«Fue una punzada la primera vez que mi madre no me reconoció por el alzhéimer»

«Fue una punzada la primera vez que mi madre no me reconoció por el alzhéimer»
Juana, y su hija Angélica, en la Unidad de Reminiscencias, decorada al estilo años 60 y 70, de la residencia Plaza Real de Zaratán. :: G. VILLAMIL

Angélica, su hija, describe su lucha por aceptar esta enfermedad en el día mundial de la misma

Ana Santiago
ANA SANTIAGOValladolid

Los recuerdos han abandonado poco a poco a Juana. Al principio era sutil, pequeños detalles, algunos despistes; después, el olvido invadió, despacio pero sin indulto posible, su mente dejando algunos resquicios, señales que aún la conectan con el mundo, que todavía evocan sus viejos gustos, su personal forma de haber vivido días ágiles y llenos de existencia.

Con el nombre de Alzheimer, la enfermedad de las ausencias llegó a los días de esta familia de Mota del Marqués, en Valladolid, hace cuatro años. Juana Esther Martín, una segoviana de Nava de la Asunción, acaba de cumplir ahora 81 años y tiene dos hijos, además de a su compañero de tantos años, a su marido Fabio, mayor, con 85 años pero «está muy bien». Es su hija Angélica la que repasa cada descubrimiento de esta cruel patología neurológica, hoy en su día mundial, que afecta a los recuerdos y llena de olvidos los días hasta perderse del todo con los años. Fue la primera que la sintió llegar. «Mi hermano, que vive en Madrid y claro el contacto era menor, me decía que me obsesionaba, que no era así». Pero ya asomaban pérdidas de la noción del espacio y el tiempo, señales, cambios.

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«Han sido dos los momentos de una gran punzada –recuerda– cuando nos lo dijeron, le pusieron nombre y no había previsión de futuro. Es muy duro. Y tal vez la peor, la primera vez que no me reconoció, que no sabía quien era yo». No ocurre siempre, Juana persigue con la mirada curiosa los movimientos de su hija, sabe que lo es, y reconoce la protección cercana, llena de contacto, cariño, palabras y susurros. Angélica y su padre, lograron asumir lo imposible y ahora, pese a lo lejos que está su madre, «hay momentos dulces, yo la trato como siempre, es mi madre, aunque tenga que tomar yo algunas decisiones o reñirla un poco. Disfruto de ella, del cafetito que nos tomamos, de que tenga reflejos como el de querer verse guapa, paseamos mucho».

Centros imprescindibles para enfermo y familia
Carolina Pastoriza. / LETICIA GARCÍA

Psicóloga del grupo de trabajo del Colegio de Psicología de Castilla y León en temas de envejecimiento y también de la asociación AFAValladolid, Carolina Pastoriza tiene clara la importancia de llevar a los mayores a centros con terapias cognitivas para «mantener sus habilidades y para sociabilizarlos» y también defiende la atención a los familiares, «a esos cuidadores que tienen que enfrentarse a una enfermedad difícil y a los que les cuesta delegar, les duele llevarlos a los centros cuando es fundamental dejarlos en manos profesionales, ellos mejoran, están contentos, es rarísimo que no sea así y si ocurriera se cambiaría la opción, y para el familiar es bueno porque necesita descansar, respirar, tener sus tiempos porque así además la relación luego es mejor con el mayor, no se desgastan tanto. Yo siempre pongo el ejemplo: Si te rompes un brazo pues vas a rehabilitación ¿no?, pues esto igual, hay que ir a recuperar, mejorar el rendimiento porque hay capacidades que están ahí, no me gusta hablar de residuales', los gustos, preferencias y valores nunca desaparecen y hay que mantener la dignidad de la persona. Nuestra experiencia es que están más contentos en los centros, se relacionan con otras personas, disfrutan de música o manualidades y perciben cariño». Pastoriza trabaja incluso en los domicilios cuando es imposible ir a un centro y da clases a los familiares para que sepan encontrar respuestas.

El colegio de psicólogos ha elaborado además un informe sobre el alzhéimer donde recomienda contar a los niños la enfermedad de sus abuelos. y el cómo hacerlo.

Angélica reivindica investigación, información, recursos y reclama que no se aísle a estas personas, que puedan seguir saliendo, contactando, participando de la vida social en la medida que puedan. Ella siente incluso rechazo. Trabaja pero no tiene pareja ni hijos y llena las tardes de Juana de cariño y presencia. Quiso el infortunio que hace algo más de dos meses Juana, una mujer que había sido auxiliar de enfermería hasta que se casó y «tremendamente activa» se cayera y se rompiera la cadera. «Porque entonces andaba y no paraba quieta. Dos kilómetros había andado el día anterior. Vio la ropa tendida seca y quiso recogerla». Cirugía, prótesis de cadera... y al hospital le siguió la rehabilitación y los cuidados postoperatorios en la residencia Plaza Real de Zaratán, ahora y por algún tiempo su nueva casa. Hasta hace 15 días, Juana «ni siquiera abría los ojos, el médico lo llamó crisis de ausencia. Estaba mal, no comía, no volvía... pero yo no dejaba de hablarle, de cogerle la mano». Y ocurrió, su cabeza encontró la forma, el camino de retorno y Juana reaccionó y hasta es capaz de hablar y contar que le encantaba coser, y bailar, las manualidades, pasear o los zumos... y es capaz de emocionarse, y de llorar, cuando se reconoce enferma, cuando se le dice que tiene que cuidarse. Aunque en silla de ruedas –difícil que vuelva a andar, como es habitual en enfermedades neurológicas– ya responde a estímulos y esfuerza las sonrisas reclamadas.

Juana regala nostalgia en una mirada muy gris, del color del mar en invierno y se sabe guapa. Se recoloca el vestido y agradece las fotos y las atenciones. El diagnóstico, recuerda su hija, le hizo «mucho daño, decía que mentían y me hacía prometerle que no se lo diría a nadie del pueblo;pero como no paraba, salía a andar o a hacer la compra, tuve que advertirlo por si se perdía y alguien la podía ayudar. Eso era al principio cuando estaba bastante bien. Lloraba, se enfadaba, discutía mucho y los primeros tres años repetía que se tenía 'que poner bien'». Angélica resiste los recuerdos y acerca antes de rompérsele la voz un recorrido difícil porque «además siempre estuvimos muy unidas, conectábamos muy bien. No hay que tenerle miedo», añade. Y aparta las sombras.

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