Antonio, refugiado: «Tenía una vida hecha y, en un momento, perdí un hijo, mi trabajo y mi tierra»

Antonio, refugiado en Valladolid huido de Colombia. /A. Mingueza
Antonio, refugiado en Valladolid huido de Colombia. / A. Mingueza

En el Día Mundial de los Refugiados cuenta cómo tuvo que abandonar Colombia

Ana Santiago
ANA SANTIAGO

El verde intenso de la selva y el agua. Una infancia feliz, entre canicas, balones y juegos, en Bogotá. El sonido de las metralletas allá en el monte, el paseo de aquel doctor entre dos guerrilleros, que nunca más volvió, el ruido de los dos tiros antes de un silencio seco. Los niños que compran chuches con cocaína. La extorsión y el miedo. El miedo.

«Lo perdí todo. En un momento. Tenía una vida hecha y lo perdí todo, a mi hijo, que me lo mató la guerrilla, mi casa, mi trabajo, mi almacén y hasta un riñón». Antonio (nombre ficticio elegido por él) encuentra los recuerdos entre una tierra que ama y tuvo que abandonar, solo, de noche, con el temor a la espalda, dejando allá a su mujer y a otro hijo que intenta recuperar, con un destino incierto, inseguro; pero el único posible, llegar a España, al norte donde un amigo lo acogería y donde pediría asilo político, aún pendiente desde hace algo más de un año.

Ahora, a sus 53 años, «mi esposa ya está acá también; pero mi hijo sigue allí, con su novia. Queremos que venga, y él también, pero no tiene trabajo ni dinero». La asociación ACCEM ampara en Valladolid a esta familia, que tras pasar por un centro de acogida ya vive en su propio piso a la espera de encontrar trabajo, de lograr ser un refugiado por reconocimiento oficial o por arraigo. La palabra deportación no quiere ni mirarla.

Un almacén de víveres

«Tenía un almacén de víveres y productos agrícolas en Bella Vista, en el departamento del Meta. Habíamos empezado en el negocio en Puerto Cachicamo en 2009, cuando el dueño del almacén cerró porque ya lo habían secuestrado y extorsionado, y lo dejó». La vida discurría «tranquila» con el sosiego de saber que «pagas la vacuna (impuesto revolucionario) de lograr librarte cada vez que intentaban implicarte y sabiendo que tienes que trabajar para pagarles y para subsistir; pero estábamos contentos, nos daba para vivir. La vida allí es así».

El miedo llegó una noche de mayo de 2015. «Nuestro hijo salió, allí toda la diversión es el baile y la cerveza. Las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia) mandan mujeres a enredar... buscan captar jóvenes y él dijo que sí, que quería ir». Después, era entonces un adolescente, supo el problema en el que se había metido. «Lo logramos sacar de allí, hasta Bogotá». Pero «eso allá es un delito, ellos no consienten que hagas eso, tiene consecuencias». Antonio era consciente de que aquello no había acabado, los guerrilleros «no admiten una negativa, quieren dar ejemplo», mantienen vivo el orgullo protegido con el sometimiento bajo el temor.

Actos del Día Mundial de los Refugiados

Valladolid.
A las 12:00 se inaugurará la jornada en el Palacio Santa Cruz, seguido de 'Emplea- Té y Café', un espacio para compartir experiencias de empleo destinado a solicitantes y beneficiarios de Protección Internacional. A lo largo de la tarde, ACCEM organiza en el Complejo Deportivo Ruiz Hernández de la Universidad de Valladolid, actividades lúdicas, artísticas y deportivas en el que tiene cabida cualquier persona, se contará con el grupo musical 'Los Perets' y se proyectará el corto 'Un mundo, mil ventanas' y habrá arteterapia.
Ávila.
A las 20:00 horas habrá una charla coloquio sobre mujeres refugiadas en el Palacio de los Serrano con el magistrado delJuzgado de Menores Luis Carlos Nieto García, entre otros.
Salamanca.
La Biblioteca Torrente Ballester acoge a las 11:00 horas los actos de esta jornada.

Otro de los hijos vivía en San José, donde estudiaba, y Antonio tenía que acudir a menudo a la capital por problemas de salud, el cáncer también lo perseguía. Los guerrilleros «me pedían que consiguiera planos del acueducto, de las redes eléctricas, de los grandes edificios... yo me hacía el loco, les decía: Ay lo olvidé... Empezaron a acosar a mi mujer, Andrés 'chorizo', cada vez se pasaba más con ella; pero un operativo del ejército se lo llevó y respiramos aliviados. Duró poco, alias '25' siguió con la extorsión, acosándonos, insistían en la deuda que teníamos con ellos por lo de mi hijo... presionaban y mi mujer tuvo que irse a San José pero yo tenía que seguir en Bella Vista, necesitábamos el almacén para vivir».

Fue el 7 de febrero de 2016. «Alguién llamó a mi esposa», alguien le dijo: «tu hijo ha muerto». Ella «no me esperó en San José, se fue a Bogotá con la noticia que le ahogaría, en busca de lo irremediable. Cuando llegué, los vecinos me miraban de aquella manera, como mira la gente cuando tiene eso en la cabeza. Me lo habían matado. Muerto por arma blanca. Habían sido ellos. Alias '25' me lo dejó claro, me lo dijo después, que seguiría vivo 'si hubiera estado metido aquí, en las filas'. Tan solo tenía 19 años. Lo llevamos a la Fiscalía y nada. Nunca nada. Seguí trabajando, ellos te machacan psicológicamente, te llenan de miedo, cuando iba al médico me pedían los planos, que me involucrara...».

Pronto volvería a ocurrir. «Un día que fui a mirarme el riñón, al año de lo de mi hijo, el '25' me preguntó: '¿Qué trajo de allá afuera?, el encargo de los planos... No sea marica, sé que es policía y que tiene familia policía y que saca información para ellos' y me acusó de que, por culpa mía, habían cogido a su compinche. Me dijo: 'espera y verás'. Me buscaban las vueltas. Esa misma noche un miliciano conocido, creo que puedo llamarlo amigo porque así se portó, me avisó que vendrían a por mí. Cogí cuanto me cabía en el morral (mochila) y a las 6 de la mañana me fui hacia Puerto Concordia, caminando por la selva. Allí dejé mi almacén, sin poder cobrar lo que me debían, lo que tenía lo dejé para pagar a mis fiadores, familia y amigos... mi mujer estaba ya en Bogotá con su madre y con dinero prestado salí del país. El vuelo cuesta unos 1.100 euros y te exigen tener otros 1.500».

La región acoge a 1.400 refugiados en las 9 provincias

Castilla y León acoge actualmente a 1.400 refugiados distribuidos por todas las provincias, unos en primera etapa de acogimiento, otros en estancia temporal y muchos en seguimiento y ya libres. Cruz Roja y ACCEM son las dos ONG que ofrecen plazas en la región, 525 plazas, y, de ellas 50 están disponibles para acoger migrantes que procedan del Aquarius, además de las 10 para menores que ofrece la Junta en sus centros; aunque todavía se tardará en concretar cuántos refugiados serán derivados a la comunidad dado que, actualmente, están en proceso de control y documentación a la entrada del país. Cruz Roja ha atendido en Castilla y León a 889 personas solicitantes de asilo durante los últimos dos años.

Antonio pierde la mirada en el recuerdo y habla de la operación en la que tuvieron que quitarle un riñón o de «mi esposa con una depresión desde que perdió a su hijo. Aquí en ACCEM la está tratando una psicóloga y va mejor; pero no le gusta venir porque se pone triste, le recuerda todo lo perdido, a su hijo.A mí sí, mucho. Está algo mejor pero hay que tener paciencia».

Antonio vuelve al pasado. Recuerda un día, al volver del hospital, a dos milicianos rondando su casa «a las 8 de la mañana, nos dijeron que estaban de visita a unos familiares. Sabíamos que no tenían a nadie allí, que solo querían asustarnos, vigilarme... fui a la Fiscalía, lo denuncié, pedí protección. Nada. Nada de nada». Y Antonio ya decidió irse. Demasiados avisos para seguir en Colombia y en febrero de 2017 llegó a España.

Permiso de trabajo

«Estoy ya muy adaptado aquí, en Valladolid, más que en el norte. Tengo permiso de trabajo y empecé un curso de soldadura pero tuve que dejarlo porque me salió un contrato; pero a la semana me dijeron que no era apto para el puesto. No lo entendí, hice cuanto me mandaron, la culpa no era mía, es que apenas me mandaban cosas y me hicieron una faena porque dejé el curso sin acabar y lo perdí. Ahora busco qué hacer».

El sueño de esta familia es volver a Colombia, pero a una Colombia segura. Algo más que difícil. «Es un país precioso, maravilloso, allá tengo familia, dejé casa, tierra, hijos, mi vida. Dicen que ahora se puede con el proceso de paz, pero es mentira. Hay grupos de disidentes que cobran. Era una vida con la familia separada, sin salir de casa por miedo, escondidos... En Colombia vives bajo el temor, forma parte de tí. Y si te lo quitan te vuelves agresivo». Y Antonio se explica: «Allí cualquier discusión sube enseguida, pronto se llega a las manos. En Europa es muy distinto. En España te dicen 'dame lo que tengas', te amenazan con un cortauñas y lo das todo. Allí es mucho más agresivo, es una sociedad insegura, donde la vida vale muy poco. Me contaban unas mujeres guerrilleras que si les mandaban matar a su padre por la causa, no lo dudarían. 'Negro Perea', Alias '24', de los más buscados, te matan con una sonrisa en la boca. De los más buscados pero yo los he tenido así, cerca, muchas veces. No es difícil dar con ellos».

«Me he vuelto más honesto. En Valladolid si alguien se equivoca al darte una vuelta al pagar, se devuelve, allí no. Es una vida rodeada de presiones, te hace ser agresivo, estar a la defensiva. En Colombia nunca pasas hambre, el pescado, las bananas... todo está al alcance; pero vives con miedo. Nos estamos acostumbrando ahora, aquí, a no tener que mirar a la espalda, a salir tranquilos a la calle; aunque aún nos sobresaltamos si oímos un petardazo. Tengo mucha ilusión de estar aquí, estoy muy agradecido a España. En ACCEM son muy profesionales, te ayudan mucho».

Antonio estaba acostumbrado a los sacos de plata de los narcos, «nunca había visto tanto dinero junto. Llegaban al almacén, y sobre el mostrador ponían, a un lado la pistola; al otro, la gramera (balanza), tres velas y una cuchara. Probaban la calidad de la cocaína, que no pareciera chicle... Esto era normal. La cocaína la vendía, era ilegal; pero allí era una moneda. El Gobierno no quería estas plantaciones, pero ya lo creo que las había porque además la cocaína puedes guardarla sin que se estropee, no como otros productos, no como la fruta».

Y los días pasaban. Entre los kilómetros, más de dos horas en la selva, para cobrar una factura, con la cocaína como moneda de cambio incluso para los niños, y el sonido de estallidos y ametralladoras de los enfrentamientos en el monte, contínuamente: «Se están dando pero sabroso, decíamos».

Y con estas vidas y muchos sueños perdidos, las crisis de refugiados, como la última del Aquarius, les angustia. «Mi mujer dice que en Europa no saben lo que es crisis, vivir en guerra es crisis. Hay que vivirlo, saber lo que es el miedo».

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