Unai Emery se quita el estigma de ‘perdedor’

Unai Emery. /
Unai Emery.

La tercera 'UEFA' conquistada por el Sevilla en Turín consiguió el monopolio de los títulos nacionales e internacionales para España y a al técnico vasco como referente de los banquillos

LUIS F. GAGOSevilla

Hubo un periodo de tiempo entre la final de la Eurocopa de 2012, cuando España goleó a Italia y se alzó con su tercera Eurocopa, y la final de la Europa League de 2014, que el balompié español lo tenía todo en sus vitrinas. Tanto a nivel de Selección como en los clubes, ningún país del mundo acaparaba tantos éxitos y loas. Es cierto que solo faltó un pequeño detalle, un matiz mejor dicho, que fue la consecución de la Confederaciones, lo único que parece resistirse a España como combinado nacional. La razón principal de la lluvia de halagos previo al Mundial en Brasil fue la victoria en la citada UEFA del Sevilla, que logró su tercer entorchado en la segunda competición continental, tras vencer al Benfica en la tanda de penaltis. Real Madrid y Atlético de Madrid se medirían una semana, por lo que la Champions estaba asegurada.

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Cuando Kevin Gameiro anotó, lesionado e infiltrado por unos terribles dolores, la última pena máxima que llevaría a los altares al sevillista, España entera disfrutó igualmente. Porque todo un país alcanzaba la mayor gloria que ninguna nación en lo deportivo puede aspirar: el reconocimiento del monopolio en el fútbol. Todo ello pese a que el Sevilla empezó la temporada en 2013 dubitativo, con Unai Emery cuestionado e incluso cercano a ser destituido en las primeras jornadas al acabar antes del primer parón último de la Primera división. El por aquel entonces todavía presidente de la entidad, José María del Nido, con un pie y medio en la cárcel y rezando por un indulto que nunca llegaría, le dio un ultimátum: Pones dos mediocentros defensivos bajo mi autorización o te largas. Fue la frase sentenciosa de alguien que no quería entrar en prisión viendo cómo su proyecto soñado durante el siglo XXI se convertía en un juguete roto.

Sin ir más lejos, la Champions, utopía revolucionaria al más puro estilo del anarquismo del siglo XIX a principios de temporada comenzó a ser un sueño cada vez más cercano. Sin embargo, la llegada de las últimas fases de la Copa de la UEFA hizo que hubiera que decidir ante una plantilla corta para afrontar dos competiciones al más alto nivel. A Emery le empezaron a catalogar con una definición que nunca le gustará: perdedor. Siempre que llegaban los partidos importantes, metía la pata, ya fuera por mala suerte o por esa alma de eterno derrotado que todo romántico del fútbol tiene a sus espaldas como estigma de héroe maldito.

La máxima expresión de tal hecho llegaría en las semifinales de la competición ante el Valencia, cuando el equipo che remontó en 90 minutos de la vuelta el resultado adverso que se habían traído del Ramón Sánchez-Pizjuán. Empero, cuando pasó el tiempo de descuento, cuando todo estaba perdido y Emery ya miraba su lápida deportiva bajo el epígrafe de eterno perdedor, apareció un hombre que acababa de llegar en el mercado de invierno desde el fútbol inglés, llamado MBia, camerunés de nacimiento aunque con un corazón que ya rebozaba sevillanía por los cuatro costados. Marcó el tanto que daría el pase a la final. Lo hizo por Antonio Puerta, que lo miraba desde el tercer anillo del cielo como un aficionado más, viendo el llanto de su hijo Aitor al vibrar con Rakitic levantando una tercera UEFA que daba la gloria infinita al fútbol español hasta el desastre de la Arma invencible balompédica en el país del Amazonas.

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