Liberado un ‘Topo’ en La Rubia

Eulogio de Vega, exalcalde de Rueda durante la Segunda República, pasó 28 años escondido en su casa por temor a que lo fusilaran

VALLADOLID
Eulogio de la Vega y su mujer, fotografiados por Torbado y Leguineche para el libro ‘Los Topos’./
Eulogio de la Vega y su mujer, fotografiados por Torbado y Leguineche para el libro ‘Los Topos’.

Tenía toda la razón Santiago José Saiz cuando aseguraba, en el arranque de aquel impactante reportaje, que «la noticia, nuestra noticia, tiene esta vez un profundo interés humano. Surge en torno a un hecho sin precedentes en Valladolid. Diremos, nada más, que nos parece sorprendente y emotiva».

Era sábado, 3 de octubre de 1964, cuando El Norte de Castilla anunciaba en portada el inusitado descubrimiento, no exento de ribetes trágicos: 28 años escondido en un casa de La Rubia. El protagonista, Eulogio de Vega, había sido alcalde de Rueda durante la Segunda República, tenía 63 años y acababa de ser descubierto por la Policía. Era uno de aquellos célebres topos que al estallar la guerra civil se escondieron para escapar de la represión franquista. Las paredes de su casa, en el número 50 de la calle de Rueda, se convirtieron en los muros de su presidio voluntario. «28 años de temor, de sacrificio y de dificultad».

Además de regir el Ayuntamiento de Rueda, Eulogio era secretario de la ugetista Federación de Trabajadores de la Tierra y asiduo colaborador del periódico socialista ¡Adelante!. Cuando comenzó la guerra tuvo suerte. Gozaba de un mes de permiso y la sublevación militar le sorprendió en la capital. «Ni se te ocurra volver a casa», le aconsejó un amigo, «por ahí no paran de fusilar. Tu casa está completamente cercada».

Escondido en un huerto de las Arcas Reales, dormía al aire libre y vigilaba sin cesar. Su mujer, Josefa de la Mota, y sus tres hijos, Eustaquio, Paula y Julio, lo daban por muerto. En septiembre de 1936, incapaz de soportar el frío y la lluvia, decidió cambiar de escondite. La dueña de un bar le dio cobijo en un pozo junto a otros dos refugiados. Hasta que el cerco policial, cada vez más estrecho, le obligó a trasladarse a la finca de un amigo, próxima a las márgenes del Esgueva.

«Estoy vivo. Recibirás noticias mías. Te quiero». Julia recibió esta nota en mayo de 1939. Eulogio entró en casa por la noche. Cuando la Policía le inquiría sobre su paradero, ella siempre respondía lo mismo: «No sé de él desde el día del Movimiento. Salió de casa a trabajar y no ha vuelto, no lo he vuelto a ver».

«Pasamos varios años de estrecheces, de sufrimiento, de necesidades económicas», recordaba Eulogio poco después de su liberación. Julia tuvo que ponerse a trabajar en una fábrica mientras él, solo en la casa, ni siquiera salía al patio. Ni cuando enfermó de nefritis se movió de su escondite: «Me curaba yo mismo, recordando pequeñas cosas que había aprendido en la mili como cabo de botiquín».

Al poco tiempo, Julia se quedó embarazada. La circunstancia, en modo alguno deseada, cayó como una bomba en su entorno: «Hubo toda clase de comentarios y rumores, pero había que callar y ya se pondría todo en claro algún día», reconocía Eulogio. Nadie podía imaginar que el padre de la futura criatura seguía vivo allí mismo, encarcelado entre las cuatro paredes de su vivienda, leyendo periódicos y libros baratos, escuchando la radio.

Julia dio a luz en Úbeda, donde vivían unos familiares, a la pequeña Josefa. Era 1944. Tres años después compraron ganado y la mujer se puso a repartir leche. «Las vacas me dieron salud; me dieron trabajo y cuanto más he trabajado, más sano he estado». Eulogio comenzó a salir al patio después de comprobar que no había nadie por los alrededores.

Un día, a finales de la década de los 50, Julia le propuso ver de nuevo la ciudad. «Puedes esconderte en el carro con el que reparto la leche». Eulogio rehusaba, pero al final aceptó. Cubierto por una manta, observó Valladolid agazapado, silencioso, por un huequecito abierto en la prenda que lo tapaba. No le gustó: «Para ver esto me quedo en casa».

La crónica periodística de su liberación asegura que todo se supo cuando Josefa, la hija pequeña, contrajo matrimonio y se registró en Úbeda con el apellido del padre. «A todo el mundo se le hizo creer que era una sobrina de Julia», contaba Eulogio al redactor de El Norte. Otras versiones, sin embargo, señalan que la causa real fue la decisión de Josefa de solicitar la herencia poco antes de contraer matrimonio, lo que habría motivado las indagaciones policiales.

Las versiones son contradictorias: la propia Josefa, a la que entrevisté en 2002, desmiente el episodio de la herencia, asegura que de muy joven se instaló en Valladolid, en casa de sus padres, y que la pusieron a trabajar repartiendo leche; que la impedían casarse para no perder mano de obra y que fueron unos familiares cercanos quienes delataron a Eulogio.

Nada que ver con la versión de Eustaquio de Vega, quien corrobora el episodio de la herencia: «Josefa pidió la herencia en el juzgado, y en la misma declaración, al ser preguntada, señaló lo que casi todo el mundo pensaba, que mi padre estaba vivo. Eso motivó que la policía indagara. No querían que se casara porque era menor de edad -tenía 17 años-, nada más. No necesitábamos su dinero, porque la que trabajaba repartiendo leche era mi madre. Ella la ayudaba».

Ciertamente, la documentación de la Jefatura Superior de Policía no reconoce denuncia alguna contra Eulogio, sólo dice que la Brigada Regional de Investigación Social, «a través de gestiones practicadas por personal afecto a esta Doce Brigada», conoció que Eulogio de Vega «se encuentra escondido en esta Capital carretera de Puente Duero número 50»; y que el Comisario Jefe dispuso que unos inspectores practicasen «las oportunas gestiones para confirmar tales noticias».

El desenlace tuvo lugar el 30 de septiembre de 1964, cuando unos policías llamaron a la puerta de casa: «Queremos ver a su marido»; «está en la cuadra y cuida a las vacas», respondió Julia antes de echarse a llorar. Eulogio, que escuchaba la conversación, se creyó definitivamente muerto. «No tema, venimos a liberarlo», le dijeron. «Aquí está el cartujo», comunicaron los policías al gobernador civil.

No hubo condena, pues el juez creyó suficiente detención los 28 años que había permanecido oculto. Aunque abstemio, Eulogio reconocía que su primer deseo era «tomar un vaso de vino blanco al pie de una cuba en las bodegas de mi pueblo, en Rueda».

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