La Gran, un nuevo espacio para el arte

Trece artistas jóvenes, aunque ya con trayectorias significativas, ponen el prólogo a un ambicioso proyecto

Pedro Gallego, director de La Gran, junto a las obras expuestas en la galería. H. Sastre/
Pedro Gallego, director de La Gran, junto a las obras expuestas en la galería. H. Sastre
ANGÉLICA TANARRO

Algo se mueve en Valladolid por lo que respecta al arte contemporáneo. Y ese algo tiene, además de lo institucional, un reflejo en la iniciativa privada. Si Javier Silva abrió una brecha en el apartado del arte joven y al tiempo más arriesgado, y La Atómica continuó el camino ofreciendo además del espacio propio de una galería, una posibilidad de encuentro laboral, La Gran, se suma a esta corriente. La Gran ya existía como marca. Desde 2011 es el sello de una serie de producciones artísticas destinas a hacer asequible el arte contemporáneo mediante objetos firmados por artistas consagrados o en vías de serlo. Y ahora amplía su actividad con uno de esos ámbitos multiusos que pretenden además ser un lugar vivo de encuentro e incluso de debate en torno a las múltiples facetas que engloban esa etiqueta: la de arte contemporáneo.

Etiquetas muy firmes precisamente no cuadran bien con este lugar que no es una galería al uso, aunque también lo es. Un piso en la calle Claudio Moyano de Valladolid se abre a la producción de una serie de artistas que ya venían trabajando con el sello que dirige Pedro Gallego. Él ha llamado Prólogo a esta reunión que excede del ámbito propio de las salas principales de la galería para extenderse a otras habitaciones de la casa que servirá además de refugio temporal para creadores.

En ese prólogo hay nombres ya de los que se consideran imprescindibles a la hora de escribir lo que está pasando en nuestro arte último. Hablo de Marina Núñez y sus perturbadoras imágenes transitando entre la realidad y la ciencia ficción; Enrique Marty (que protagonizará la primera individual en este espacio) y que ahora muestra su faceta más próxima al dibujo, o Laura Salguero y sus miniaturas en bronce y sus objetos maravillosos.

Lo mejor de este prólogo es la variedad de las propuestas que acoge, panorámica que se ajusta a otra de las intenciones de la firma La Gran, que es cumplir una función didáctica sobre lo que ocurre en estos momentos en la creación plástica.

Así, las piezas de Paloma Pájaro que reflexionan sobre la identidad y sobre la animalidad que, aun negada, nos conforma; o las de Guillermo Peñalver, que, a través del collage y bajo una apariencia amable y colorista, explora nuestra irracionalidad, frente a una naturaleza que amenaza con volver a ocupar el lugar que le correspondía.

Encontramos también a Julio Falagán, habitual en las citas artísticas colectivas de la ciudad y en estos momentos con espacio propio en el Patio Herreriano y sus habituales propuestas que revisan imágenes a menudo kitsch procedentes del imaginario colectivo. Su mundo podría tener algún punto de contacto con el de Blanca Gracia de la que se expone una videoinstalación en también utiliza imágenes conocidas y aparentemente inofensivas que esconden una reflexión política. La creación textil y el ciclo vital de la mujer están presentes en la obra de Laura Piñeiro en la que la memoria juega un papel fundamental mientras que en la de Elisa Terroba el pasado y el presente se funden para aportar nuevas formas de pensar la tradición.

Los pecados capitales de Rosalía Banet, la vocación ilustradora de Luis Pérez Calvo, las reflexiones sobre la intimidad y el yo de Raúl Hevia y la vuelta de tuerca hacia la cotidianidad de Ignacio Pérez Jofre completan el catálogo de este prólogo, ante el que conviene pararse con calma y dejarse llevar sin prejuicios.

Algo se mueve en Valladolid por lo que a arte contemporáneo respecta. Y ojalá iniciativas como estas tan necesarias para ampliar miradas y pensamientos se mantengan en el tiempo.