Un puente levadizo hacia el otro mundo

Un operario limpia una tumba en el cementerio de Urueña (Valladolid)./
Un operario limpia una tumba en el cementerio de Urueña (Valladolid).

Varios cementerios de Castilla y León se ubican en castillos que cayeron en el abandono y se reutilizaron como camposantos, otorgando un ambiente casi medieval al 1 de noviembre

EL NORTE

Desde hace siglos, sus paredes rezuman historia. Sus piedras calizas, testigos únicos de batallas, guerras, revueltas... Y por ello, también de muerte; una muerte que en época medieval estaba vista como un ascenso a los cielos, por encima de sus torres, como la leyenda de unas ánimas que pudieran recorren nuestra mente suponiendo lo que para aquellas gentes significaba morirse. Hoy la muerte es otro concepto, diferente a cientos de años atrás. Pero algunos pueblos de Castilla y León siguen recordando a sus seres queridos entre los muros de un castillo, con las connotaciones que ello conllevan, para bien y para mal.

Varios son los municipios de la comunidad cuyos habitantes han de atravesar el portalón del castillo de su localidad para poder honrar a sus fallecidos. En alguno, incluso, un puente levadizo que, metafóricamente, elevó a otro mundo a sus antepasados.

En San Martín del Castañar (Salamanca) el castillo no sólo hace las veces de camposanto, sino que también es la sede del Centro de la Reserva de la Biosfera 'Sierras de Béjar y Francia'. «El castillo estaba en estado de ruina. Lo hemos arreglado. Tiene dos partes, una entre las dos torres, donde estaba el patio y ahora está el cementerio, y otra dentro del recinto de la muralla, que eran las caballerizas, zona de aperos», comenta el alcalde de la localidad, Alfonso Buenaventura. «Todo en su conjunta ha quedado integrado de forma magnífica», espeta.

En una localidad de alrededor de 260 habitantes, el castillo es un atractivo turístico de gran dimensión para el pueblo. Pero, ¿puede afectar negativamente la presencia del cementerio? El regidor subraya que se ha realizado un «trabajo de concienciación para romper el morbo» que pueden provocar estas infraestructuras. Y es que cuenta con unas 10.000 visitas anuales en su conjunto, con gente que llega a conocer el camposanto «con toda naturalidad», y la Reserva de la Biosfera.«Ahí están nuestros antepasados. Se puede disfrutar con un paseo de ese espacio que ellos mismos han trabajado, como concepto diferente, y la gente agradece», desliza.

El peculiar camposanto de este pueblo del sur de Salamanca acoge a difuntos desde 1834, cuando el castillo pertenecía al Obispado. Luego, su propiedad pasó al Consistorio y se ha ocupado hasta hoy. Sin embargo, Buenaventura reconoce que es un espacio pequeño que se ha ordenado en los últimos 20 años. «Cada uno enterraba donde le parecía, normalmente al lado de un familiar. Y el desorden era absoluto. Entonces, aprobamos hacer tres calles, que en conjunto simulan una cruz, para el aprovechamiento del espacio. Ahora, hay sitio para unos cuantos años más. Con cinco o seis fallecimientos anuales salvamos el expediente. Pero las previsiones que tenemos es que en próximos años se complete por el envejecimiento de estos pueblos. Es ley de vida», relata.

Con el mirador de la torre del homenaje

Urueña, en Valladolid, también cuenta con un cementerio peculiar custodiado por la torre del homenaje del castillo que lo cobija. Incluido en la lista de los pueblos más bonitos de España, la Villa del Libro utiliza el patio de esa fortaleza como camposanto desde, más o menos, 1900. «Aquí estamos todos habituados a este cementerio. Lo conocemos así desde niños. Jugábamos a las puertas», explica el alcalde, Francisco Rodríguez, (41 años), quien no esconde que el espacio es limitado y habría que plantearse otras opciones a largo plazo, pues el pleno del Ayuntamiento ya aprobó la construcción de uno nuevo fuera del casco, un expediente que se encuentra paralizado.

Recuerda el regidor que en la actualidad existe facilidad para entrar, «pero hace unos años se hizo una actuación de urgencia porque estaba prácticamente caído el paño de la entrada».

El espacio, que aún hay para años, «es un lugar peculiar, pero no está ordenado porque se fueron poniendo las tumbas en cualquier lado, panteones más grandes o más pequeños, todo por familias, que es por orden natural». Pero donde más ha profundizado el Consistorio es en el resto de la muralla que rodea el cementerio. Así, el tramo que da a la carretera se restauró hace unos años y el de la laguna, tiene un parche; mientras que la zona que peor está es la de torre del homenaje, la que mira a la ermita, y para la que hay un proyecto, también estancado, para convertirlo en mirador hacia la explanada de Tierra de Campos.

«Si no estuviera el cementerio, habrían actuado en el castillo seguro», asevera Rodríguez, quien señala que un 80 por ciento del pueblo es amurallado. Incluso, gracias a una subvención de la Consejería de Cultura se está reconstruyendo un cubo en la zona de la laguna, fuera del camposanto, que se enlazará con la muralla.

Las paredes se vienen encima

En Medinaceli (Soria), uno de los cementerios de la localidad también se encuentra en un castillo. Pertenece a la parroquia de La Asunción -que antiguamente la dela colegiata, antes llamada de Santa María-. Su sacerdote, Eusebio Laredo, recuerda que es un municipio que contaba con 13 parroquias, muchas de ellas ahora sustituidas por 'pairones' para recordar su ubicación.

Además del camposanto municipal, en este castillo se sigue enterrando a gente, a pesar del estado en el que se encuentran las murallas y que han sido motivo la solicitud de algunas mejoras «porque se vienen encima». Asegura desconocer la antigüedad exacta del cementerio, pero seguro «que más de 200 años». «No hay escrito fidedigno sobre ello», asevera el cura, quien narra que empezó a funcionar cuando se ocupó en su totalidad el de la ermita, en el Humilladero, a un kilómetro.

Vozmediano, también en Soria, es el último rincón, casi como su ubicación a las puertas de Aragón, con un cementerio entre los muros del castillo. Puede tener cerca de 200 años, con unas 300 personas enterradas, pero el primero que yació allí fue Cayo, un romano de 25 años, que tuvo el 'privilegio' de descansar eternamente bajo una lápida cuya inscripción, aún visible en la torre del homenaje, reza: «Aquí yace Cayo, de 25 años, su hermana Cintria y su padre se la dedican».

Después de siglos en los que el recinto pasó por varias manos, en el siglo XVIII los vecinos de esta villa fronteriza, ubicada entre Castilla y León y Aragón, a los pies del Moncayo, decidieron hacer lo propio con sus antepasados. El primer edil, Juan Carlos Rodrigo, de 50 años, lamenta haber prohibido el paso a esta infraestructura, «pero hay una parte casi en ruinas», donde se ubica la torre del homenaje, de 20 metros de altura y de sillería. «Se solicitó su reforma y no se ha autorizado. Somos un pueblo muy pequeño y no tenemos fondos», explica a Ical el regidor, quien recuerda que el PSOE presentó recientemente una enmienda a los Presupuestos Generales de 2016 en el Congreso de los Diputados para dedicar 30.000 euros a estas mejoras, «y el PP lo rechazó».

No obstante, no está cerrada la puerta para aquellos que son originarios del pueblo y accidente para honrar a sus muertos, para lo cual deben pedir las llaves en la casa del propio alcalde o la del alguacil «Aquí casi todos los fines de semana viene gente, a pesar de que la gente emigró a Tudela y Zaragoza», dice.

El castillo se alza en una roca desde dónde se divisa gran parte del pueblo, el nacimiento del río Queiles y el monumental Moncayo. El recinto interior parece ser de origen romano y el exterior y la torre del homenaje, árabes. No obstante, las primeras noticias documentadas que se tienen sobre la fortaleza datan del siglo XII.