La catedral de Burgos inicia la celebración de sus 800 años

Vista general de la seo desde el mirador de Fernán González. René Payo Hernanz presidente y patrono del Comité Asesor de la Fundación VIII Centenario./Ricardo Ordóñez
Vista general de la seo desde el mirador de Fernán González. René Payo Hernanz presidente y patrono del Comité Asesor de la Fundación VIII Centenario. / Ricardo Ordóñez

En 2021 culminarán casi tres décadas de obras que han recuperado «el más completo resumen del gótico europeo»

Antonio Corbillón
ANTONIO CORBILLÓN

Una catedral es siempre un edificio en obras. Cuando se acaba un proceso siempre empieza otro». René Payo Hernanz intenta abarcar con la mirada y abriendo los brazos lo imposible: todo el volumen que no cabe en un golpe de vista desde la puerta del Sarmental, entrada habitual de los visitantes a la catedral de Burgos. Fue la primera seo española que logró el título de Patrimonio de la Humanidad, en 1984. Ahora es un patrimonio de la humanidad restaurado y casi impoluto después de 25 años de obras y limpieza. Y que prepara con mimo pero también con ambición el octavo centenario de su apertura, en 1221.

«La catedral gris de hace unas décadas se ha vuelto a convertir en la catedral de la luz», insiste Payo Hernanz, catedrático de Historia del Arte, presidente del Comité Asesor y patrono de la Fundación VIII Centenario. Lo dice porque el aseado, interior y exterior, permite apreciar esta joya gótica como la vieron sus primeros creadores en el incipiente siglo XIII. La piedra blanca, traída de las canteras de Hontoria (faldas de la Sierra de la Demanda), brilla hasta casi cegar. «Mucha gente dice que está demasiado limpia, pero lo que vemos ahora es lo más parecido al original», argumenta este estudioso, que publicó hace diez años 'La Catedral de Burgos. Ocho siglos de historia y arte'.

La visita junto al experto la realizamos a las cinco de la tarde de un caluroso martes de agosto. Las colas de turistas que desafían temperaturas cercanas a los 30 grados rodean la gran plaza del Rey San Fernando, donde se asienta. Cerca de medio millón de personas recorren cada año esta imponente fábrica religiosa. Resulta imposible imaginar a Burgos sin su 'skyline' de pináculos flamígeros que buscan el cielo.

Y más cuando el interior atesora señas de la identidad castellana como la tumba del Cid Campeador y su esposa, doña Leonor. Fue un proyecto que logró reunir en su construcción a lo mejor de cada gremio. Desde la familia de arquitectos y escultores de los Colonia (Juan, Simón y Diego), a otros artistas como Gil y Diego de Siloé, Felipe Vigarny o los pintores Alonso de Sedano y Mateo Cerezo. Hoy, una ciudad al completo vive ilusionada los prolegómenos de la celebración de estos ocho siglos que han compartido el burgo medieval y su gran seña de identidad.

En el espejo, la importancia que supuso hace un siglo la celebración de los 700 años. En la convulsa España de 1921 que ningún gobierno bajo el reinado de Alfonso XIII logró serenar, y cuando viajar era todavía un lujo solo al alcance de cortesanos y unos pocos ricos, los fastos que se celebraron en Burgos «colocaron a la ciudad en el mapa», recuerda Payo. Incluso permitió abrir la primera oficina de turismo.

Unanimidad y orgullo

Por eso, Burgos prepara un maratón de actividades para los próximos tres años, que deben culminar en julio de 2021. El orgullo y la conciencia del peso de su emblema hacen que en la ciudad no haya voces discrepantes –ni políticas, ni civiles, ni religiosas– a la hora de aportar ideas para sacar el máximo brillo a la efemérides. Desde su posición de experto y patrono, René Payo Hernanz resume los objetivos del Patronato VIII Centenario en «rescatar el pasado de la catedral para proyectarlo hacia su futuro y definir cuál será su papel en este siglo XXI».

Y, sin embargo, no hace tanto tiempo en el que nadie hubiera apostado por este presente despejado después de casi ocho centenas. Los que cruzaban Burgos hace 30 o 40 años podían ver desde las circunvalaciones de su núcleo urbano las puntas mugrientas de su iglesia mayor. La ciudad estaba más pendiente de completar sus polígonos industriales y su desarrollo urbano que de esta obra cumbre del gótico europeo. Incluso el desplome del tejado sobre la capilla de Santa Tecla provocó grandes destrozos en 1975.

Las paredes y el interior sufrían la misma enfermedad por la que han pasado todas las joyas del patrimonio: el 'mal de la piedra'. En la variante burgalesa, eran los efectos de la sulfatación de su roca caliza. El clima duro, con inviernos gélidos, hizo el resto. «El agua penetra por los poros y, al congelarse, la dilata y deshace», puntualiza Payo.

A comienzos de la primavera de 1994 empezaron las primeras obras de restauración parcial. Se centraron en la fachada de Santa María, que le da nombre a todo el conjunto. Había especial preocupación por sus agujas, exhaustas de soportar la verticalidad y el peso de sus figuras. Pero hubo un hecho que lo aceleró todo. El 12 de agosto de aquel año, la imagen de San Lorenzo, una mole de piedra de dos metros de altura y más de 400 kilos de peso, se soltó de su anclaje y se precipitó al suelo de la plaza haciéndose añicos. Al menos, no hubo desgracias personales.

«Aquello hizo reaccionar y concienciarse a toda la ciudad», recuerda Payo, que también ejerce hoy como vicerrector en la Universidad de Burgos. La búsqueda de financiación y los trabajos se redoblaron. En la primera década (hasta 2004), más de 500 expertos trabajaron a destajo y lograron restaurar el 50% de los elementos más afectados. El Plan Director de Catedrales del Ministerio de Cultura ayudó a concentrar y completar todas las manos necesarias.

No hay otra igual

El arquitecto José María Álvarez, responsable de la obra a partir de 1997, fecha en la que se aprobó su Plan Director, hizo balance una década después para destacar que este proyecto «es un caso único en España, ya que no solo se ha actuado en el edificio, sino en los bienes muebles, vidrieras...». Hasta los órganos han recibido su lavado de cara (de tubos en este caso).

Acometer para su restauración un edificio tan 'aéreo', con algunas de las piezas que, «sin duda, son el mejor exponente del tardogótico europeo» fue un novedoso reto para todos los técnicos, subraya Payo Hernanz,. En especial, la limpieza del cimborrio, una suerte de distribuidor central, el 'corazón' que bombea nervaduras y puntos de apoyo al resto del conjunto monumental.

En toda esta fase de recuperación, las aportaciones públicas y la implicación privada han permitido reunir los más de 40 millones de euros que se han invertido en esta completa 'ITV'. Trabajos que han ayudado a descubrir algunas sorpresas ocultas en los casi ocho siglos de permanentes retoques de todo el inmueble. Desde paredes encaladas que ocultaban policromías, a nichos que no se conocían. Hasta el historiador Payo se siente tentado de reescribir la obra que publicó hace diez años, en la que retrató las claves del edificio: «Los tesoros ocultos nos han demostrado que esta catedral era una fiesta de la policromía».

Hay sobrados ejemplos, como la imagen de Santa Ana, cercana a la puerta del Sarmental, que al restaurarla desveló toda la fiesta de color que en el siglo XV le pintó Diego de la Cruz. El sincretismo artístico de la nave le ha permitido incluso guiños a lo contemporáneo, como la nueva vidriera de la capilla del Corpus Christi. Las comparaciones carecen de sentido, pero la vecina catedral de León apostó por una pureza gótica que borró otras aportaciones. Por contra, en Burgos se ofrece un recorrido artístico de diferentes estilos. «Hay dos catedrales: el gran buque del siglo XIII y el resto del XVI y XVI... sin olvidar aportaciones incluso del XIX», sintetiza René Payo.

En el entorno flota el consenso de que la ciudad de Burgos reúne hoy tres pilares con un peso histórico tan contundente que, más que promoción, solo precisan de una gestión inteligente. De hecho todos ellos son Patrimonio de la Humanidad: el Camino de Santiago, los yacimientos de Atapuerca y su catedral.

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