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Crónica negra de Valladolid

La disputa vecinal de Barrio España que acabó con un navajazo mortal en el Clínico

Domingo San Juan asesinó a Domingo Mancebo después de que sus familias hubieran protagonizado varios altercados porque el segundo había pegado a la madre del primero, autor confeso del crimen

Ángela Gago

Valladolid

Jueves, 13 de noviembre 2025, 06:44

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Noche del 15 al 16 de junio de 2013. Sala de espera de urgencias del Clínico de Valladolid. Domingo San Juan M. le asestó un navajazo en el pecho a Domingo Mancebo R., de 37 años y que murió al filo de la una de la madrugada. Tensiones y peleas entre sus familias fueron el detonante de este crimen. Ese mismo día, sobre las 22 horas, una llamada alertó a la Policía Nacional de que había un altercado entre dos grupos en una vivienda en la calle Tierra Baja, en Barrio España. Al llegar, los agentes arrestaron a Domingo Mancebo G., padre del fallecido.

«Estaba acusado de un delito de lesiones y pasó la noche en comisaría». Aquella madrugada, los calabozos fueron el escenario de una terrible casualidad. Domingo Mancebo G., de 63 años, durmió en la celda colindante a la del autor confeso de la muerte de su hijo. El progenitor no sabía lo que había ocurrido en el Clínico después de su detención. La familia defendía que Domingo padre «se limitó a defender a su hija en la primera pelea porque la estaban golpeando en su casa».

Pero el origen de esta tragedia se produjo un día antes, el viernes 14 de junio. Las hermanas de víctima y verdugo, ambas vecinas de la citada calle, habían tenido una disputa motivada por la convivencia de sus hijos en la guardería. Esa primera discusión acabó ahí. No hubo lesiones ni denuncias.

Sábado por la noche, segundo encontronazo. Dos o tres miembros de cada familia, además de las jóvenes, estuvieron implicados en una pelea y en esta ocasión sí hubo heridos leves (en ambos bandos). La familia de San Juan argumentaba que la madre tuvo que llamar a la Policía porque dos familiares de Mancebo, el padre y el después fallecido, habían acudido a su domicilio e iniciado una pelea contra ella. Sin embargo, los allegados de la víctima relataron lo contrario: «El padre y la hermana (de la otra familia) vinieron a casa y comenzaron a golpear a la hermana (del fallecido), ante lo que padre e hijo salieron a defenderla».

Al haber heridos, tanto unos como otros acudieron al mismo hospital, al Clínico, por sus propios medios para recibir asistencia «para que constaran sus lesiones en un parte médico por si los otros denunciaban». Allí, en urgencias coincidieron víctima y verdugo. Pasadas las 23:30 horas, tuvo lugar el crimen y la jueza ordenó enviar a prisión comunicada y sin fianza a Domingo San Juan, de 49 años. En dependencias judiciales, alegó que «hubo una provocación previa» y justificó que si llevaba una navaja (de siete centímetros de hoja) era porque «acababa de volver de pescar y la utilizaba para cortar los plomos».

Para las acusaciones, los hechos eran constitutivos de un delito de asesinato. El fiscal solicitaba 16 años de privación de libertad y el pago de una indemnización global de 285.000 euros. Por su parte, los padres y la mujer del fallecido elevaban la petición a 20 años y 380.000 euros.

«Fue como un acto reflejo»

En el juicio, celebrado en octubre de 2014, las versiones sobre lo ocurrido fueron opuestas. Domingo San Juan confirmó que, al encontrarse en la sala de espera del Clínico con Mancebo, que estaba con su hermana, sufrió un ataque de «rabia» ante su actitud «chulesca» después de que unas horas antes hubiera entrado en casa de su madre y la golpease. Ante este «ataque verbal», se dirigió al agresor de su progenitora: «Le pregunté si era de hombres pegar a una mujer mayor y él me amenazó. No sé cómo explicar lo que ocurrió después, mi intención no era acabar con su vida».

Recordó que cuando se echó la mano al bolsillo de su pantalón, donde sabía que guardaba una navaja «fue como un acto reflejo, fruto de un arrebato». Reconoció que al percatarse de que había «picado» a Mancebo pensó: «¡Hostias, qué he hecho!». Después, salió del centro y permaneció con los vigilantes de seguridad del Clínico hasta que llegó una patrulla, les confesó el crimen y se entregó, no sin antes gritar: «¡A mi madre no la pega nadie!».

«Te voy a abrir en canal»

El relato de la hermana del fallecido, presente en la agresión, nada tuvo que ver con la otra versión. En la vista, Rocío Mancebo afirmó que fue el San Juan el que abordó a su hermano cuando estaba en la ventanilla presentando su tarjeta para recibir asistencia porque había recibido golpes en la cara: «Fue por detrás, le dio en la espalda y le dijo que si le conocía», luego le espetó un «no te olvides de esta cara porque te voy a abrir en canal». Aseguró que el verdugo «quería acabar con la vida de su hermano».

Sin que nadie pudiera mediar, se dio la vuelta y al quedar enfrente uno del otro, San Juan le asestó un navajazo «seco y directo al pecho». En ese momento, ella se abalanzó sobre el agresor y le tiró las gafas. «Después, le sacó la navaja del pecho a mi hermano y me la intentó clavar, aunque intervinieron dos vigilantes y me lograron apartar», apuntó Rocío, que le culpó de la muerte de su madre seis meses después por el «sufrimiento padecido».

La hermana del verdugo, María Isabel, indicó que los insultos en la sala de espera partieron de los Mancebo, en concreto de Rocío, y que incluso la víctima propinó previamente un puñetazo al autor del navajazo.

El jurado popular, de forma unánime, halló a Domingo San Juan culpable de asesinato. Consideraron que la víctima no pudo defenderse debido a lo sorpresivo del ataque. Fue condenado a quince años de prisión, con la atenuante de confesión. La defensa de San Juan interpuso un recurso al TSJCyL, pero fue rechazado y el alto tribunal ratificó la sentencia.

La pena incluía las prohibiciones, durante 25 años, de acercarse a una distancia no inferior a 500 metros a la viuda e hijos, padre, hermanos y sobrinos del fallecido, así como de comunicarse con ellos. En concepto de responsabilidad civil, se le condenó a indemnizar a la viuda con 120.000 euros y con 52.000 a cada uno de sus dos hijos, además de con otros 11.000 al progenitor del asesinado y con idéntica cantidad a los herederos de la madre, ya fallecida.

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