najarro, y con todos ellos ha vuelto a repetir dirección dentro del Ballet Nacional de España, al que entró a formar parte en 1998 como cuerpo de baile bajo la dirección artística de Aída Gómez.

–La danza es su pasión desde niña. ¿Ha requerido muchas renuncias?

–Desde entonces ha sido una lucha diaria. He antepuesto la danza a todo, a excursiones del colegio siendo niña, a novios en la adolescencia... e incluso al marido (risas). La danza siempre ha sido mi pasión, mi prioridad, aunque desde que he tenido los dos hijos es otra cosa.

–¿En qué medida le ha condicionado formar una familia?

–Ser madre tiene pros y contras. Te hace tomar la profesión desde una perspectiva más serena y pausada que te hace disfrutar de cada momento y salir al escenario con otro peso y otras ganas de desarrollar los pesonajes, pero también te roba mucho tiempo. Antes dedicaba casi 24 horas del día a la danza con cursos y gimnasios, y ahora, siempre que no estoy de gira, las tardes las paso con mis hijos jugando en el parque o en la piscina nadando con ellos.

–¿Por qué se decantó por la danza española?

–Porque es lo que más me ha llenado siempre, el género con el que más me he sentido identificada. Hice mis pinitos en ballet clásico, pero yo con un zapato y una castañuela es como más me identifico y más a gusto me he sentido encima del escenario. La razón es que me hace ser muy yo, soy muy visceral y pasional, aunque muy exigente con la técnica. Además, me aporta ese punto de sentimiento, de poder disfrutar, cerrar los ojos y bailar;quizás la danza clásica es un poco más limitada o así la siento yo. Y por el flamenco nunca me he sentido realmente dominada.

–¿Cómo se define sobre las tablas?

–Me gusta ser muy de verdad. Apasionada, rigurosa con la técnica, pero muy de verdad. Me dejo ir, me siento generosa porque entrego desde lo más profundo de mí todo lo que siento, como una forma de desnudar el alma en el escenario.

–¿Quiénes son sus referencias?

–Tengo maestros con los que no he podido trabajar como Mariemma, Antonio el Bailarín o Pilar López, y he tenido el privilegio de trabajar con otros como Antonio Gades, Granero y José Antonio, pero quien siempre me ha tenido enamorada ha sido Lola Greco.

–¿Lo más arduo de ser bailarina?

–Superarte. Mi meta es llegar a una perfección que, desgraciadamente, no existe; pero tienes que buscarla cada día. Y está el gustar. Esta es una profesión muy física, pero no es el mejor el que llega primero ni el que más técnica tiene, sino el que realmente gusta y está en el momento adecuado en el sitio oportuno. Es muy dificil gustar a todo el mundo, llegó el momento de gustarme a mí y ser fiel a mis exigencias.

–¿Ha ganado arraigo la danza entre el público en los últimos años?

–Creo que está en un momento bueno porque parece que empieza a ser más conocida, se difunde más en los medios. Siempre ha sido la hermanita pobre de las artes escénicas. Queda mucho por seguir ganando terreno, jóvenes y audiencia. Es verdad que los teatros se llenan pero quizá porque nos programan poco tiempo; en cambio, ahí están los musicales, que están más de moda y con más programación. En Valladolid bailamos en febrero durante tres días en el Calderón con todas las entradas vendidas.

–Todos los días viaja desde su casa en Aldeamayor de San Martín a Madrid para trabajar.

–Lo llevo bien. Al principio me sentía la marciana que iba a hacer esta locura y resulta que el AVE está lleno de locos como yo, que van a trabajar a Madrid y vuelven. Estoy muy enamorada de mi trabajo y lo hago con mucho gusto, más que nada porque cuando tuve a Manuela decidimos tener un hogar donde ellos crecieran y mi vida de viajera no les afectara. Preferí venirme a un pueblo que vivir en Madrid, me gusta Valladolid, lo siento como mi tierra. Me gusta cómo se educa y vive en un pueblo, así que el estrés y la locura de Madrid los paso yo.

–¿Qué coreografías de las que ha hecho con el Ballet Nacional le han marcado más?

–Hay una que fui a ver de niña y soñé con bailar en el Ballet Nacional: 'Ritmos', de Alberto Lorca. Con el tiempo la he bailado como primera bailarina, cuerpo de baile y solista. También ha habido piezas de Antonio Ruiz Soler como 'Eritaña' y ¡Paso cuatro'. Y las dos últimas que he hecho –'Concierto de Aranjuez', de Pilar López, y 'Danza nueve', de Beti–, me han pillado más madura y he podido disfrutar:

–Hace poco estuvo en el Conservatorio de Valladolid viendo a las jóvenes promesas.

–El Conservatorio está haciendo una labor enorme, está creciendo mucho. El nivel de la danza que se está enseñando en la ciudad es muy bueno.

–¿Cómo ha volucionado la danza?

–Mucho, porque cada vez se la exige más técnicamente y hay mucho talento con coreógrafos jóvenes que no paran de investigar e innovar. Se está fusionando con otros estilos a la vez que se sigue respetando la esencia y la raíz. Yo tengo que agradecer la ayuda que he tenido de mis compañeros y de mis padres, que son los que me apoyaron en su día, cuando tenía 14 años y les dije que me quería ir de gira.