Luis Cruz expone su 'Mitología encontrada'

HENAR SASTRE/
HENAR SASTRE

La galería Javier Silva de Valladolid acoge una muestra de sus últimas obras

ANGÉLICA TANARROvalladolid

Hace exactamente cuatro años, Luis Cruz inauguraba en Valladolid un nuevo espacio para el arte contemporáneo. Un pintor consagrado, como él, se hacía cómplice de un joven galerista como Javier Silva y juntos ponían un ladrillo en el siempre complicado edificio del arte contemporáneo en la ciudad. Cuatro años después, el galerista ya no es un novato, ha pasado por ferias importantes, su nombre, ligado a esta ciudad tan poco dada a las alegrías artísticas de nuevo cuño, suena fuera. Conviene decirlo, poner de relieve estos esfuerzos casi nunca bien entendidos ni recompensados. Aún hoy el arte que se expone en la calle Renedo es algo semi clandestino. «¿Hay una galería de arte en esa calle?» Es la pregunta habitual. Pero ahí sigue, abierta a la curiosidad de quien quiera poner el pie en su espacio diáfano y siempre sugerente. Siempre abierto a artistas emergentes con mucho que decir.

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Salvo cuando expone un consagrado. Luis Cruz ha vuelto a este espacio. Luis Cruz sigue a lo suyo que es pintar. Lo ha hecho desde siempre: una vocación a prueba de tiempo. Esto es un hecho, pues no ha dejado de hacerlo desde que eligió brochas y pinceles como un medio para hacerse preguntas. Y, además, no ha perdido la ilusión. Esto último puede parecer más difícil de demostrar. Para comprobarlo hay que visitar tenazmente sus exposiciones. Ese rastro de ilusión contra el que no han podido las dificultades y al que seguro ha contribuido su carácter en apariencia tranquilo, silencioso, algo socarrón, se muestra cada vez que busca algo nuevo, una vuelta de tuerca, el apunte de un camino por el que descubrir que no todo estaba dicho, no todo pintado. El juego puede continuar.

Continúa de hecho en estos cuadros de mediano formato que componen la exposición Mitología encontrada.

Quizá tenga lógica que cuando Cruz hizo, hace años ya, el camino de vuelta a la figuración decidiera renunciar a las palabras. Esas palabras que acompañaban, como claves de una tirada del juego de los barcos, sus lienzos abstractos. Entonces, su fascinación por Michaux iba de la mano de sus trazos más arriesgados. Ahora, sus personajes juegan solos, sin palabras que los sitúen en el espacio-tiempo, saltan del trapecio, componen la balada triste de un payaso sin público, se embarcan con seres sin rostro a cruzar la laguna Estigia. Hay en un lateral de la galería una serie de lienzos que parecen componer un todo. Como esas antiguas carteleras del cine que, siguiéndolas, ofrecían un esqueleto de la historia que mostraba la pantalla. Solo que aquí la historia está dentro. En esos fondos medio ocultos por el entramado de la negrura, en esas luces que se empecinan en desmentir las sombras. Rojos, anaranjados, verdes... iluminando un mundo sombrío, inquietante. Pero no hay más que cruzar al otro lado, a la pared de enfrente para que el color nos vuelva a sorprender, y con él el humor. Porque qué sería de Luis Cruz sin esa punta de humor ácido, sin esa ironía a la que, afortunadamente, no renuncia. Es el pegamento de todo, la sustancia de la que están compuestas sus historias, sus collages, una técnica que domina cada vez mejor, porque cada vez es más sutil. Casi una excusa, dice.

De ahí partió todo

Luis Cruz, por Luis Cruz. En la trastienda de la galería cuelga uno de sus más inquietantes y tenebrosos cuadros de los últimos años, esa Lección de anatomía que, como si de un traductor traicionero se tratara, alude al famoso cuadro de Rembrandt pasado por el fino bisturí de su socarronería. Conviene tenerlo presente. «De ahí partió todo», afirma viendo sus obras actuales. Ahí fue donde el negro dejó de ser un trazo para enseñorearse del lienzo. El negro podía ser una opción para seguir jugando. Jugar con el kitsch de un fondo como de papel pintado, con los objetos encontrados en algún mercadillo de cualquier ciudad, con lo leído y lo pintado por otros. De ahí las citas a la liebre de Beuys, a los monstruos pequeños de Hanna Hoch, a las tramas negras de Piranesi.

Conviene no perderse las exposiciones de Luis Cruz. Hay mucha pintura en sus cuadros. Aunque él nunca se dé importancia.

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