Al rescate de un médico humanista

Emilio Zapatero Ballesteros en su despacho. /
Emilio Zapatero Ballesteros en su despacho.

Los nietos de Emilio Zapatero Ballesteros sacan a la luz su novela póstuma, en la que retrata el Valladolid de la primera mitad del siglo XX. La concluyó en 1958 y permanecía inédita por razones desconocidas

JESÚS BOMBÍNVALLADOLID

Entre el microscopio y la pluma forjó Emilio Zapatero Ballesteros (Valladolid, 1900-Valladolid, 1987) una existencia volcada en el conocimiento. Médico rural, catedrático de microbiología, autor de un tratado de su especialidad, orador de talla, fundador de la Agrupación Musical Universitaria, estudioso de la vida y obra de Benito Pérez Galdós y, ahora, también conocido porque en 1958 escribió una novela que nunca vio la luz... hasta hace unos meses.

En esta obra, de tintes autobiográficos, retrata el Valladolid de principios del siglo XX, el ambiente en la Facultad de Medicina y en el hospital Clínico, la feria taurina de 1918, año en que la gripe española añadió más desolación a una Europa en los estertores de la guerra... De ello y de otros aspectos de la vida cotidiana local reflexiona el médico Emilio Zapatero Ballesteros en los textos que escribió y han rescatado del olvido sus nietos al convertirlos en la novela Un médico (Libros Mundi).

En la Facultad de Medicina de Valladolid se presentó ayer esta obra, un acto que sirvió para tributar un homenaje de recuerdo a quien ocupó la cátedra de microbiología e higiene hasta que se jubiló en 1970. Emilio Zapatero Ballesteros es padre del que fue consejero de Cultura de la Junta de Castilla y León, Emilio Zapatero Villalonga, y tío abuelo del expresidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, antecedentes que ayer salieron en mientes.

El acto estuvo presidido por el rector de la UVA, Daniel Miguel San José, y en él participaron Antonio Rodríguez Torres, catedrático que sucedió al homenajeado en la cátedra de Microbiología de la Facultad de Medicina; el secretario académico de este centro, José María Fernández, y los dos nietos del autor de la obra, Juan Zapatero Gómez-Pallete y Luis Arroyo Zapatero, impulsor este último de la recogida de los manuscritos. «La novela se terminó de escribir en 1958 y no se publicó, salvo algunos fragmentos que escribió en El Norte de Castilla, del que era colaborador», contó ayer Luis Arroyo, catedrático de Derecho Penal en la Universidad de Castilla-La Mancha. «Cuando los nietos desmontamos casas de padres y abuelos nos encontramos con el manuscrito y no sabíamos qué hacer con él. He sido rector y sé que las cosas históricas conviene no perderlas. Los escritos de mi tío contaban cómo era la vida universitaria en aquella primera mitad del siglo XX, en unos tiempos en los que la medicina era beneficencia y no un derecho».

En el epílogo de la obra, Luis Arroyo recuerda que durante la Guerra Civil «el abuelo se salvó de chiripa del destino que conducía a los altos de San Isidro, en trágicas ceremonias de chocolate, churros y balas, que Francisco Umbral ha dejado escritas para la literatura y Jesús María Palomares para la historia».

El relato ha permanecido inédito, una incógnita que aún se mantiene. Luis Arroyo está convencido de que si su abuelo se hubiese decidido a publicarla, habría encontrado apoyo «en el mundo de los protagonistas de la obra y correligionarios de la Asociación de Médicos Escritores». No obstante, reconoce que la novela «es desigual, con saltos en el tiempo, porque no puede contar cosas de la guerra».

Otro episodio que, en opinión del nieto, retrata el «talante zapateril» de su abuelo, se produjo cuando fue movilizado en agosto de 1936 para ocupar el puesto de jefe de vacunas del Ejército del Norte, «sin riesgo ni ventura hasta que al entrar un capitán en la sala del laboratorio del antiguo hospital Militar del Paseo de Zorrilla y reclamar como un energúmeno una vacuna especial para el caudillo, el abuelo le respondió que nada especial procedía para las nalgas del Generalísimo, que a los efectos de la vacuna y de los microbios eran igual que las del último chusquero». Tal comportamiento le valió un expediente de depuración que le llevó a ser sancionado con la inhabilitación para el desempeño de cargos directivos y de confianza. Ayer, la figura de este médico humanista se agrandó un poco más desenterrando del olvido de los años su obra póstuma.

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